
El amor es una comedia
Juan José Campanella y Norma Aleandro hablan de “El hijo de la novia”, que se verá el jueves
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Juan José Campanella entra en el Maipo y automáticamente su cara se ilumina: “Acá venía cuando era chico para colarme en el teatro de revistas. Al lado había un tipo que vendía entradas para los menores, y claro, a todos nos mandaban al gallinero”, recuerda. El director de “El mismo amor, la misma lluvia” y la inminente “El hijo de la novia”, uno de los escasos talentos cinematográficos en el difícil territorio de la comedia, tampoco resiste la tentación de comprar en la boletería de la sala unos DVD recién editados de los grandes espectáculos de Les Luthiers que, confiesa, “han sido mis ídolos de toda la vida y una de las cosas que me hacían sentirme orgulloso de ser argentino estando en el exterior”.
A los 42 años, Campanella está radicado en los Estados Unidos, donde filmó dos películas: la aclamada “The boy who cried bitch” y el film-noir “Ni el tiro del final”, adaptación de la novela de José Pablo Feinmann. También dirigió varios telefilms para la cadena HBO y capítulos de populares series, como “La ley y el orden”.
Desde el éxito de “El mismo amor...” (180.000 espectadores y una excelente carrera posterior en video), pasa un poco más de tiempo en la Argentina, donde actualmente también es coguionista (junto con su amigo y habitual colaborador Fernando Castets) del unitario “Culpables”. Se lo nota feliz por este reencuentro artístico y personal con su país. “Es que entre 1988 y 1996 no vine ni siquiera de vacaciones”, admite.
A los pocos minutos llega Norma Aleandro. “No me avisaron que iban a sacarnos fotos ahora, pero no hay problemas”, dice, y acepta con profesionalismo la requisitoria de La Nacion. Invita a realizar la entrevista conjunta en su camarín, ubicado en el sótano del teatro, mientras se dedica al íntimo proceso de maquillarse y peinarse para la obra “El juego del bebé”.
La actriz tiene un conmovedor papel en “El hijo de la novia”, comedia dramática que se estrenará el próximo jueves con un gran despliegue promocional, a cargo de poderosas productoras, como Pol-ka, de Adrián Suar, Patagonik, Jempsa y la española Tornasol: interpreta a la madre de Ricardo Darín (a estas alturas, una suerte de álter ego del director), que está internada en un geriátrico víctima del mal de Alzheimer.
La película describe las conflictivas relaciones que Rafael (Darín) mantiene con sus padres (Aleandro y Héctor Alterio), con su ex esposa (una sorprendente Claudia Fontán) y su hija Vicky (Gimena Nóbile), con su joven novia (Natalia Verbeke), con un viejo amigo de la infancia que reaparece imprevistamente (Eduardo Blanco) y con todos los empleados del restaurante que regentea en medio de una típica crisis de los cuarenta y pico de años, dominada por el stress laboral, la falta de compromiso afectivo y la desorientación ideológica. El elenco se completan con notables apariciones de Atilio Pozzobón y Salo Pasik, de David Masajnik y –como sorpresas– fugaces participaciones especiales de Alfredo Alcón, de Adrián Suar y del propio realizador (“no fue un cameo hitchcockiano, no tenía otra manera de manejar esa escena”, se justifica).
La charla con Campanella y Aleandro tiene un eje ineludible: el fuerte sesgo autobiográfico de la película. El director se centró en la historia de su madre para concebir el personaje de Norma y lo hizo de una manera frontal. “Hay muchas cosas mías y de mi círculo íntimo en el film, porque mi familia también manejó un restaurante, pero el gran riesgo personal tiene que ver con la enfermedad de mi mamá”, reconoce.
–¿Cómo trabajaron juntos en la construcción del personaje?
Aleandro: –El me habló de forma tan específica que antes de rodar estaba segura de que me iba a cuidar mucho. Y después ese cuidado fue todavía mayor del que pensaba. Me fue llevando con un alto grado de sutileza en cada toma y establecimos una conexión muy profunda. Porque uno no tiene conciencia exacta de lo que pasa en una película. La mirada, por ejemplo, es algo muy complejo: el ojo mide como seis metros. En la mirada se juega buena parte de la credibilidad.
–¿Había en el personaje de una enferma un mayor riesgo de sobreactuación?
Aleandro: –Podía sobreactuar o quedarme corta por no atreverme demasiado, que todos resultase muy lavado. Había riesgo de que se notaran los hilos de la actuación, que es lo que uno no quiere nunca. Pero él fue mi guía, fui de su mano como un ciego. El podía conocer todos los detalles de una enferma de Alzheimer, pero no ser capaz de transmitirlos. Pero fue tan delicado que hizo que todos los actores confiáramos en él.
Campanella: –Es que además ese papel no es mera pirotecnia técnica. Teníamos la responsabilidad de lograr que no se confundiera con la locura, con una idiota, con alguien que tiene visiones, con una autista o una psicótica. Por eso, si bien fuimos a ver gente, no había fórmulas para copiar. Es una enfermedad que afecta distintos rasgos de la personalidad, especialmente la pérdida de la memoria y de las emociones. Norma está en un estadio temprano, porque no quisimos caer en el patetismo. Nosotros, en vez de buscar el objetivo de la escena, la espina de toda la situación, que es como se hace tradicionalmente, tuvimos que trabajar segundo a segundo.
