Hitler era un ser humano
Una verdad de Perogrullo atiza la polémica por "La caída"
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El equívoco se zanja fácilmente y en pocos segundos mediante la sencilla consulta con el Diccionario de la Real Academia Española.
En efecto, "La caída" -la película alemana sobre los postreros días del nazismo- muestra a un Adolf Hitler muy "humano", pero en el sentido que la RAE le asigna a su primera acepción ("perteneciente o relativo al hombre") y no a la tercera ("comprensivo, sensible a los infortunios ajenos").
Por esta confusión tan elemental, huestes de cinéfilos de varias latitudes, habitualmente tan esclarecidos, aquí trastabillan torpemente y se enredan en escolares explicaciones sobre el perfil devastador del trágico Führer. Así dudan entre condenar de frente, con medias palabras o con contradictorias calificaciones que el director Oliver Hirschbiegel y su productor y guionista Bernd Eichinger no hayan recreado en la pantalla a un Hitler más estereotipadamente monstruoso y repugnante.
Este periodista recuerda haber visto un par de décadas atrás en el cine Cosmos una película alemana muy similar (quizá fuese "El último acto" u otra de origen ruso cuyo título no le viene a la memoria) y, sin embargo, entonces no se armó ninguna polémica.
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A "La caída", que estuvo nominada al Oscar a la mejor película extranjera (que finalmente perdió a manos de la española "Mar adentro"), se la puede cuestionar por su tamaño -dos horas y media-, por ciertos golpes bajos innecesariamente subrayados o por ese afán de pretender abarcar demasiadas cosas distintas al mismo tiempo (lo introspectivo e intimista, que domina el film, y que pierde fuerza cuando se dispersa con escenas de acción o personajes secundarios, acaso demasiado lineales).
Sin embargo, "La caída" justamente se hace fuerte en su intención más arriesgada y lograda: mostrar a un Hitler humanizado (quienes no puedan evitar pensamientos esquemáticos, por favor dirigirse otra vez al segundo párrafo de esta columna) y, por eso mismo, muchísimo más inquietante. De Drácula, no podemos esperar otra cosa que en cada una de sus apariciones les chupe la sangre a sus víctimas. Del monstruo de Frankenstein sólo cabe esperar que ahorque a algún niñito o novia a punto de ser desposada. Sus intrínsecas naturalezas monstruosas nos asustan sólo por un rato, pero no nos cuestionan profundamente ya que carecen de nuestra humana condición. Lo que perturbaba, precisamente, en "Potestad", la obra de teatro de Eduardo Pavlovsky que luego fue también película, es esa actitud tan cotidiana y, por lo tanto, insoportable (pero al mismo tiempo tan real) del represor, en su condición de persona que volvía a ser "normal" cuando no ejercía su "trabajo".
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El Hitler exaltado y temible que conocemos por documentales, grabaciones y tantas recreaciones en el cine del último medio siglo aparece muy poco en "La caída". Bruno Ganz, en el papel del dictador alemán, logra todos los matices físicos y psicológicos de un hombre que ha tenido a Europa en un puño y que, en pocos días, se desbarranca hacia el infierno de a varios escalones a la vez.
Que acaricie a su perra Blondie (aunque luego la sacrifique), que sea amable con su secretaria (a la que, no obstante, obsequia con una pócima de veneno), que siente amorosamente sobre su falda a uno de los niñitos Goebbels mientras escucha embelesado cantar a sus hermanos (a sabiendas de que esa misma noche todos morirían) no puede despertar confusión alguna en ningún espectador medianamente lúcido.
Extraña que adalides de creativas imposturas cinematográficas -que además tanto se extasiaron frente a "Moloch", la película de Alexander Sokurov, que también se adentraba en la intimidad de Hitler- ahora se rasguen las vestiduras frente a un film que en Israel se exhibe por estos días sin problemas.
Tal vez A.O. Scott, de The New York Times, haya dado en la tecla para explicar la controversia: "[...] sigue vigente el tabú de hacerlo [a Hitler] demasiado semejante a nosotros. Queremos acercarnos, pero no tanto. La curiosidad trae aparejado un riesgo moral, como si el hecho de comprender a Hitler fuera el fatídico primer paso para finalmente simpatizar con él".
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Así como en "Mein Kampf" ("Mi lucha"), Hitler anticipaba con brutal franqueza varios años antes de llegar al poder y de ser plebiscitado en las urnas sus mesiánicos planes de exterminio (que, finalmente, también se infligió a él y a su séquito más íntimo cuando asomaba la derrota, a fin de abril de 1945), "La caída" recrea el sino inevitable de las tragedias griegas, donde todas las cartas ya están echadas y la catástrofe acecha desde el principio.
Que un pueblo tan culto como el alemán no haya podido advertir que en el ADN del nazismo figuraba su propia destrucción fue un malentendido atroz que pagó la humanidad.
Lo monstruoso, en la vida real, se sirve de humanos bien humanos. Ningún monstruo de la pantalla logra tal grado de sutil perversión.
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