
Eduardo Mignogna: el viajero impenitente
También son itinerantes los personajes de "Cleopatra", su último film, que se estrena mañana
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Asignaturas pendientes. También en la vida de Eduardo Mignogna, exitoso en sus múltiples profesiones de director, escritor y guionista, las hay. Aun siendo quien es, con el reconocimiento del que goza y los premios obtenidos, hay zonas no iluminadas que raramente elige enfocar. "Cleopatra" -su más reciente film, por estrenarse mañana- es en apariencia el tema central del diálogo. Pero el realizador se desdobla en dos planos temporales consecutivamente: primero se refiere a su inminente estreno. Después, de a poco, se permite hablar de deseos, vocaciones y frustraciones.
Mignogna habla de lo que nunca antes. Enfatiza lo que más le preocupa: los sentimientos. Y no sólo en su obra fílmica. Más allá de la relación entre Cleopatra (Norma Aleandro) y Sandra (Natalia Oreiro), protagonistas de esta extraña comedia donde una actriz de telenovelas y una maestra jubilada cruzan sus destinos en un viaje de iniciación (ver recuadro). Como una fuga. No es casual: "La fuga" fue su película anterior.
-Traté de que esta vez no hubiera ninguna propuesta coral que me impidiera estudiar más profundamente el perfil de cada una de las protagonistas. Quise avanzar en las pequeñas naderías que tiene la vida de relación de las personas. Elegí trabajar sobre los sentimientos, en una historia que comienza y concluye en un par de días.
-Pero básicamente es una historia sobre mujeres.
-Sí. El punto de partida es la decisión de dos mujeres. Que se cansan de ser lo que los demás quieren que ellas sean. Muchos de nosotros creamos nuestros propios fantasmas y censores. Nos imponemos castigos. Nos hacemos promesas internas. Yo lo hago, todos lo hacen. El peor de los agnósticos sabe que hay algo flotando, con el que uno puede pagar el soborno -no el paraíso, ni el cielo-, pero por lo menos...
-¿El peaje?
-Exactamente. Y esa fuerza de la naturaleza que anda por ahí, a la que a veces recurrimos, es la que también a veces te obliga a hacer lo conveniente, lo establecido, lo correcto. En las mujeres de una formación y de una extracción se da claramente. De todas formas, en la película están los hombres. El personaje de Héctor Alterio (el marido de Cleopatra), en el guión tenía un trazo un poco más cruel. Y Alterio le dio un sesgo hacia el fracaso muy interesante. En el caso de Sandra, le es más fácil romper con ciertas estructuras, porque cree que es una aventura en la que entró y de la que podrá salir. De todos modos, la película cuando termina no aventura un final: no se sabe si Sandra va a poder salir de ese personaje.
-¿El mundo de las mujeres te resultó más interesante de abordar que el de los hombres?
-Creo que conozco más a los hombres. Y hay un misterio y una zona de reacciones de las mujeres que no conozco en profundidad. Cuando acepté hacer "Evita, quien quiera oír que oiga", además de no conocer en aquel momento toda la historia de Evita -porque no había leído su biografía-, no había tenido un interés particular en hacerlo. Me deslumbró el personaje, ir descubriendo cómo era. Y en "Cleopatra" también pasó algo de eso. Cada vez que trabajo con mujeres (como fue con las dos hermanas de "El faro"), tengo un punto de partida. Y después, trato de poder filmar la película en cronología, para que los personajes vayan creciendo. Entonces, empiezo a ver las reacciones de las mujeres que interpretan a las protagonistas. Y muchas veces aparecen modificaciones en el texto.
-¿Cómo fue tu vínculo con Alterio?
-Con él tenía una cuenta pendiente. Había sido amigo de mi papá, trabajaron juntos en Terrabusi. Nunca coincidían nuestras fechas para trabajar juntos. Así que fue muy enternecedor verlo. Y me conmovieron sus dotes y su actitud postural. Me sorprendió, porque no llegué a ensayar mucho con él. Cuando íbamos a filmar la primera escena de él en la cama, hablamos mucho sobre la actitud de su personaje. Me decía que le vino bien el vestuario: estar en zapatos y en pijama. Conozco ese mundo, esa clase social, la de los hombres de pijama y zapatos, sentados en la puerta de la casa mirando el verano. También padecí, cuando estuve exiliado, el dolor de no tener trabajo. Es un dolor muy grande. Un hombre sin trabajo es un hombre muy próximo al fracaso integral.
-¿La mujer reacciona de otro modo frente a la desocupación?
-A la mujer sin trabajo siempre la vi reaccionar rápidamente. Al hombre, en muchos casos, le cuesta. En el personaje de Aleandro se ve todo lo que hace esa mujer, mientras el marido va dejando lentamente de luchar. Al escribir ese personaje fui descubriendo en carne propia qué diferentes somos. Después, fuimos profundizando a medida que hablábamos con Norma y con Natalia sobre sus respectivos personajes.
-En tus films casi siempre hay personajes que viajan...
-Es probable. Por algo me siento muy feliz en los aeropuertos y en los trenes. Estoy un poco cansado de viajar. Pero sigo teniendo en mi nariz uno de los aromas que recuerdo de mi infancia: el de mi primera bicicleta, que me habían traído los Reyes Magos. Mi padre, que venía de tocar en el Tabarís a las cinco de la mañana, puso la bicicleta sobre mis zapatos. Y me despertó el aroma del neumático. Eso es imborrable. También el olor de los boletos de tren y de los vagones (por el barniz de la madera y el cuero de los asientos). Mis familiares eran ferroviarios, en Los Cardales, y teníamos el privilegio de jugar con mis primos en la estación del tren (sonríe). Y el mundo es una bicicleta que rueda y un tren que corre. No sé si mis personajes están en fuga, pero son itinerantes. Siempre he ido de un lado para otro, pero vuelvo aquí y, cada vez más, ésta es mi ciudad.
