
Hamlet, el príncipe de la alta tecnología
"Ser o no ser" ("Hamlet", EE.UU./2000, color). Dirección: Michael Almereyda. Con Ethan Hawke, Kyle MacLachlan, Bill Murray, Sam Shepard, Julia Styles, Diane Venora, Liev Schreiber, Karel Geary, Steve Zahn, Jeffrey Wright. Guión: Michael Almereyda, sobre la pieza de William Shakespeare. Fotografía: John de Borman. Música: Carter Burwell. Montaje: Kristina Boden. Presentada por Buena Vista Internacional. Duración: 109 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: regular.
Ha habido más de 25 films basados en la tragedia de Shakespeare desde que el francés Clement Maurice ensayó el primer traslado al cine en 1900. Se comprende la frecuentación por las mismas razones que explican que "Hamlet" sea largamente la pieza más representada: tiene la rara cualidad de ofrecerse como un espejo que refleja la época que se contempla en él. Es como una esponja -según apuntaba Jan Kott, autoridad reconocida en materia de Shakespeare- que "mientras no se la sofistique ni se represente como si fuese una antigüedad, absorbe de un golpe todo nuestro tiempo contemporáneo".
Michael Almereyda, el guionista y director independiente que llamó la atención con "Nadja", su estilizada, farsesca y no muy coherente actualización de la historia de Drácula, elige también para Hamlet un acercamiento al mundo de hoy, lo que significa que la imagen estará colmada de elementos que hablan a las claras de una sociedad tan atiborrada de mass-media que ya no se reconocen bien los límites entre la realidad y la representación; que en lugar de un reino, Dinamarca será una corporación con sede en el Elsinore Hotel de Manhattan, y que Hamlet se habrá convertido en un inconformista realizador de videos que almacena su malestar existencial en una cámara y después pasa horas delante de la computadora revisando lo grabado.
Significa también que el high-tech será dominante, con abundancia de superficies metálicas o espejadas, amplios lofts y terrazas que se asoman sobre Manhattan, y que los personajes circularán en un terreno saturado de cámaras digitales, fax, computadoras, celulares, laptops, monitores, contestadores automáticos y otras invenciones tecnológicas. Eso, sin abandonar el lenguaje original shakespeariano, salvo en algún caso límite.
Curiosidad de patas cortas
Convengamos que no resulta nada fácil acostumbrarse a esta discordancia audiovisual, a la que además se añade el hecho de que el acicalado texto original supone un ritmo bastante menos vertiginoso que el que Almereyda busca imponer.
Si se consigue superar ese primer obstáculo -o si se lo ha desestimado con tal de apreciar la elegancia visual de la puesta en escena, en la que mucho tiene que ver el modo en que John de Borman aprovecha los exteriores neoyorquinos-, hay particularidades en las cuales el conocedor de la pieza puede detenerse. (No tanto el que no esté familiarizado con la historia, a quien la reducción de Almereyda puede dejarlo indiferente, o desorientado).
Se encontrará entonces un Hamlet (Ethan Hawke) que aunque parece más inmaduro que de costumbre vacila bastante menos (casi muestra una determinación de la que los otros personajes carecen); gasta un estilo "cool" entre lánguido y presumido; exhibe una inteligencia algo amodorrada, quizá por la sobreexposición a los rayos catódicos; pronuncia su primer soliloquio vía Pixelvision en la pantalla de una laptop, y el famoso "ser o no ser" entre las góndolas repletas de videos de acción de un Blockbuster. También habrá un espectro que hace su primera revelación en el monitor de seguridad de un ascensor y más tarde aparece en una terraza antes de esfumarse en una máquina distribuidora de Pepsi. Y entre otras innovaciones se verá al ambicioso e hipócrita Claudio andando en interminables limusinas ahora que ha usurpado no un trono sino el cargo de CEO de la corporación, mientras Gertrudis y la desdichada Ofelia (aquí fotógrafa con estudio en el Soho) han sido poco menos que reducidas a figuras decorativas. No cuesta mucho imaginar que la representación que Hamlet urde para revelar a los culpables de la muerte del padre vendrá en el formato de video.
Algunas de estas ocurrencias pueden mantener viva la curiosidad del espectador, aunque el chiste se gasta pronto, sobre todo a medida que se advierte que la innovación de Almereyda está sobre todo en la cáscara. Colorida, vistosa y muy actual, pero cáscara al fin.
Siempre es saludable que se exploren nuevos modos de acercarse a Shakespeare, y por lo menos cabe reconocer que en este caso no se aspira a dar ninguna versión definitiva sino apenas a dar una visión personal y, en lo formal, atrevida. Lástima que los objetivos no estuvieran demasiado claros.
Volviendo a Kott, conviene tener presente que como en "Hamlet" se menean tantos problemas, como hay en la pieza una tragedia amorosa, familiar, estatal, filosófica y metafísica y además un sobrecogedor estudio psicológico, un duelo y una gran matanza, se puede escoger a voluntad. "Pero hay que saber para qué y por qué se escoge."







