El sacrificio del ciervo sagrado: estilizado relato sobre la culpa

Con 44 años y una carrera que combina trabajos en cine y teatro, el griego Yorgos Lanthimos ya logró ganarse la fama internacional de artista singular, enigmático y controvertido. Colaboraron para que forjase esa identidad sus buenas performances en Cannes: en 2009 fue premiado en la sección A Certain Regard por Canino; en 2015 ganó el Premio del Jurado con The Lobster y el año pasado, el jurado del célebre festival francés lo mimó con el premio para el guión de El sacrificio del ciervo sagrado, un film inquietante y motorizado por una libertad creativa inusual en la mayor parte del cine contemporáneo.

Está claro que, más que aquello que cuenta, a Lanthimos le interesa cómo lo cuenta. Es un cineasta perspicaz y estilizado, capaz de construir una fábula siniestra a partir de una extraña relación nacida del sentimiento de culpa y cargada tanto de piedad y fascinación como de neurosis y violencia: la que une al exitoso cirujano interpretado con gran aplomo por Colin Farrell y el traumado jovencito con el que descuella el irlandés Barry Keoghan.
La abulia y el vacío que agobian a una familia burguesa (la dama de la casa es Nicole Kidman, también estupenda) son interrumpidos por un estallido de terror inesperado e impulsado por una serie de sucesos paranormales. No hay redención ni escapatoria en esta realidad, nos sugiere Lanthimos con una convicción que impresiona.
Nuestra opinión: muy buena
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