
Nicolás Giacobone: de ganar un Oscar a trabajar con Tom Cruise y el recuerdo de su abuelo Armando Bo
El autor recibió a LA NACION luego de una de las primeras exhibiciones de Digger, el provocador film de Alejandro González Iñárritu que se estrenó este jueves y del que forma parte de su equipo de guionistas
“En todos estos años de trabajo he tenido críticas de todo tipo, te vas acostumbrando a cómo funciona la cuestión”. Nicolás Giacobone se instala en una oficina desmarcada del tránsito bullicioso de los espectadores de una cadena de multisalas cinematográficas de Vicente López.
Una especie de oasis recóndito donde solo pide un vaso con agua antes de disponerse a conversar con LA NACION sobre Digger, el film dirigido por Alejandro González Iñárritu y protagonizado por Tom Cruise —apartado de otros roles conocidos—, que acaba de estrenarse en una amplia red de cines de todo el país, acompañando la presentación internacional del material.
Giacobone, ganador del Oscar por la coautoría del guion de Birdman —también del realizador González Iñárritu—, es uno de los responsables del libro cinematográfico de Digger, rol que comparte con el director mexicano y con Alexander Dinelaris y Sabina Berman.
—¿Cómo procesás la mirada externa que se deposita sobre tus trabajos?
—Es lo que uno hace cuando consume, lo que hago como espectador, lector u oyente de música.
—Cuando escribís, se invierte la ecuación...
—Uno es una cosa haciendo y otra diferente cuando consume. Cuando se estrena una película, se sabe que no todo es para todos; son las reglas del juego, por eso aprendí a celebrar el proceso del poder hacer.
Giacobone cumplió 51 años y es uno de los nietos del legendario realizador cinematográfico Armando Bo. Se crio entre cuentos y anécdotas sobre el mundo del cine. Rasgos que también comparte con su primo Armando, hijo del actor, productor y director Víctor Bo, y con quien conformaron un equipo de trabajo en varios proyectos. Además, es pareja de la actriz Mariana Genesio Peña, con quien se encuentra trabajando en un proyecto teatral.
Pieza épica
Un hombre que se ve a sí mismo como el salvador del mundo intenta detener los catastróficos acontecimientos que él mismo puso en marcha. En dos líneas no es posible definir el conflicto planteado por Digger, cuya trama propone un provocador juego de capas superpuestas que interpela al espectador. Está claro que es una película ambiciosa por donde se la mire. Una epopeya que aglutina varios lenguajes cinematográficos.
—El material plantea una distopía, pero con efectos tangibles en el presente de la humanidad.
—Este guion lo comenzaron a escribir Alejandro (González Iñárritu) y Sabina Berman hace diez años. Es un tema sobre el que se viene hablando desde hace mucho tiempo, pero creo que se perdió el control. Los mismos expertos y científicos no pueden predecir del todo qué es lo que va a pasar. Hacer una ficción sobre eso es muy difícil.
Hace tres años, González Iñárritu convocó a Giacobone para repensar el material: “Tuvimos que tomar la distancia que permite elegir el tono, género y la forma en la que se puede interpretar eso que está tan cerca y que te lleva por delante; la idea es contar algo que sucede en el hoy o en el muy pronto, pero abordarlo con distancia, a través de gente que ya lo pudo digerir y se permite discutirlo”.
Además de Birdman, Giacobone y González Iñárritu compartieron la escritura de Biutiful y de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades. Una sociedad colaborativa que se entiende y que maneja un lenguaje común.
—Digger se desarrolla a partir de un juego de superposiciones en su narrativa, como si se tratase de matrioshkas. ¿Cómo surgió ese lenguaje que define a la película?
—Cuando uno quiere contar algo, aparecen las dificultades sobre cómo hacerlo. Entender a un personaje como Digger Rockwell (Tom Cruise), un magnate del petróleo norteamericano, es muy difícil. Lo podemos juzgar porque merece ser juzgado por muchas cuestiones, pero es difícil ponerse en los zapatos de esta gente. Pero, por otro lado, es medio fácil reírse de ellos; es más, me parece que está bien reírse. Si se elige hacer una comedia, hay que burlarse de los horrores que han generado, las compañías que fundan y la sed capitalista que los envuelve. Pero, al mismo tiempo, hay una distancia. Entonces, el desafío es ver dónde uno se para. Este juego de matrioshkas que mencionás tiene que ver con la forma que encontramos para dejar en claro que todos los que estamos en el mundo, de una u otra forma, somos culpables de lo que sucede.
Sociedad con una celebridad
—¿Cómo ha sido el proceso junto a Tom Cruise?
