
Cinco personajes en busca de una salida
Por Claudio D. Minghetti
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"La esperanza" (Argentina/2004). Dirección y guión: Francisco D´Intino. Con Ulises Dumont, María José Demare, Azul Lombardia, Omar Fanucchi, Héctor Grillo, Andrea Prodan. Fotografía: Eduardo Sahar y Hugo Alvarez. Música: Marcelo Piazza. Presentada por Americine. Hablada en español. Calificación: apta para todo público. Duración: 85 minutos.
Dicen que, al igual que las excusas, las buenas intenciones no se filman. Sin embargo, muchas veces la pantalla permite entrever que la propuesta del cineasta se queda a mitad de camino, para descontento del público que paga una entrada con la esperanza de ver una película que, en todo caso, no lo decepcione. Es lo que ocurre con "La esperanza", la tercera película como director de Francisco D´Intino, que cuenta el drama de dos personajes muy diferentes entre sí, partidos al medio por la repentina muerte de seres queridos.
Para Manuel (Ulises Dumont), un profesor universitario sexagenario, ya nada parece tener sentido. Su esposa, a la que amaba profundamente, acaba de fallecer. Entre sollozos, al revisar viejas y ajadas fotos de la mujer que lo acompaña en el recuerdo, encuentra una llave y toma la decisión de viajar al sur, a la casa del pueblo costero en la que ella nació y creció. Apenas llegue conocerá a Rosa (María José Demare), la solitaria dueña de un parador vecino, a un viejo pescador (Omar Fanucci) y al albañil (Héctor Grillo) que contrata para remodelar aquella vivienda venida a menos. También a Julia (Azul Lombardía), una joven arquitecta, que llora desconsoladamente la muerte de su pequeña hija. Así presentados los cinco, comienzan un lacrimógeno intercambio sentimental que para algunos de ellos tiene como meta recuperar la fe perdida.
Entre diálogos que no parecen aportar demasiado al planteo inicial, la interpretación de Dumont (en un papel mucho mejor marcado en relación a los que viene componiendo hace bastante tiempo), transmite el dolor de quien sabe que difícilmente superará el golpe que le ha dado la vida. Sobreponiéndose a los lugares comunes, Lombardía demuestra ser expresiva incluso más allá de la explicación que el guión da a su profunda depresión. A pesar también del exceso de vino, de whisky y de cerveza, bebidas en las que algunos de estos personajes se refugian para calmar su ansiedad, algo de sentimiento genuino queda.
En medio de esa singular soledad (con sólo un puñado de criaturas delante de cámara en toda la película), el drama intenta integrar al paisaje. Pero D´Intino no saca partido de lo que en principio sugiere, casi sin palabras. Su película es, minuto a minuto, más previsible, incluso cuando se trata de episodios poco felices, como el que muestra a Manuel y al pescador, en un improvisado burdel donde el recién llegado protagoniza una escena de sexo gratuita y desagradable con una prostituta veterana. A pesar de un montaje que logra compensar la ausencia de una historia con más matices, menos elemental, y hasta con encuadres más afortunados, superada la primer mitad de proyección el ritmo se hace cada vez más lento, y no se recupera ni siquiera en los tramos finales, cuando los personajes parecen ilusionarse con un porvenir en el que podrán, si se lo proponen, cicatrizar sus heridas.
El conjunto, a pesar de sus desniveles y baches, se deja ver, pero el precio por pagar es alto porque para hacerlo además hay que validar una estética de manual, ya experimentada (y hasta el cansancio), en el cine local de varias décadas atrás.
D´Intino demuestra que las buenas intenciones pueden filmarse, pero no son suficientes, sobre todo cuando se trata de ejemplos como éste que, precisamente por sus valores contrapuestos, son difíciles de aprobar, aunque sea raspando, o condenar de un plumazo.
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