Hollywood revive el espíritu del musical

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23 de agosto de 2001  

"Moulin Rouge, amor en rojo" ("Moulin Rouge", EE.UU./2001). Dirección: Baz Luhrmann. Con Nicole Kidman, Ewan McGregor, John Leguizamo, Jim Broadbent, Richard Roxburgh y Garry McDonald. Guión: Baz Luhrmann y Craig Pearce. Fotografía: Donald McAlpine. Edición: Jill Bilcock. Música: Craig Armstrong. Diseño de producción: Catherine Martin. Presentada por 20th. Century Fox. Duración: 126 minutos. Para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: muy buena.

Con "Moulin Rouge, amor en rojo" Hollywood revive el espíritu de los grandes musicales, uno de sus géneros más representativos, pero al mismo tiempo más abandonados por los estudios en las últimas décadas.

Y no fue un director norteamericano, sino el australiano Baz Luhrmann -que ya había dado muestra de sus inclinaciones en "Baila conmigo" y "Romeo + Julieta"- el creador de un musical (pos)moderno ambientado en el París de 1899, pero marcado por los anacronismos y la acumulación de citas a la cultura pop del siglo XX.

"Moulin Rouge" es la cumbre del artificio, pero al mismo tiempo es un triunfo de la creación de un universo imaginario, soñado, idealizado: el Montmartre nocturno, con sus atribulados intelectuales y sus voluptuosas prostitutas, con su lujuria y su decadencia, con sus brillos y sus luces, con las multitudes disfrutando embelesadas de las bailarinas del can-can en el célebre cabaret del título.

Luhrmann dispuso de un generoso presupuesto de 53 millones de dólares para dar rienda suelta a su inagotable imaginación: como un chico lleno de juguetes nuevos, este hijo de la generación MTV filmó una suerte de ampulosa ópera sobre el amor pasional, los sueños y la muerte, pero con todos los recursos estilísticos del lenguaje del videoclip. Porque éste es un musical pensado no para los cinéfilos, sino para los jóvenes habituados a un ritmo vertiginoso y a una catarata de sucesos ampulosos, vueltas de tuerca y canciones populares de fondo.

A "Moulin Rouge" le podrían caber términos no demasiado positivos (cocoliche, pastiche, patchwork), pero al mismo tiempo se percibe en la película un esfuerzo, una dedicación, un profesionalismo y una exuberancia creativa tales que el espectador puede pasar de una sensación inicial atónita e incrédula a un estado cercano al éxtasis y la euforia.

El director y su excelente equipo de colaboradores -casi todos los mismos que lo acompañaron en sus dos largometrajes anteriores- concibieron un homenaje tan superficial e irresistible como grandilocuente y abarcador: desde la ópera ("La Bohéme" y "La traviata") hasta las coreografías de Bubsy Berkeley, pasando por los musicales de Jacques Demy, la producción de Hollywood, y múltiples films como "La novicia rebelde", "Cabaret" y "All that jazz".

La película -un melodrama inspirado en la literatura del siglo XIX filmado con los rojos de los clásicos en Technicolor de los años 50, los brillos del glam-rock de los 70, las canciones pop de los 80 y el vértigo del videoclip contemporáneo- no tiene pruritos, pudores, inhibiciones a la hora de citar al pasado. Así, Luhrmann cautivará a muchos con un cine desprejuiciado y excesivo como el de, por ejemplo, Ken Russell y seguramente defraudará (y hasta indignará) a aquellos cultores de las convenciones y el clasicismo del musical.

El diamante Kidman

La extraordinaria Nicole Kidman, que interpreta a Satine, "el diamante brillante", una cortesana que despierta pasiones incontrolables en los hombres mientras secretamente su cuerpo se va deteriorando a causa de la tuberculosis, canta, baila y actúa con un magnetismo y un carisma que hacen de éste un trabajo consagratorio que termina para siempre con las críticas que la acusaban de ser una actriz extremadamente fría e inexpresiva. En su carácter de heroína romántica, Kidman imita/homenajea a las grandes estrellas de Hollywood -Marlene Dietrich, Greta Garbo, Joan Crawford, Rita Hayworth, Judy Garland, Marilyn Monroe, Liza Minnelli y Madonna- bien acompañada por el sufrido poeta y galán enamorado -mezcla de Gene Kelly y Maurice Chevalier- que hace Ewan McGregor, el siempre hilarante Jim Broadbent, John Leguizamo (como Toulouse-Lautrec) y por el hasta querible malvado que encarna Richard Roxburgh.

Esta suerte de catarata musical, esta experiencia que se asemeja al efecto que provoca una montaña rusa, abruma por momentos y, por eso, hasta los innegables méritos del equipo artístico -que montó impresionantes números musicales con hasta 650 bailarines en escena amplificados por una parafernalia de efectos visuales y tomados por los ángulos de cámara más complejos- se pierden en parte porque no hay en el espectador capacidad de absorción para semejante nivel de información visual ininterrumpida.

La selección musical es también una muestra del eclecticismo posmodernista de este proyecto tan ambicioso como provocativo y audaz: se trata de un popurrí de melodías clásicas y renovadas versiones de temas de Madonna, Queen, Elton John, Nirvana y David Bowie en clave electrónica y de música dance a cargo de DJ de moda, que desemboca en "Roxane", el conocido tema de The Police, en clave tanguera (mezclada con una composición original de Mariano Mores) para una notable y trágica escena ambientada en los mismísimos "burdeles de Buenos Aires". Porque en "Moulin Rouge" no falta nada, ni siquiera los decadentes y melancólicos aires porteños.

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