El gran falsificador: un policial al mejor estilo del cine francés
El film de Jean-Paul Salomé cuenta la historia de un fraude gigantesco basado en hechos reales
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(L’affaire Bojarski, Francia, Bélgica/2025) Dirección: Jean-Paul Salomé. Guion: Bastien Daret, Jean-Paul Salomé con la colaboración de Delphine Gleize sobre una idea de Marie-Pierre Huster. Fotografía: Julien Hirsch. Edición: Valérie Deseine, Clemence Samson. Música: Mathieu Lamboley. Elenco: Reda Kateb, Sara Giraudeau, Bastien Bouillon, Pierre Lottin, Camille Japy, Lolita Chammah. Calificación: R-13. Distribuidora: CDI Films. Duración: 128 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Se lo definió como el “falsificador perfecto”, y tuvo por más de una década en vilo a Francia por la circulación de billetes falsificados que, como tales, eran de un verosímil admirable. Fue un caso real. Y fue la obra de Czeslaw Jan Bojarski, ingeniero civil y arquitecto, que peleó como oficial del ejército polaco y emigrado a Francia se encontró con un escenario que selló su destino: como inventor desarrolló sillas giratorias, cepillos de dientes eléctricos, lápices de plástico y sistemas de café automático, entre otras creaciones, que fueron sistemáticamente rechazadas cuando buscaba obtener sus patentes. Desde los tiempos de la ocupación alemana sabía falsificar documentos. Y su talento no tardaría en llegar a oídos del crimen organizado que lo reclutó para desarrollar la producción de billetes falsos a gran escala.
Bautizado el “Cézanne de la falsificación”, Bojarski continuó por las suyas y logró construir una producción artesanal de billetes que hizo circular por toda Francia pero, por sobre todas las cosas, llevar una doble vida incluso ante su propia familia. El fraude fue gigantesco, le permitió evadir durante más de una década a la policía y crear un emporio de la falsificación prácticamente solo.
Tal historia merecía su correlato cinematográfico y con astucia Jean-Paul Salomé se encarga de legar para la pantalla el derrotero sorprendente de Bojarski al que, progresivamente, coloca dentro de una historia con los reflejos de los clásicos policiales franceses. En ese territorio del juego de deducciones y persecuciones entre el detective y el criminal, es donde El gran falsificador encuentra sus mejores momentos. También en la increíble ambientación de un París de posguerra como escenario para un Bojarski que es retratado casi como un héroe romántico. En todos sus aspectos formales, el film funciona y, en esos cruces entre realidad y ficción, tiene en su Comisario Mattei, un antagonista cuyo nombre además evocará la mejor tradición del cine negro francés con aquel que era parte de El círculo rojo, del gran Jean-Pierre Melville.

Pero el guiño a la época de oro del cine negro francés se queda como tal, Salomé no es Melville y su relato no es compacto sacrificando -por mostrar la psicología del personaje y su entorno directo- el ritmo que merece cuando se encuentra más volcado al drama que al policial. Pero esos ligeros desbalances son enmascarados por un excepcional reparto, donde se destaca Reda Kateb como el falsificador de buen corazón; Sara Giraudeau como su enamorada y confundida esposa; y Bastien Bouillon como el policía que sigue los pasos de un estafador que durante una década pareciera no dejar rastros, y son los protagónicos de un elenco, a todas luces, admirable.
En algún sentido, pareciera que Jean-Paul Salomé queda preso del relato que busca trasponer a la gran pantalla porque su película brilla cuando es una copia de los mejores momentos de una cinematografía con un género como el policial que hizo escuela. Pero también consigue, como en las transacciones que retrata, que se asuma por válido y original aquello que El gran falsificador toma de esos grandes maestros. Al igual que con las grandes copias tiene todo para convencer, solo hay que dilucidar –como sucede con su atribulado protagonista- si la labor es una buena copia o tiene los méritos de una obra de arte. Para lo primero hay que buscar como en los billetes falsos los rastros de la imitación, para lo segundo solo basta con la admiración y saber dejarse llevar.



