Final Cut, Ladies & Gentlemen: por qué no hay que perderse este canto de amor al cine que enfureció a Martin Scorsese, en el Bafici
El film del realizador húngaro György Pálfi, estrenado en 2012, construye un relato clásico a partir de casi 500 reconocidas películas de todos los tiempos
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Él es un muchacho común y corriente que se afeita con una navaja que atraviesa varias mejillas, hasta salir a la calle caminando con varios zapatos distintos. Ella es una sensual corista que tiene los rostros de Jessica Rabbit, Nicole Kidman, Rita Hayworth, Liza Minnelli, Marilyn Monroe y varias más, igual de sofisticadas, sensuales y bellas. Sus destinos se cruzan atravesando una puerta, que tiene decenas de formas, y él la persigue a un espectáculo donde ella muestra esa sensualidad de mil rostros y donde él la mira, con uno demudado de un Al Pacino, Robert De Niro, Tom Hanks o Klaus Kinski, entre otras varias miradas de admiración que sostienen una única emoción.
Así es el comienzo, y tan solo el comienzo, de Final Cut, Ladies & Gentlemen, la película del realizador húngaro György Pálfi, que se presenta por última vez este domingo en el Bafici (18.30, Teatro 25 de Mayo), pero que de las premisas del film footage construye un relato que culmina siendo un canto de amor al cine. “La película es de 2012 y está realizada con las películas que conseguía en la tienda de la esquina, que luego tuvieron un largo proceso de remasterización, reemplazamos con versiones de la misma calidad algunas copias de esas películas”, confirma el realizador en diálogo con LA NACION, para agregar que la naturaleza de su producción impidió desde un primer momento la naturaleza comercial del film.
“Fue imposible, aunque lo hubiésemos querido, conseguir todos los derechos de las 500 películas que utilizamos en el film. Entre el dinero y el arte, elegí el arte y que circule antes de ponernos a buscar los derechos de cada una”, dijo en la presentación del film en el escenario del Teatro Presidente Alvear, que contó con la introducción del director artístico del Bafici Javier Porta Fouz y de un auditorio donde se mezclaban los rostros de realizadores como el argentino Alejandro Areal Vélez y del legendario crítico peruano Isaac León Frías, curiosos de su cine.

Final Cut... puede ufanarse de contar con fragmentos de películas absolutamente referenciales de todos los tiempos que van desde La quimera del oro hasta Star Wars; de Pulp Fiction a La Dolce Vita; desde El Ángel Azul a Matrix, pasando por Annie Hall, Belleza Americana, Psicosis, Sin Aliento, El Ángel Exterminador, Casablanca, Cinema Paradiso, Drácula, Terciopelo Azul, Amélie, Casino Royale o Amarcord.
“Fue un proceso muy arduo que duró tres años y medio hasta tener el primer corte del film. Teníamos una estructura de guion y carpetas donde íbamos coleccionando todo lo que encontrábamos que se ajustaba a la trama como abrazos, besos, caminatas hasta poder completar cada acción”, confía Pálfi sobre cómo fue moldeando a una “actor” protagónico que también tiene los rostros de Sam Neil, Jack Nicholson, Marlon Brando, Harrison Ford, Jean-Paul Belmondo y Tony Leung, y a una “actriz” que enmarca fragmentos de Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn, Anouk Aimée, Judy Garland, Giulietta Massina o Mia Farrow, para una realización que contó con cuatro montajistas -Judit Csako, Karolu Szalai, Nora Richter y Reka Lemhenyi- y narra una historia de amor absolutamente convencional que también toma argumentalmente todos los giros del melodrama clásico.
El film se vale de dos ideas preexistentes: el reciclaje de material previo pero básicamente absolutamente identificable por el cinéfilo – y buena parte también si el espectador no lo es- y la narrativa asociativa presente en buena parte de las vanguardias europeas de principios del siglo XX, que le permiten crear un nuevo concepto a través del montaje. ¿Cómo logra que esos diálogos originales tengan coherencia? A través de un sutil manejo de la banda sonora, que también recurre a grandes clásicos de las bandas de sonido plenamente identificables. Ese juego genera algo curioso y singular, que la identificación natural de los fragmentos sea progresivamente reemplazada por el seguimiento de la historia que, aún en su simplicidad, manifiesta su poder autónomo.

“A pesar de que uno ve que el guion es muy simple, y esquemático incluso, la potencia de las imágenes es tal que se termina imponiendo la emoción”, confía. La paradoja es que cuanto mayor sea el reconocimiento cinéfilo de esos fragmentos insertos en la experiencia, de igual grado será un disfrute que apela a una inevitable dosis de memorabilia y nostalgia, lo que construye un homenaje a la historia del cine desde su concepción más canónica, comercial e industrial pero con una absoluta intención de experimentación e independencia.
En su tiempo, Final Cut... tuvo su premiere en Budapest, y Pálfi invitó a todos los directores y técnicos vivos que tenía a mano. Prácticamente ninguno asistió. Consultado sobre si su película de otras películas tuvo comentarios negativos por parte de alguno de los directores incluidos, destacó que recibió un día un mensaje muy crítico de Martin Scorsese por WhatsApp. “Para mí, estaba un poco celoso de que habíamos incluido poco de su cine en la película y porque a él no se le había ocurrido hacer algo así”, concluye el inclasificable György Pálfi, entre irónico y sonriente.
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