-Por la que, además, te gusta pasear en bicicleta.
-Tengo una sola gran frustración: no haber corrido el Tour de Francia. No para ganar alguna etapa (risas). Pero en el pelotón, me hubiera gustado correr. También es una tarea muy solitaria. Y donde el fracaso está a la orden del día. Seguramente, cada etapa del Tour de Francia es como hacer una película.
-Una aventura.
-Todo empieza y termina ahí, y uno está expuesto al fracaso. Los buenos comentarios, o lo feliz que te pueda resultar un film, termina con la etapa siguiente en el Tour de Francia. A un ciclista ninguna etapa le enseña a correr la próxima. Son todas experiencias diferentes. Y lo que tiene de bueno el cine es esa fuga hacia adelante.
-Tu cine no te acercó al fracaso: casi todos tus films tuvieron éxito y obtuvieron premios.
-Sí. Lo mejor no es lo que ocurre con la crítica, con los premios o con el público. Lo que importa es hacer las películas. El gran placer es soñarlas y poder hacerlas. Con el tiempo uno se vuelve profesional, y desea que el público vaya, para poder retribuir a quien te apoya en esos sueños, el productor. El que te permite soñar es el productor. De películas caras o no, de films complejos o de pequeños programas de TV que hice, ya sea el programa sobre Horacio Quiroga o "Sol de otoño". Mientras pueda contar una historia, me da igual el formato, y aun el presupuesto. No podré dejar de escribir, de pensar...
-¿Y de filmar?
-Creo que finalmente voy a renunciar a filmar por una necesidad física (sonríe). Pero no a la escritura. Es difícil soñar y dejar de escribir. Al cine le estoy muy agradecido porque filmé una película detrás de otra. Hago lo que quiero y me divierte: un especial televisivo sobre los discapacitados, documentales, la película de Evita. Todo se fue enhebrando. Vivo de mis sueños desde hace muchos años. Eso, por ahora, me parece irrenunciable. A lo que no voy a renunciar es a contar historias que involucren los sentimientos de personas, y donde me vea involucrado. Y eso es el proceso, el punto final de un cuento, como cuando escribí "La fuga" o "La señal". Y en cine, la traducción de eso es lo que me pasó hace pocos días en Madrid, cuando vi la primera copia de "Cleopatra".
-¿Qué te sucedió?
-Me emocioné. Pero no porque sea buena o mala la película. Me emociona el trabajo, haber llegado a completar el sueño. Después, el juicio de valor y todo lo que sigue, para mí es de una enorme dificultad. Lo que sigue es el mundo de los estrenos, los festivales, que no me fascina para nada.
Los personajes
- Cleopatra (Norma Aleandro): es una maestra jubilada, tiene dos hijos que viven lejos y está casada con Roberto, que acaba de perder su trabajo.
- Sandra (Natalia Oreiro): es una famosísima actriz de telenovelas que vive hostigada por su productor y amante. Es bulímica. En medio de su rutina conocerá a Cleopatra.
- Roberto (Héctor Alterio): es el marido de Cleopatra hace casi 40 años. No tiene suerte en los negocios, lo echan de su trabajo y a partir de allí recorrerá el camino de cualquier cuentapropista en desgracia.
- Carlos (Leonardo Sbaraglia): es un camionero y buscavidas que encuentra a Cleopatra y a Sandra haciendo dedo en una ruta olvidada y se sumará a la aventura que vivirán las dos mujeres.
El próximo proyecto, en la Patagonia
-¿Es cierto que estás trabajando en tu próxima película?
-Estoy elaborando distintas versiones de un guión titulado "Marea", ambientado en la Patagonia. Está bastante avanzado. Gira en torno del empecinamiento de una mujer por encontrar a un hombre que dan por desaparecido en el hundimiento del crucero General Belgrano. Y la obstinación de esta mujer hace que salga a buscarlo por donde ella cree que él fue a parar, enloquecido por la guerra. No sé qué suerte correrá ni cuándo podré concretarlo, pero es lo que estoy preparando.
-Además te compraron los derechos de tu novela "La señal", para el cine.
-Sí. Ese es un mundo del que soy lector: la novela negra, el thriller. Transcurre en los 50, con dos detectives de provincia, ambos muy mediocres. Que son contratados porque los creen dos hombres del FBI. Viven como si fueran dos agentes del FBI, y en realidad, salen a seguir hombres o mujeres infieles por los amueblados de la zona sur del Gran Buenos Aires. Hasta que por amor, uno de ellos se mete en una complicación muy seria. Me divirtió mucho hacer esta novela. Y ahora también estoy escribiendo. Es el antídoto (sonríe) para esta especie de suplicio que es estrenar una película. Conozco directores que viven con gran placer el estreno de las películas, los viajes por el mundo y las presentaciones en los festivales. Los envidio. Y no hay nada que me produzca más placer que el trabajo.
Me emociona ver la película terminada, por todo lo que hay detrás. No importa lo que cuente una película sino lo que se proponga contar con ella. Me parece que no anteceden a las ideas ni los géneros ni los presupuestos.



