
Film de buscado laconismo
La punta del diablo , (Idem, Argentina-Venezuela-Uruguay/2006, color; hablada en español). Dirección: Marcelo Paván. Con Manuel Callau, Romina Paula, Lautaro Delgado, Axel Pauls, María Onetto. Guión: Enrique Cortés, sobre una idea de Marcelo Paván. Fotografía: Rolo Pulpeiro. Edición: Luis Rahamut y Fabio Pallero. Presentada por Primer Plano. 90 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
En principio, hay que celebrar que Marcelo Paván haya concebido fundamentalmente en términos de imagen este primer largometraje que busca transmitir sobre todo la perturbada interioridad de un hombre que se sabe próximo a la muerte antes que relatar la breve historia de su casi accidental estada en un despoblado paraje marítimo del norte del Uruguay.
Abismo inhóspito
El paisaje invernal de Punta del Diablo, con su desolación, sus playas desiertas, su mar bravío y el constante rumor del viento, que es más rugido que arrullo, ocupa un lugar central. Es a ese abismo inhóspito al que, siguiendo un vago impulso, va a parar el protagonista, un médico cincuentón que huye sin rumbo y dejando atrás familia y profesión cuando se entera de que es ahora él -y no uno de los muchos pacientes a los que ha atendido- quien padece un tumor cerebral. La muerte ha dejado de ser la muerte de los otros, a la que se halla tan acostumbrado. Está ahí, anunciándose próxima. Pero al mismo tiempo que él la niega también percibe, al salir de su dejarse vivir mecánico y rutinario, que la vida lo incita a resistir, mostrándole otras vidas, imponiéndole nuevas curiosidades, mínimos deseos.
No experimenta un cambio dramático, es más bien una lenta comprensión de su propia condición de ser humano y mortal la que sentirá durante su breve tránsito por ese pueblito que parece detenido entre dos veranos, la época en que llegan los turistas y la animación.
Parsimonia mortecina
Fue el encuentro casual en el camino con una muchacha a la que decidió seguir con su auto el que lo condujo a Punta del Diablo. También es el contacto con ella -con su compañero, el joven pescador que le alquila su cabaña y le promete adiestrarlo en la pesca del tiburón, y con el padre de la muchacha, dueño de una modesta fonda-, el que precipitará el lento cambio. Todos están ahí de paso, como en una suerte de Purgatorio.
Entre los climas sugerentes, el buscado laconismo de un guión que confía en la elocuencia de los silencios y las acciones y las frecuentes sentencias expresadas aquí y allá con el tono grave de los pensamientos trascendentes, La punta del diablo descuida en parte la construcción dramática y deja que una parsimonia a veces mortecina se apodere de un relato que de tan despojado se colma de sobreentendidos y se vuelve algo frío, distante y a ratos monótono.
A ese lenguaje que busca ser parco y sutil (y que consigue ser muy expresivo en algunos tramos) también debe adjudicarse la falta de contrastes y el casi invariable medio tono reflexivo y un poco solemne que domina el film.
En ese sentido, la secuencia en la que finalmente el protagonista hace su primera experiencia como pescador de tiburones se impone, por su relativa tensión y su ágil resolución formal, como un bienvenido oxígeno entre tanta parquedad y tanto ensimismamiento.
Lo mejor del film reside en el uso expresivo del paisaje que, registrado por la cámara sensible de Rolo Pulpeiro, envuelve a la historia en una sugestiva atmósfera melancólica.
Manuel Callau asume el papel central con convicción, si bien suena demasiado apagado, quizás a instancias de la dirección.






