
El nuevo cine rumano, un fenómeno que viene sorprendiendo al mundo
Cómo hace un país pequeño y sin muchos recursos para tener muchos buenos directores, un estilo propio y ganar premios
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Después de cuatro décadas de régimen comunista, el cine rumano salió de su ostracismo y en los últimos 15 años se convirtió en un fenómeno mundial con escasos precedentes: notables directores, brillantes actores, narraciones de enorme virtuosismo formal sobre provocativos conflictos, premios en los principales festivales y amplia distribución internacional. Todo conseguido con mínimos recursos en un país pequeño (20 millones de habitantes) que de pronto se transformó en un gigante artístico. El reciente estreno comercial de El tesoro, de Corneliu Porumboiu; y el inminente lanzamiento en las salas argentinas de El vecino, de Radu Muntean, reavivan el interés por una cantera inagotable y llena de sorpresas.
En la reciente edición de Cannes -festival que se convirtió desde el principio en su gran plataforma de lanzamiento-, el nuevo cine rumano tuvo otra vez una presencia notable con dos películas en la competencia oficial (Graduation, de Cristian Mungiu, que le valió el premio a mejor director; y Sieranevada, de Cristi Puiu) y otra en Un Certain Regard (Dogs, de Bogdan Mirica, que obtuvo el galardón Fipresci de la crítica internacional).
La relación entre esos (y otros) directores rumanos y Cannes no es nueva, pero sí muy fructífera. Ya en 2001 y 2002 las óperas primas de Mungiu (Occident) y Puiu (Stuff and Dough) se presentaron en la sección paralela Quincena de Realizadores. La carrera ascendente para ambos siguió en 2005 (Puiu ganó el máximo galardón de Un Certain Regard con La noche del Sr. Lazarescu) y en 2007 (Mungiu se consagró con la Palma de Oro por 4 meses, 3 semanas y 2 días). Mientras tanto, en 2004 y 2008 dos cortos de ese origen (Trafic, de Catalin Mitulescu; y Megatron, de Marian Crisan) también obtuvieron la Palma de Oro de la categoría. En 2006 Porumboiu logró la Cámara de Oro al mejor primer largometraje por Bucarest: 12:08 y cuatro años más tarde ganó Un Certain Regard con Policía, adjetivo.
La lista de premios en Cannes y en otras muestras como las de Berlín o Locarno es interminable, pero ayudaron a ubicar al joven cine rumano en el centro del tablero mundial, tal como años antes había pasado con el argentino. Pero, mientras los directores nacionales perdieron parte de su esplendor, los rumanos no sólo lograron sostenerse en la cima del circuito festivalero hasta hoy sino que además pudieron sumar cada año nuevas camadas de realizadores (Florin Serban, Adrian Sitaru, Anca Damian, Radu Jude, Nae Caranfil o Tudor Giurgiu, por citar sólo algunos).
Más allá de la diversidad de propuestas de sus creadores, hay varios rasgos de estilo que distingue a la mayoría de los cineastas: un realismo austero y por momentos minimalista, largos planos secuencia con muchos diálogos que exigen un imponente despliegue expresivo de sus fábulosos intérpretes y predilección por analizar las secuelas del comunismo, la crisis de las estructuras familiares y el desconcierto ideológico en medio del capitalismo salvaje.
Si Cannes se convirtió en el ámbito predilecto para su presentación internacional (el Festival de Transilvania que por estos días celebra su 15» edición es la principal muestra local), los productores franceses se han transformado en aliados incondicionales e indispensables para los directores rumanos.
En ese país se filman entre 20 y 30 largometrajes de ficción por año (y una decena de documentales), pero los sucesivos recortes en los fondos oficiales que se anunciaron en los últimos tiempos obligaron a varios realizadores a trabajar cada vez más con el sector privado (HBO, por ejemplo, se convirtió en una importante fuente de financiamiento) o directamente a apostar por lo que ellos mismos denominan como "producción de guerrilla". Con o sin fondos, la pasión de los artistas rumanos no se detiene.



