El conde Drácula merece un descanso del cine
"Drácula 2001" ("Wes Craven presents: Dracula 2000", Estados Unidos/2000. Presentada por Buena Vista International. Dirección: Patrick Lussier. Con Jonny Lee Miller, Justine Waddell, Gerard Butler, Christopher Plummer, Colleen Fitzpatrick, Jennifer Esposito, Danny Masterson, Jeri Ryan. Guión: Joel Soisson. Fotografía: Peter Pau. Música: Marco Beltrami. Duración: 100 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: regular
Desde que en 1922, F. W. Murnau trasladó su historia a la pantalla, el cine no le ha dado respiro al conde Drácula: sólo en esta última temporada ha habido tres nuevas aproximaciones al tema. Entre ellas ésta que probablemente no figurará entre las más felices.
De tan transitada (y tantas veces maltratada) la leyenda exige a sus revisores algún aire renovador, alguna pizca de originalidad. Joel Soisson (el mismo guionista de "Highlander 4") y el director debutante Patrick Lussier respondieron a esa necesidad tomándose todas las libertades, tanto para trasladar el cuento a nuestros días como para ponerse a especular acerca de los motivos por los cuales el vampiro manifiesta su conocida fobia por los símbolos de la cristiandad.
Puede sospecharse hacia qué rumbos se dirigirá esa especulación si se atiende a los nombres de algunos personajes: María, Simón, Mateo, etc. Con el añadido de que la primera -que es la hija de Abraham van Helsing, es decir, descendiente del famoso cazador de vampiros que mandó a descansar a Drácula un siglo atrás- es vendedora de Virgin Megastore y viste casi todo el tiempo la remera que la acredita como tal, lo que al mismo tiempo que informa de su condición virtuosa sostiene el truco publicitario.
Vampiro desempolvado
Pero antes de poder avanzar hacia la esperada revelación del secreto del vampiro -tan elemental como previsible-, hace falta ponerlo nuevamente en circulación. Esto se resuelve en los primeros tramos del film, donde tras un prólogo prometedor por la sugestión de sus imágenes -pero visiblemente innecesario-, llegamos a Londres, donde está la fortaleza en la que un poderoso anticuario y coleccionista (Christopher Plummer) almacena sus extravagantes tesoros.
En dos o tres escenas más se comprobará que no son sólo piezas raras las que el hombre guarda en su impenetrable fortaleza y que ésta, al fin y al cabo, resulta ser bastante accesible, más allá de sus sensores y sus trampas electrónicas. Tanto como para que se cuele en ella una banda de ladrones cuya torpeza trae a la memoria a los desconocidos de siempre.
Amor al primer mordisco
Ya hasta el espectador más distraído puede sospechar que en el sótano habrá un ataúd y que los codiciosos visitantes -en el fondo rateros inexpertos- no vacilarán en manipularlo. Así les va.
Para no desanimar al público ávido de sustos y sorpresas, la costumbre aconseja no extenderse demasiado en la descripción. Sólo vale anotar que si bien la carnicería empieza temprano, la música derrocha efectos amenazantes, abundan los mordiscos y los colmillos afilados y hay hasta combates voladores a la manera de "El tigre y el dragón", el entretenimiento es más bien magro y los sobresaltos escasos.
En lugar de atmósferas inquietantes o aterradoras, el film derrocha sangre y truculencias; en lugar de humor chirriante, propone algún chiste esporádico (como cuando el vampiro se regocija asistiendo a un clip lleno de violencia sadomasoquista); en lugar de un héroe nocturno y romántico, tiene en el papel central una especie de rockero (Gerard Butler) que no sabe qué hacer para mostrarse amenazador.
Las chicas -las de la ficción, eso sí- caen embrujadas apenas él las mira: quizá sea por ese aspecto de rock-star, o por el elegante meneo de su capa negra.
El carnaval de Nueva Orleáns suministra su fondo colorido y el elenco su responsabilidad profesional para tomarse en serio las líneas de diálogo más absurdas, sin tentarse. Mientras tanto, el director Patrick Lussier se entusiasma supervisando los efectos visuales y fotografiando los escenarios proporcionados por un buen diseño de producción. Lástima que se olvide de contar una historia. Que Bram Stoker lo perdone.
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