
Doce veces Manfredi
Aunque a Nino Manfredi le gustaba que pensaran en él como "un artista dramático que practica la ironía", casi toda la prensa (la italiana y la de los muchos países en los que se volvió un rostro familiar, entre ellos el nuestro), se acostumbró a relacionar su nombre con la commedia all´italiana y con los de los otros tres grandes representantes de esa generación excepcional de actores que fueron sus pilares: Vittorio Gassman, Alberto Sordi y Ugo Tognazzi.
Todos -los cuatro mosqueteros, como los bautizaron en su país- se especializaron en retratar vicios, virtudes y hábitos del italiano medio, sorprendido en situaciones de la vida cotidiana. Ni héroes ni malvados, con las pequeñeces y las grandezas de cualquier ser humano, como los hombres de todos los días que se reconocieron en ellos y aprendieron un poco a reírse de sí mismos y a no tomarse nunca demasiado en serio.
Quienes tengan edad para haber disfrutado de esa época brillante del cine peninsular sabrán distinguir el perfil de cada uno de los cuatro. Y es probable que ahora, a la distancia, le den a Manfredi la razón: era, así lo exponen sus trabajos más comprometidos, un artista dramático que practicaba la ironía. Su arma para hacernos reír y dejarnos pensando.
* * *
No será difícil advertirlo en el puñado de títulos que, gracias a la Cinemateca, pueden verse en estos días en la sala Lugones. Son en total siete títulos y doce personajes diferentes, si descontamos el episodio "La aventura de un soldado" del film "Amores difíciles" (1962) con el que ayer se inició el ciclo (justamente, el trabajo que señaló el brillante debut de Manfredi como director, sobre la base de un relato de Italo Calvino acerca del fugaz y casi mudo encuentro erótico de un conscripto y una viuda en el compartimiento de un tren). Siete de los otros doce papeles pertenecen a "Veo desnudo" (1969), un verdadero show de ductilidad y recursos cómicos que el actor recientemente desaparecido desarrolló en este film en episodios dirigido por Dino Risi, que aquí tuvo enorme repercusión popular en la época de su estreno. Además del protagonista del capítulo que da título a la película -un publicitario que, efecto no deseado de su labor profesional, ve sin ropas a todas las mujeres que mira-, había allí otros personajes no menos curiosos: el lunático que es acusado de abusar de una gallina (injustamente, según se verá cuando se considere la provocativa conducta de la presunta víctima); el pobre herido llevado al hospital por una bella actriz, cuya presencia acapara la atención excluyente de médicos y enfermeros; el miope que vive una frustrante aventura de voyeur, o el solitario homosexual de "Ornella, o la doble vida", verdadero capolavoro de Manfredi.
Por fortuna, figuran también en el ciclo (comprensiblemente reducido, ya que la filmografía del actor excede los cien títulos) algunas de sus más celebradas creaciones para la pantalla. Sin duda, lo son el empleado de pompas fúnebres que en "El verdugo" (Luis García Berlanga, 1963) acepta asumir el desdichado oficio para resolver sus problemas de vivienda, el despótico patriarca de párpado caído que reina en la barraca de los "Feos, sucios y malos" (Ettore Scola, 1976), y el entrañable Antonio de "Nos habíamos amado tanto" (1974), que, como sus viejos compañeros de la Resistencia, soñó una sociedad mejor y una vida menos monótona que la que hoy le ofrece su trabajo en un hospital romano.
Manfredi siempre se las arregló para dotar de algún espesor humano a sus personajes, por triviales que fueran.
Pero bastará verlo en este conmovedor film de Scola para comprobar que el artista dramático que practicaba la ironía era también un maestro a la hora de pulsar, con sensibilidad y afinación admirables, la cuerda melancólica.
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