
En busca del tesoro perdido
Michael Douglas protagoniza este film sobre un hombre que vive de fantasías
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El rey de California (King of California, México-EE.UU./2007, color; hablada en inglés). Dirección y guión: Mike Cahill. Con Michael Douglas, Evan Rachel Wood, Willis Burks II. Fotografía: Jim Whitaker. Música: David Robbins. Edición: Glenn Garland. Presentada por Distribution Company. 93 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
Siempre resulta simpático un espíritu libre que no se lleva bien con el mundo en que le toca vivir, rechaza todo lo que ponga freno a su imaginación y prefiere refugiarse en la fantasía antes que someterse a los rigores del orden establecido y el sentido común.
Este que trae de regreso a Michael Douglas es una suerte de Don Quijote californiano, que sale en busca de su sueño imposible: en este caso un tesoro, que según los libros que ha devorado mientras pasaba un par de años como paciente en un neuropsiquiátrico (y según las hipótesis que tuvo tiempo de desarrollar a partir de ellos), no debe de estar muy lejos de su desvencijada casa victoriana, antes rodeada de naranjales y ahora asfixiada entre falsas mansiones y detestables minicentros comerciales.
Charlie, que así se llama este soñador experto en fracasos, tiene la ventaja de contar con una hija adolescente que ha madurado a fuerza de soledad y conserva la paciencia y la tolerancia suficientes para asumir el papel de padre de su propio padre. Y llegado el caso, también el atrevimiento necesario para volverse su compinche.
Padre e hija
La aventura que emprende Charlie apenas sale de la clínica es bien arriesgada: seguir la pista de unos doblones de oro que pertenecían a un explorador español de la primera mitad del siglo XVII y que fueron enterrados -por lo menos según se deduce del diario del propio Juan Florismarte Garcés y de las averiguaciones de otros excéntricos buscadores de tesoros-, en esa región del sur de California, más precisamente, en el terreno donde hoy se levanta la gigantesca sucursal local de una cadena de almacenes que vende desde electrodomésticos hasta equipos para caza submarina. Pero no hay obstáculo que desanime al lunático perseguidor de quimeras.
Los personajes y la historia pueden parecer demasiado concebidos para satisfacer el paladar inconformista del cine indie norteamericano. El es un loco lindo: toca el contrabajo, en otros tiempos vagabundeó con una banda de jazz y asumió con excesiva ligereza sus deberes como esposo y como padre; ella prefirió olvidar los malos ratos y conservar en la memoria los recuerdos más tiernos, aprendió a arreglárselas sola y hoy se gana la vida como empleada de McDonald s. La impresión de la hechura a medida se fortalece si se advierte la ambición escondida bajo la apariencia de una modesta fábula: además del Quijote también hay aquí ecos de La tempestad shakespeariana.
El debutante Mike Cahill se queda corto al buscar el aliento poético (lo que Charlie persigue, al fin, aparte de a sí mismo, es el perdido paraíso hoy sepultado bajo el consumo y la vulgaridad, esa vieja California donde todos los sueños eran posibles), y no consigue evitar las intermitencias: al prestar excesiva atención a la búsqueda del tesoro sobrecarga el film de tediosas reiteraciones. Pero acierta en la pintura de personajes y en la discreción que exhibe a la hora del drama y la emoción. Y sobre todo: sabe explotar la buena química que hay entre Douglas y Evan Rachel Wood, de modo que el vínculo padre-hija resulta lo más rico, convincente y conmovedor de la película.
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