
Encierro a cielo abierto
Aunque Isabel Coixet está convencida de que una película no puede explicarse en palabras, y menos cuando acaba de concluirla (es decir, después de haber estado veinticuatro horas por día respirando, comiendo, durmiendo, soñando y viviendo con ella), se arriesga a anticipar que "La vida secreta de las palabras" es un film "sobre el peso del pasado, sobre el silencio repentino que se produce antes de las tormentas, sobre veinticinco millones de olas, un cocinero español y una oca. Y por encima de todo, sobre el poder del amor incluso en las más terribles circunstancias."
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La breve y provocativa descripción puede resultar eficaz para un avance publicitario, pero dice poco de la película que la directora catalana dio a conocer en el último Festival de Venecia y en la cual el diario romano La Repubblica reconoció "la mano de una verdadera autora". La crítica de El País definió al film (que integra el programa de la inminente muestra Madridcine) como una obra "adusta y sutil, bella hasta el dolor y sabia como pocas." El cronista italiano fue más allá. Escribió que Coixet "ha inventado una historia original, con ambientes, personajes y situaciones que uno no recuerda haber visto, leído o conocido". El escenario es por, cierto, poco usual: una plataforma petrolífera en el medio del mar, pequeño mundo aislado de todo, rodeado de agua gélida, oscura y borrascosa y habitado sólo por hombres. La idea de desarrollar una historia en esa suerte de encierro a cielo abierto se le impuso a la directora de "Mi vida sin mí" hace unos doce años, cuando visitó una plataforma petrolífera frente a las costas de Chile: "Había cierta carga de belleza en esa estructura de hierro en mitad del mar -dijo-, y lo que más me llamó la atención fue que la gente que estaba allí encerrada no se volviera loca, sobre todo si se piensa que, cuando hay tormenta, parece que el océano está por engullirte".
Coixet vio que un centenar de personas venidas de cincuenta naciones convivían en ese lugar donde si hace frío uno se hiela y si hace calor se muere. Un espacio pequeño que puede ser administrado sólo si se suscribe un código de comportamiento. "Un ambiente perfecto para hacer un film", remata esta catalana que apenas ha superado los cuarenta años y cuya carrera fue en sostenido ascenso desde "Cosas que nunca te dije " (1996) y "A los que aman" (1998) hasta "Mi vida sin mí" (2003) y este último film que, como el anterior, dirigió en inglés y con actores "importados". En este caso, el norteamericano Tim Robbins y la canadiense Sarah Polley.
Fue la plataforma perdida en el mar la que avivó su inspiración y su certeza de que para poder sobrevivir en esas condiciones tan duras era necesario "pactar permanentemente", con lo que llegaba al territorio que más la obsesiona: el lenguaje, el poder de las palabras. Por eso imaginó un accidente en la plataforma, un hombre que resulta herido y pierde momentáneamente la vista y la llegada de la enfermera sorda que lo atenderá, una mujer extraña que parece estar huyendo de algún oscuro secreto de su pasado. Son personajes complejos y atormentados que se complementan a la perfección: cada uno es el salvavidas del otro. Ella, áspera y tierna, fuerte y dulce, vive en el silencio de su sordera. El habla demasiado, como si sólo a través de sus ironías y chistes consiguiera olvidar hechos de los que quiere arrepentirse. Las palabras se introducen lentamente por las grietas de ese muro de silencio levantado por la protagonista.
El encuentro de los dos y la relación que se desarrolla entre ellos constituye el corazón del film. "En el perceptivo guión escrito por la directora, la película propone el estudio del carácter de dos personas lastimadas y las revelaciones que ocupan la última parte de la historia extienden el tema de las palabras dichas o no dichas hasta incluir en él no sólo a los dos protagonistas sino al modo en que la humanidad puede fácilmente olvidar u ocultar hechos que deberían ser recordados", apuntó un crítico, mientras otro destacaba la inteligencia y la delicadeza de la realizadora y afirmaba que el film "nos hace percibir cómo la banalidad puede servir de máscara para camuflar el dolor".
Coixet lo explica: "Pasan tantas cosas tremendas en el mundo que yo pienso que el cine, de alguna manera, debe hacer pensar sobre ellas. Pero siempre a través de películas que entretengan, con una historia poderosa, personajes que comprometan emotivamente al espectador y sin olvidar que aun en los hechos más dramáticos de la vida hay siempre espacio para el humor o la ligereza".
Coixet no lo olvida. Dice que no le gusta tomarse demasiado en serio. Y hasta cree en el repetido mensaje que suele encontrar en las galletitas de la suerte: "Siempre eliges el camino más difícil". Quizá por eso fue a la ceremonia de entrega de los Goya convencida de que saldría de allí con las manos vacías. Volvió con cuatro premios, incluidos el de mejor película, mejor guión y mejor dirección.
Valdrá la pena comprobar por qué.
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