—Cuando me sumé al proyecto, aún él no formaba parte del mismo, pero Alejandro (González Iñárritu) sabía que era fanático de sus películas. Estaba la intención de acercárselo, pero había que trabajar en la reescritura, que tomó mucho tiempo. Por otra parte, a Tom Cruise, cuando le acercan un proyecto, no le gusta leerlo; tiene la costumbre de encontrarse con el director para que se lo lea personalmente. Es increíble que alguien como él haya aceptado hacer este papel que conlleva tantos riesgos.
—¿Cómo fue tu vínculo con él?
—Estuvimos, sobre todo, trabajando juntos durante los ensayos. Fue un mes que compartimos en los estudios de Londres, mientras se armaba parte del set. Verlo trabajar fue impresionante; era el primero que llegaba y se sabía no sólo sus líneas sino las de todos los personajes. Elegía ensayar con maquillaje, a pesar de que eso le demandaba horas de armado. Tuvo una dedicación que generó energía y un gran nivel de exigencia en todos.
—¿Aportaba opiniones durante el proceso de ensayos o el rodaje?
—Sí, pero no tenía que ver con cuestiones de narrativa ni decisiones de dirección.
—¿Qué tipo de aportes hizo?
—A veces nos llamaba para hablar sobre algo puntual. De pronto, podía preguntarnos por qué el personaje decía tal o cual cosa, o profundizar en algo que no entendía. A pesar de que uno, como guionista, siempre tiene recelo a que le toquen lo escrito, todo lo que ha aportado él ha sido muy valioso. Se nota que tiene mucha experiencia y sabe cómo contar una historia.
—¿Qué tiempo demandó el rodaje?
—Alrededor de cinco meses.
—Con Alejandro González Iñárritu compartiste varios proyectos y de muy diverso tono, ¿eso implica una comodidad a la hora de iniciar una nueva aventura?
—Trabajamos en varias películas y somos amigos. El cine es un arte de colaboración y, en nuestro caso, todo se inicia compartiendo varios días juntos.
—“Retiros” creativos.
—Nos reunimos en algún lado del mundo, no para escribir, sino para estar juntos, hablar, tomar notas. Lo pasamos muy bien. Como somos amigos, además de trabajar, salimos a caminar, comemos, todo eso ayuda mucho al proceso de trabajo. Lo cierto es que nunca trabajé en un guion que tomara tantos riesgos.
—¿Cuál fue el lugar elegido para trabajar en el anteproyecto de Digger?
—Fue en Santa Mónica, Los Ángeles, donde Alejandro vivía.
—No es un material complaciente para el espectador.
—En parte es una comedia; tiene humor, con grandes escenas y personajes muy ricos; eso hace que la película vaya para adelante; es un viaje que arranca y no para. Pero también sabíamos que la introducción del lado más experimental hace que el espectador deba organizar lo que está viendo, ordenarse en torno a lo que la película le ofrece.

—Es un film épico.
—Creo que se disfruta, incluso el monólogo de Tom Cruise que dura cerca de nueve minutos y fue rodado casi sin cortes. Fue un gran desafío. Al verlo en papel era difícil imaginarlo, pero lo que él hace es monumental; maneja los tonos de una manera increíble.
—¿Dónde se llevó a cabo el rodaje?
-En los Pinewood Studios de Londres, donde, prácticamente, hizo toda su carrera Stanley Kubrick, allí se hicieron las sagas de La Guerra de las Galaxias y James Bond originales.
—¿Qué presupuesto manejaron?
—Alrededor de ciento veinte millones de dólares.
Rumbos
—El 22 de febrero de 2015, recibiste el premio Oscar junto a Alejandro González Iñárritu, Armando Bo y Alexander Dinelaris, Jr. por la coautoría de Birdman. ¿Qué cambia obtener el galardón más aspiracional de la industria a nivel mundial?
—Principalmente te permite trabajar en esta actividad. Ahora sé que puedo golpear una puerta y me la abren, algo que es muy difícil de antemano. Desde ya, tenés la posibilidad de contar tu idea, aunque luego te puedan decir que no. Es muy desesperante, cuando se comienza a escribir, que te escuchen o presten atención, parece algo imposible, es algo que viví durante muchos años.
-¿Cómo te contactás con González Iñárritu?
—Tuve la suerte de que leyera el guion de El último Elvis y, como está loco, nos invitó a Armando Bo y a mí a trabajar en Biutiful. Salvo esa película, no habíamos escrito nada. Nos abrió una puerta y eso nos permitió trabajar con otra gente.

—¿Qué actor o actriz te interesaría como protagonista de algún guion futuro?
—Es una buena pregunta; pienso en Gary Oldman o Olivia Colman.
—¿Ningún nombre argentino?
—Sí, por supuesto, no quisiera nombrar a los obvios, pero podría decirte que la actriz argentina número uno es, para mí, Maricel Álvarez, con quien, justamente, trabajamos en Biutiful. Cada vez que la veo en una obra de teatro, me planteo que tengo que escribir mejor; tiene una dedicación única.
—¿Estás escribiendo actualmente?