Aleandro: –Eso es conocer el trabajo del actor. A mí la manera tradicional no me servía para este papel.
–¿Hubo algún prurito en que Alterio y Aleandro interpretaran personajes de mayor edad de la que tienen?
Aleandro: –¡A mí me encanta componer! En “La señorita de Tacna”, con 40 años hacía de una viejita. Acá, además de la vejez estaba el deterioro de la enfermedad. Pero no voy a coquetear: mi edad da perfectamente para ser la madre de Darín.
Campanella: –Los personajes en el guión eran más viejos aún. El Rafael de Alterio tenía 83 años. Pero no quisimos apelar a un maquillaje de latex. Están creíbles como los padres de Rafael. Alterio, por ejemplo, pero envejeció tan gallardamente que no había nada que le pusiéramos que lo hiciera parecer más viejo.
Aleandro: –¡Está tan buen mozo! Pasa lo mismo que con Luppi o con Alcón ¡Están guapísimos! Los personajes tienen una gran dignidad. Es una historia de amor muy fuerte.
–¿Cómo fue el reencuentro con Alterio desde “La historia oficial”?
Aleandro: –Estamos más viejos los dos, pero seguimos casi igual. El no ha cambiado de carácter ni su manera de filmar. Se aisla mucho. Así fue siempre.
–¿Costó manejar un elenco con tantas figuras?
Campanella: –No, yo ya había trabajado con actores de trayectoria en los Estados Unidos, como Patti LuPone o Terence Stamp, y aquí pasó lo mismo. Suele ser más fácil trabajar con grandes intérpretes: si llegaron es porque saben que en el set hay que arremangarse y ponerse a laburar. No hay vedettismos. Discuten y aportan. El miedo puede ser del director previo al rodaje por cierta inhibición. Pero los problemas que tuve siempre fueron con actores que estaban en su primer o segundo trabajo.
–Norma: ¿en qué quedó tu proyecto de debutar en la dirección cinematográfica?
–En el cajón.
–¿Con llave?
–Nunca guardo nada con llave. Pasé un año intentando hacerlo y viví la misma frustración que atraviesa tanta otra gente que no puede filmar. Era un proyecto muy ambicioso, ambientado en los años 40, cuyo costo era de más de 2.000.000 de pesos. No era algo para mí ni para este momento del país. Ahora no tengo ganas de filmar. Voy a dirigir en el Teatro San Martín “Hombre y superhombre”, que estamos ensayando para estrenar el 27 de octubre, voy a salir de gira por el interior con “El juego del bebé”, y en el verano voy a preparar para lanzar en marzo junto con Lino Patalano una obra mía. Quizás alguna vez retome la película. Pero no me peleo contra los sucesos de la vida. Hay que relajarse y seguir disfrutando.
–Otro de los grandes riesgos del film es la combinación de géneros tan opuestos como la screwball-comedy y el melodrama.
Campanella: –Tratamos de manejar todas las escenas de una forma naturalista. La única que nos daba miedo era la de los extras, que podía parecer como un corto de Buster Keaton. Fue la única que ensayamos completa en la casa de Ricardo (Darín).
–Hay también como un aire de tragicomedia italiana.
Campanella: –Sí, yo amo el cine italiano, pero no hubo un intento de copiar tonos, registros. Simplemente yo me veo reflejado en esas películas, tienen que ver con lo que me pasa en la vida. Me parece que las escenas funcionan porque son verdaderas.
Aleandro:– En la película los actores no se están haciendo los graciosos. Hay situaciones cómicas como consecuencia de la escenas. La comedia que hay en la tragedia y lo trágico que tiene lo cómico.
–El personaje de Alterio se llama Nino: ¿un homenaje a Manfredi?
Campanella: –¡Claro! Es uno de los actores que más me han hecho reír y llorar. Este proyecto implicó un desdoblamiento personal tanto en términos de narrar una historia autobiográfica como en el terreno de contar tu visión de la Argentina viviendo en el extranjero.
–¿Cómo manejás la distancia emocional?
Campanella: –En lo emotivo, pensé que cuando viera a Norma haciendo a mi madre, me iba a quebrar, pero no fue así. Es como algo instintivo, de poner distancia. Durante la filmación aparecieron mecanismos de defensa, pero después, al ver la película terminada, me emocioné mucho. Con el país existe también ese desdoblamiento, pero también me involucro y me veo en las actitudes de los personajes. La pérdida del idealismo, los cambios repentinos. Los picos de entusiasmo y de depresión en la Argentina son esquizofrénicos, cada vez más rápidos. Y te van erosionando. Nos estamos entregando sin luchar, como diría Discépolo. En este país somos un poco como los mafiosos: para la familia, todo; para el de afuera, nada. Siempre en los extremos. En los Estados Unidos, en cambio, se manejan sin efusividades, pero con cierto respeto tanto para al desconocido como para la familia. Como artista no puedo cambiar las políticas globales del FMI, que los países grandes se coman a los chicos, pero sí puedo tratar de afectar un poquito nuestro entorno.
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