
Espionaje a la manera de Rohmer
"Triple agente" ("Triple agent", Francia-Italia-España-Grecia-Rusia/ 2003, color; hablada en francés). Dirección y guión: Eric Rohmer. Con Katerina Didaskalu, Serge Renko, Cyrielle Claire, Grigori Manukov, Dimitri Rafalsky. Fotografía: Diane Baratier. Edición: Mary Stephen. Presentada por CDI. 113 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: muy buena
"Me gusta retratar a la gente en su entorno natural", dice Asinoé, artista aficionada que defiende la pintura figurativa y no comprende la abstracción. Su marido, un ex general del ejército zarista que en el turbulento París del Frente Popular (1936-1937) trabaja para los refugiados blancos y está al tanto de los entretelones de la política internacional, es un maestro de la ambigüedad: jamás revela sus fuentes y prefiere -según dice- "mover los hilos detrás de la escena". Quien habla por boca de los dos personajes es, claro, Eric Rohmer, y sus palabras quizá sirvan de guía hacia una descripción de este raro film sobre espías que lleva su marca registrada: mucha y jugosa conversación, escasa acción, elegancia formal, lenguaje puntillosamente elaborado y una progresión dramática que se manifiesta callada pero sostenidamente.
Aquí no hay efectos sorpresivos ni escenas espectaculares. El personaje que el admirable cineasta de los cuentos morales busca retratar con pincelada realista y en su contexto natural es Fiodor Voronin, funcionario en apariencia y agente secreto en realidad, pero no se lo ve ejerciendo su riesgoso oficio sino en los ratos que éste le deja libre, en la intimidad del hogar y junto a su enamorada esposa griega, o en los encuentros de la pareja con sus viejos amigos rusos o con los jóvenes vecinos izquierdistas que confían en Stalin, pero son críticos de su política respecto de la cultura.
Asinoé, espectadora de un mundo que no llega a desentrañar, va advirtiendo que de a poco el intrincado y engañoso ajedrez político que practica su marido se ha ido inmiscuyendo entre los dos y ha impregnado la relación conyugal. Al fin, también a ella la confunden los enigmas de su marido, que no miente pero oculta y a veces engaña diciendo verdades que son tan poco creíbles como para parecer embustes.
Años de confusión
Rohmer inserta ese retrato "doméstico" (¿un film de espías en versión de cámara?) en el panorama general de la época que le proporcionan magníficas imágenes de archivo. Son los años en que el comunismo stalinista y el nazifascismo prueban fuerzas en España mientras un frágil equilibrio político tambalea en Francia, donde Leon Blum y el Frente Popular se manifiestan reiteradamente pacifistas. ¿A quién responde en realidad Voronin? ¿A la contrarrevolución rusa? ¿A los alemanes? ¿Al comunismo contra el cual combatió? ¿A su propia ambición personal? No hay respuestas en el film de Rohmer: tampoco hubo más que conjeturas en el caso real que le sirvió de inspiración. Pero importa menos la resolución del enigma que la minuciosa narración con la que Rohmer (y sus magníficos actores; todos, del primero al último) compromete la atención del espectador. Y la levedad con que conduce, dentro del cuadro general, su pequeña historia de amor, del intimismo a la tragedia.
No siempre la pintura más figurativa y más "realista" alcanza a reproducir en toda su dimensión lo que observa. Las motivaciones interiores, las razones por las cuales cada uno actúa como lo hace, todo aquello que los gestos y las acciones no alcanzan a expresar (así como esas certezas y esas verdades a las que solemos aferrarnos en busca de una tranquilizadora seguridad) suelen ser inapresables. Rohmer sólo apuesta a encontrar alguna punta de esos hilos invisibles en los intersticios de la conversación.
Esta puede ser tan excesiva para quienes no estén habituados al estilo del creador francés como apasionante para quienes se deleitan con él.






