
El legado de Anthony Quinn
Dejó una galería de personajes inolvidables y una historia de vida tan apasionante como sus films
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¿Cuál es el legado más perdurable que Anthony Quinn dejó en la memoria de quienes admiraron su poderosa presencia en el cine, en el teatro y en las artes plásticas durante casi 60 años?
Seguramente haber logrado transmitir, con una intensidad que casi ninguno de sus pares pudo alcanzar, que la construcción de un personaje nace fundamentalmente de una fuerza vital, mística, salvaje y profunda.
Más de una vez se dijo que para ilustrar aquella definición del cine como algo "más grande que la vida" no necesitaba más que recurrir a cualquiera de las interpretaciones de Quinn, privilegiado dueño de uno de esos pocos y elegidos rostros de la pantalla capaces de ser identificados y recordados para siempre.
Cuenta Guillermo Cabrera Infante que al fijarse en el actor -fallecido anteanoche a los 86 años, en Boston, como informó La Nación en su edición de la víspera- como potencial protagonista de "La Strada", Federico Fellini tuvo en cuenta su elegancia, su atractivo latino, su bondad exterior. Rasgos "que lo hacían demasiado simpático al público desde el inicio" y que corrían el riesgo de estropear el contraste con la conversión final.
Pero, según observa el autor cubano en "Cine o sardina", Fellini optó por Quinn porque era "el mejor adaptado al papel". Y la decisión fue sabia. Aunque el actor haya querido asociar toda una vida en la que se mezclaron varias veces el arte y la realidad con el nombre de su papel más popular ("Yo soy Zorba", solía decir), la historia personal y profesional de Anthony Quinn se puede resumir en Zampanó, ese inmenso personaje curtido en la dureza y la hosquedad que logra redimirse y humanizarse a fuerza de una fe inquebrantable y del influjo de una mujer.
Si Quinn encontró allí, en la Gelsomina de la gran Giulietta Masina, a la más inolvidable de sus compañeras en la pantalla, la vida amorosa del actor nacido en Chihuahua no pudo ser menos apasionada (y apasionante). Con dos sucesivas esposas reconocidas y cinco amantes tuvo 13 hijos. Los dos últimos llegaron en 1993 y 1996, fruto de la relación de pareja con su antigua secretaria Kathy Benvin, 46 años menor que él.
Amores en conflicto
Sus esposas anteriores fueron Katherine De Mille, hija adoptiva del famoso director de la época dorada de Hollywood, en 1937, y Iolanda Addolari, vestuarista de "Barrabás", que rodó en Italia en 1961. Sobre la primera, Quinn contó en su autobiografía "One Man Tango" que el matrimonio empezó a zozobrar en la noche de bodas cuando se enteró de que ella no era virgen. Con la segunda se casó al quedar embarazada de su tercer hijo y compartió un hogar en Roma hasta fines de los años 80.
Quinn vivió intensos romances con estrellas (Carole Lombard, Rita Hayworth, Ingrid Bergman) y tuvo varios hijos fuera de sus matrimonios, pero no dejó de reconocer como suyo a ninguno de ellos. Solía decir que una palabra lo representaba cabalmente: responsabilidad.
Estas circunstancias lo fueron convirtiendo con el tiempo, casi por un impulso natural, en una suerte de auténtico patriarca, similar al que representó regularmente en algunas de las películas de su etapa final.
Uno de ellos, el que personificó en "Un paseo por las nubes" (1994), fue el que más se acercó al ámbito en el que vivió su infancia y su adolescencia, el de emigrante mexicano en la rica California. Claro que en la ficción era don Pedro Aragón, dueño de un viñedo familiar, y en la realidad provenía de una familia que no conocía más que la pobreza, y probó suerte como lustrabotas, boxeador, chofer, obrero textil y frustrado seminarista antes de convertirse en actor, conservando sólo el principio y el final del nombre con el que nació el 21 de abril de 1915: Anthony Rudolph Oaxaca Quinn.
Ciudadano del mundo
Este tránsito (de humilde inmigrante mexicano a indiscutido astro de Hollywood) fue paralelo a la identificación del actor con la otra gran característica con la que el actor será recordado por propios y extraños: Quinn era en la pantalla una suerte de “ciudadano del mundo”, capaz de representar en la pantalla papeles de los más diversos orígenes, perfiles e identidades, después de permanecer casi estereotipado en sus comienzos como torvo gángster o indio salvaje en producciones de un sistema hollywoodense que luego aprendió a desdeñar.
Fue guerrillero filipino (“Regreso a Bataan”) y esquimal (“Salvajes inocentes”), rey de los hunos y diestro torero. Personificó al jorobado de Notre Dame, a Barrabás, a Paul Gauguin (“Sed de vivir”) y a un religioso ruso que logró llegar a Papa (“Las sandalias del pescador”). La galería era casi infinita: españoles, latinos, asiáticos, indígenas o italianos. Y, entre ellos, varios jefes de la mafia como el de su film póstumo, “Avenging Angelo”, junto a Sylvester Stallone.
Esto no era todo. Pocas semanas atrás dijo que una de las razones “por las que hice todos los griegos y los árabes que hice fue porque me intentaba identificar a mí mismo como hombre del mundo”.
Y vale la pena detenerse aquí, porque se trata de dos de los papeles más memorables de Quinn. Por un lado, el inolvidable cacique beduino de “Lawrence de Arabia”; por el otro, el vital Zorba, que llevó al cine Michael Cacoyannis y que luego, a partir de 1982, Quinn revivió en varias temporadas teatrales de Broadway.
El actor disfrutaba al hablar del exuberante y apasionado personaje que glorificaba la vida mientras enseñaba a bailar el sirtaki con la música de Theodorakis, que desde allí recorrió el mundo.
Quinn repetía que ese personaje lo nutría diariamente de productividad y energía, atributos que ponía al servicio de sus actuaciones y de los avatares de una agitada vida, siempre seguida por los columnistas de chismes y los coleccionistas de indiscreciones.
Detrás de ellos siempre había observadores más rigurosos, que no dejaban de observar, sobre todo a partir de los años 70, que Quinn sobreactuaba con entusiasmo o que aceptaba pobrísimos papeles en películas tan condenadas al olvido como su único proyecto como director: “El bucanero” (1958). Indiferente a estas reacciones y al paso del tiempo (“No puedo retirarme. Empecé a trabajar cuando tenía un año y medio y así lo hice toda mi vida”), Quinn optaba por reinventarse a cada momento.
Fue así que empezó a adentrarse en otras facetas artísticas, como hacer esculturas de madera, con la mujer como eterno motivo de inspiración, y pinturas abstractas que generaron un nada desdeñable interés.
Con ellas llegó a Buenos Aires en mayo de 1992 para una exposición en el Centro Cultural Recoleta y dos presentaciones en el Coliseo, que La Nación definió como una suerte de “conferencia de prensa ampliada para fans” con entradas a precios carísimos, en las que charló con el público y recorrió su vida en anécdotas y recuerdos. Eso sí, sin actuar, y mucho menos cuando, en 1997, volvió sólo para aparecer en TV junto a Susana Giménez.
Quinn, cuyos funerales se cumplirán el sábado próximo, murió sin concretar un sueño: el de encarnar en el cine a su admirado Pablo Picasso, que creaba y seducía aún en los tiempos de su vejez. “Es que cada hombre –repetía el actor de las mil identidades– necesita una pequeña locura.”



