Ruido de fondo es una despareja sátira del capitalismo tardío
El nuevo film de Noah Baumbach adapta la novela de Don De Lillo comienza con una fantástica escena y comienza a deshilacharse a medida que se expande en todas direcciones, buscando abarcar más y más tópicos contemporáneos de los que burlarse; se podrá ver en Netflix desde el viernes 30
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Ruido de fondo (White Noise, Estados Unidos/2022). Dirección y guion: Noah Baumbach. Fotografía: Lol Crawley. Música: Danny Elfman. Edición: Matthew Hannam. Elenco: Adam Driver, Greta Gerwig, Don Cheadle, Raffey Cassidy, Jodie Turner-Smith, Lars Eidinger, Logan Fry, André 3000. Duración: 136 minutos. Calificación: apta para mayores de 13 años. Distribuidora: Netflix. Nuestra opinión: buena.
Riesgo, amor, caos y fake news. Cuatro conceptos que surgen entre muchos otros mientras se mira Ruido de fondo, la nueva película de Noah Baumbach (Historia de un matrimonio, Mientras somos jóvenes), que llegó a comienzos de diciembre a los cines y que el viernes 30 desembarcó en Netflix. Hay más sensaciones: desbordada, pretenciosa, excesiva. Eso sí: indiferencia no es una de ellas.
Aunque en su desarrollo pierde el rumbo en más de una oportunidad, Ruido de fondo es esencialmente una sátira sobre la sociedad, sobre la familia, sobre el consumo, y especialmente sobre la muerte. La película comienza con una clase universitaria sobre el “regocijo” que debieran producir en el espectador las escenas de accidentes automovilísticos en el cine. Minutos después, un choque de similares características entre un camión que transporta químicos y un tren provocará una nube tóxica que tendrá en jaque a toda una comunidad durante un tercio del film.
Jack Gladney (Adam Driver) es un padre de familia ensamblada, profesor y “hitleriólogo”. Su núcleo de pertenencia lo componen su esposa Babette (Greta Gerwig) y cuatro hijos, propios y ajenos, de matrimonios cruzados. También está su amigo y colega Murray Siskind, docente y experto en Elvis Presley.
Lo que comienza como un trazado en torno a los vaivenes en un entorno familiar, a partir del accidente descrito torna en un film de género, con el grupo obligado a dejar la casa y sumándose a un campamento de refugiados, mientras intentan descubrir las consecuencias de la exposición a la lluvia radioactiva que generó el siniestro entre el tren y el camión.
Es en este momento cuando Ruido de fondo se expande hacia numerosas direcciones, perdiendo parte del peso específico que había ofrecido hasta ese instante. Baumbach, a partir de su inspiración literaria (el guion es una adaptación de la novela de Don DeLillo, publicada en 1985) quiere decir más de lo que puede, y la propuesta comienza a tambalear en su solidez narrativa, quedando a merced de la impecable puesta en escena, la labor de los actores (Adam Driver demuestra nuevamente que la peor decisión artística de su vida fue participar de la saga de Star Wars), y de algunos diálogos inspirados.
Un ejemplo de esto es el contrapunto inicial entre Driver y Cheadle, hablando respectivamente de Hitler y Elvis, un prodigio de construcción, imagen y resolución que no se repite en ningún otro momento de la película (por lo menos hasta la escena final). En contraposición, el personaje de Babette que al inicio se revela muy atractivo, promete pero pasa de largo hasta desvanecerse. Aun cuando en último tramo la acción lo vuelve a considerar, en una última pirueta sin riesgo y a ninguna parte.
El exceso de información, la necesidad de recargar cada escena de ese ruido blanco en el que se confunde -desordenada- la cotidianidad con el pensamiento, terminan opacando las buenas intenciones, o incluso los muchos grandes momentos que tiene Ruido de fondo. Cuesta imaginar cómo podría haberse hecho mejor un guion como este, aun cuando el resultado sea irregular y despierte menos entusiasmo que el deseado.
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