—Estoy empezando un proyecto con Peter Gabriel, que sería la adaptación de un disco de Genesis para llevarlo a película.
—¿Qué álbum es?
—The Lamb Lies Down on Broadway, una suerte de ópera rock, el último material que Peter Gabriel hizo con Genesis.
Se reconoce “ignorante” en lo que respecta a los procesos de producción de un film, pero entiende que “salvo industrias muy grandes como la de Estados Unidos, la única forma de generar arte es con la ayuda del Estado; considero que el arte es esencial; un país sin arte es como un país sin alma”.
Lazos
—¿Cómo te atravesó la historia familiar? Hacer cine, ¿siempre fue una meta?
—Mi familia es muy cercana. Mi madre es hermana de Víctor Bo y, además, tienen otra hermana; en total, sumamos siete primos. Mi abuelo Armando (Bo) falleció cuando yo tenía seis años, así que, más allá de algún vago recuerdo, todo lo que sé de él es porque me lo han contado. Por otra parte, Víctor (Bo) ha tenido una amplia carrera cinematográfica, así que solía ir a los rodajes. Era un mundo que estaba cerca. Recuerdo haber estado en la filmación de Siempre es difícil volver a casa, que produjo Víctor (Bo) y que Jorge Polaco, su director, me invitara a mirar por la cámara.
—¿Recordás algún aspecto doméstico de tu abuelo y tu vínculo con él?
—Sí, lo que más recuerdo son las Navidades en la casa de José Hernández y Arribeños, en Belgrano, donde se juntaba toda la familia. Armando subía a la terraza, se ponía una barba y bajaba con una soga llevando una bolsa con regalos para todos los nietos. Te daba un poco de miedo, pero era impactante. Lo tengo muy grabado. En realidad, lo que más me gusta comentar de mi abuelo es que todas las personas que trabajaron con él lo aman. Todos, sin excepción. Era un ser muy particular, ya que tuvo dos mujeres oficiales. Mi madre vivía con él y con mi abuela, y él siempre volvía a dormir allí, pero andaba por el mundo con Isabel (Sarli).
—Todo validado. En el fuero familiar, ¿se hablaba de Sarli?
—Es algo que tengo que explorar más porque tengo que escribir algo al respecto. Titi, mi madre, no quería saber nada con ella; era un tema delicado.
Reflexionando sobre su familia, aparece el recuerdo de su padre: “Mi novela El cuaderno tachado la comencé a escribir cuando falleció mi papá, quien murió abruptamente en el año 2016. En esa época, me encontraba viviendo en Nueva York y, cuando regresé, estuve tres semanas donde no podía hacer absolutamente nada; fue un shock”.
—¿Era una persona grande?
—Tenía 70 años y se evitó la vejez extrema con un paro cardíaco. Transité un duelo largo, pero la escritura de la novela me acompañó en ese proceso.
Del lado paterno, el arte tampoco estuvo ausente. “Mi abuela, la madre de mi padre, fue la que me llevó hacia el mundo de la literatura; me volvió un enfermo de la lectura. Por ella estudié Letras, aunque no terminé la carrera”.
Giacobone también suele rubricar literatura novelada, otra faceta de su tarea como escritor. “A escribir guiones aprendí mientras trabajaba en Biutiful”, reconoce sobre ese arte que convirtió en oficio y en el que se formó desde el ADN familiar, la praxis y la afición como espectador.
Su última novela es Los impotentes, material que obtuvo un gran reconocimiento y que, en parte, aborda la cuestión de la cancelación social, muy vigente en buena parte del mundo. “Amo la literatura; siempre estoy escribiendo algo. Creo que, de los tres libros que escribí, es el mejor. Ha tenido muy buena recepción en México y España, pero no vivo de eso”.

Con Mariana Genesio Peña, su pareja, se conoció en un bar. Un encuentro casual y azaroso que los arraigó. “Es mi familia; estamos juntos desde hace mil años, con una breve separación en el medio. Las convivencias no son fáciles, sobre todo con un escritor”.
—¿Por qué?
—No te librás de mi presencia; estoy adentro todo el día escribiendo. Mariana es la pareja que elegí y somos una familia para siempre.
—¿La pensás como actriz para un proyecto propio?
—Siempre tratamos de hacer cosas juntos. Ahora vamos a trabajar en una obra italiana de la cual hice la adaptación y va a contar con la dirección de Carlos Branca. En el elenco estarán también Leticia Brédice y Romina Ricci.
—¿Dónde reposa la estatuilla del Oscar?
—En la casa de mi madre.
—¿Recordás qué hiciste la noche que la ganaste?
—Fue una sucesión de fiestas que nunca terminaban; no entendés mucho qué te pasa.
—¿Cuándo lo racionalizaste?
—A los tres días, ya en mi departamento, cuando volví a trabajar y me dije: “Ya está, hay que pensar en lo que viene”.
