
Dumont y su perturbadora crudeza
Flandres (Idem, Francia/2005, color; hablada en francés). Dirección: Bruno Dumont. Con Adélaide Leroux, Samuel Boidin, Henri Cretel, Jean-Marie Bruveart, David Poulain. Patrice Venant, Inge Decaesteker. Guión: Bruno Dumont. Fotografía: Yves Cape. Edición: Guy Lecorne. Presentada en DVD por 791 Cine. Duración: 87 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años, con reservas.
Nuestra opinión: buena
Arido, duro, de una seca y perturbadora crudeza, Flandres está lejos de ser un film fácilmente digerible, aunque por debajo de su implacable mirada sobre las miserias humanas despunte la luz de una posible redención.
El controvertido Bruno Dumont no busca complacer, sino provocar, y no escatima violencia al plantear su destemplada historia de los campesinos que cambian el tractor por la ametralladora, a quienes el infierno de la guerra pondrá frente a los horrores de su propia naturaleza. Pero no lo hace a la manera glamorosa a que los films bélicos de Hollywood y de la televisión nos han acostumbrado, sino de un modo despojado, más austero y rotundo, trabajando sobre los contrastes y ahorrando subrayados y comentarios. Su lenguaje prefiere la pura imagen, sin música y con pocas palabras. Dicen lo suficiente las actitudes de los personajes, y todo lo que no traducen sus conductas se sugiere en los paisajes.
La sequedad expresiva y los duros contrastes asoman desde el comienzo. En esa tierra campesina reducida a lo esencial, la animalidad se traduce temprano en la descarnada indiferencia con que el hosco Demester y la inestable Barbe practican un silencioso ejercicio sexual. No hay deseo ni sentimiento: sólo el gesto mecánico que responde al instinto; quizás una vía, en el fondo también rutinaria, de salirse del monótono transcurrir de los días, entre el trajín de las labores agrícolas y los ratos de ocio y copas en un bar donde las palabras también escasean.
Visión inquietante
Del extremo vacío de esa vida rudimentaria se pasará al de otra rutina atroz: la de la guerra en un impreciso territorio árabe. Los hombres del lugar -incluidos Demester y Blondel, el muchacho con el que Barbe ha tenido una reciente relación ocasional- han sido convocados y parten sin saber adónde van, y sin preguntárselo. Allí, en medio de un paisaje desértico donde sólo cabe luchar por la supervivencia, la bestialidad aflorará sin límites: cometerán toda clase de atrocidades (violaciones, torturas, asesinatos, matanza de niños) mientras en la fértil comarca del norte francés los frágiles nervios de Barbe capitulan ante la ausencia de sus hombres y el desgarro de un aborto.
Tanto paisaje metafórico, tantos contrastes superpuestos y tanta escasez de información son, claro, deliberados. Dumont tiende a la abstracción: su mirada no apunta a lo psicológico ni es su intención exponer los horrores de la guerra (aunque lo haga de una manera inusualmente brutal); sus preocupaciones son de orden filosófico y moral, si bien en su premeditado despojamiento el negro cuadro que dibuja sobre la humanidad (así como su ya conocida preocupación por el tema de la culpa y la redención) puede ser interpretado como excesivamente simplificador.
La visión es, no obstante, muy perturbadora, aunque difícilmente resulte grata. Flandres -se comprende- no es un film para amar: hay que esperar hasta el último plano para que palabras nunca antes dichas iluminen la imagen con un destello de emoción. Sin embargo, aun con su crudeza y su seca impiedad puede producir una ambigua fascinación, algo parecido a lo que se experimenta frente al vigor de ciertas imágenes pictóricas embarazosas o poco inteligibles. Quizá convendría contemplar el film del mismo modo, sin apresurarse a descifrarlo como si fuera un acertijo, y dejar que sedimente para examinar después la huella que ha dejado en nuestro ánimo.
Lo que no podrá dejar de valorarse es el estilo personal de Dumont, la madurez de su lenguaje, su segura dirección de actores y el poder expresivo con que carga sus imágenes, en este caso con la ayuda invalorable de Yves Cape.







