
Ettore Scola, de paseo por la Ciudad Eterna
Registra su magia y su gente con una cámara digital
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Créase o no, a la hora de la distribución y la exhibición de films en la Argentina, Ettore Scola dejó de ser un cineasta afortunado. Aunque muchas de sus obras se convirtieron por mérito propio en clásicos ("Un día muy particular", "El baile", "La familia"), en los últimos tiempos unos y otros parecen dejar pasar sin culpa lo más reciente de su cosecha. Ocurrió con "Competencia desleal", que pudo verse en la muestra Pantalla Pinamar, pero no entusiasmó a quienes podrían distribuirla. Por suerte no pasó lo mismo con "Gente de Roma", la primera experiencia del director cercana al documental, rodada con cámara digital, y que IFA estrenará pasado mañana en el Cosmos. Se trata de un recorrido por la ciudad, que mezcla escenarios e historias (estas últimas, cuasi verdaderas) con algunos toques de ficción.
Una de las curiosidades de la película de Scola es que está dedicada a Alberto, que no es otro que Alberto Sordi (1920-2003). Para Scola, "Albertone" fue un auténtico romano, un actor dotado de una sensibilidad que todavía hoy para los que lo recuerdan, sigue siendo el resultado de un talento con el que se nace. "Gente de Roma", asegura Scola, fue tema de conversación con su amigo Alberto. Es más, el protagonista de "Los inútiles" era uno de los romanos de su proyecto, el que cerraba la historia. Pero como murió antes de iniciar el rodaje, su nombre aparece así, simbólicamente.
La propuesta de Scola intenta ser un mosaico de postales sentimentales personales, de personajes, barrios, desde la zona donde funcionó el gueto, durante la Segunda Guerra Mundial y la Piazza del Popolo donde se baila tango, hasta el transgresor Gay Village, en Via del Campo Boario. Historias de lo viejo y de lo nuevo, de costumbres, de vestimentas, de contradicciones, de extracomunitarios (más de medio millón en la actualidad, como se dice en el film, "[...] incluso aquellos histórica y políticamente enemigos, como rusos y afganos, indios y chinos, griegos y turcos que conviven en paz”), que terminarán, inevitablemente siendo romanos, con actores espontáneos (a la manera neorrealista) o profesionales, interpretándose en buena medida a sí mismos, como ocurre con Stefania Sandrelli. También el director Nanni Moretti, mientras da un discurso en Piazza San Giovanni en un multitudinario acto popular junto al veterano sindicalista Vittorio Foà. Abuelos con Alzheimer, un oficinista trajeado que jura haber escuchado voces –y hasta diálogos– en el cementerio e intenta sin suerte arreglar una cita con una bonita chofer de ómnibus, los militantes de la nueva izquierda, los unos y los otros, en suma, que terminan confundiéndose.
Ricos y pobres
La película, con guión de Scola y sus hijas Paola y Silvia, abre con imágenes del Capitolio y cierra con Piazza Navona. Apenas comienza, un ordenanza toma el micrófono para hacer, a su manera, un fragmento clave de “Julio César”, de Shakespeare. Sobre el final, el cineasta reúne, casi sin palabras, a dos hombres muy mayores, seguramente amigos de la infancia, uno aristócrata, el otro homeless.
“Es la primera vez que hago un documental y que uso el formato digital, un avance que me interesa –dice–. El único problema es que cuando uno rodaba en 35 mm planeaba con más cuidado lo que iba a filmar. Ahora no se usan más esos pesados chasis con películas, sino unos pequeños casetes que duran dos horas. Uno pensaba y ensayaba mucho antes de encender la cámara para no desperdiciar película. Todo ese tiempo ahora hay que dedicarlo al montaje”, dice.
“Mi álbum de familia está dedicado a Roma y a su gente, a aquellos que siempre estuvieron y a los que recién llegaron desde lugares lejanos, imágenes de la ciudad conocidas en todo el mundo y otras, extraordinarias, nunca antes vistas, perspectivas que resultan de la mutilación visual que nos rodea”, dice el director que con varias de sus obras ha tratado de innovar, siempre de la mano de la nostalgia y la poesía, al lenguaje del cine.
Lo hace, como asegura, “recorriendo Roma, de los suburbios al centro histórico, en un ómnibus manejado por una joven mujer; la aventura de parar en un semáforo donde un tablero electrónico da las cotizaciones bursátiles mientras una niña gitana sostiene un cartel que dice «tengo hambre», un limpiador de parabrisas preparado con su cepillo a la espera de un conductor intransigente, con quien lucha, hasta la última gota, y las multitudes, y las calles, los bailes en las plazas, el ruido de Roma, su silencio nocturno y el murmullo de las fuentes...”





