
El cineasta que interpretó a Proust
El realizador chileno tenía 70 años
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Iconoclasta, barroco, innovador, provocativo, audaz, prolífico, imaginativo, versátil: todos esos adjetivos y muchos más no alcanzan a definir a Raúl Ruiz, el más célebre de los cineastas chilenos, cuya muerte, a los 70 años, se produjo ayer por la mañana en París, a causa de un cáncer que padecía desde hacía largo tiempo. Tras el funeral, que se celebrará el martes en la ciudad donde residía desde que se exilió tras el golpe contra Salvador Allende, los restos del creador de Tres tristes tigres, Genealogías de un crimen, Tres vidas y una sola muerte y Comedia de la inocencia serán trasladados a Chile, donde recibirán sepultura, quizás en Puerto Montt, su ciudad natal, o en la isla de Chiloé, según arriesgó su colega y entrañable amigo Miguel Littin.
Aunque en nuestro país su obra tuvo una difusión limitada –sólo algunos de sus cien títulos alcanzaron el estreno comercial o la edición en DVD– hubo sí, diversos ciclos retrospectivos, entre ellos uno de homenaje que le dedicó en 2004 el Bafici, en cuya última edición pudo verse Misterios de Lisboa, una de sus obras más ambiciosas y celebradas.
La filmografía de Raul Ernesto Ruiz Pino (conocido en Francia como Raoul Ruiz) rehúye los rótulos y las clasificaciones, aunque siempre testimonia su vasta cultura y su predilección por las piezas literarias. Empezó en su país, a comienzos de los sesenta, con un cine político que desafiaba todas las pautas del género. Su primer largometraje, Tres tristes tigres, dio claras evidencias de su espíritu innovador y, como suele suceder en estos casos, fue objeto tanto de encendidos elogios como de fieras críticas, aunque obtuvo el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno de 1969 y con el tiempo pasó a ser considerado un título clave del cine latinoamericano. Fue el cineasta más próximo a Allende, lo que lo empujó al exilio en 1973. Desde entonces trabajó incansablemente y en todos los formatos: 35mm, 16mm, video digital, documentales para TV. Podía filmar con presupuestos mínimos o arriesgarse a producciones costosas; dirigir a actores ignotos o a grandes estrellas (Mastroianni, Malkovich, Deneuve, Piccoli, Huppert, Béart). Más llamativa aún es la lista de autores a los que se atrevió a trasladar al cine, de Racine a Stevenson, de Giono a Kafka, de La vida es sueño a En busca del tiempo perdido (su versión de El tiempo recobrado, de 1999, debe de ser una de las aproximaciones más logradas al mundo proustiano). Cada obra suya define una estética particular, exhibe una técnica diferente. La experimentación estaba en su naturaleza.
Actualmente se encontraba terminando de montar un film sobre sus años de infancia en Chile y le aguardaba otro rodaje en Portugal. No es exagerado decir que pocos han ilustrado mejor que él la búsqueda incesante del artista.



