Iluminados por la esperanza
Alejandro Doria vuelve al cine con la historia del cura sanador Mario Pantaleo; Jorge Marrale, que interpreta al sacerdote, y Graciela Borges, que compone a su más estrecha colaboradora, hablan de la experiencia
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Alejandro Doria vuelve al cine con "Las manos", la película que recrea la historia del padre Mario, el cura sanador de González Catán, que pasado mañana estrena Primer Plano. Muchas cuestiones tuvieron que ver con que dejara de filmar durante más de quince años, después de "Cien veces no debo". La primera fue un problema lumbar que por poco lo deja inmóvil y un proceso de rehabilitación que pudo superar con mucha paciencia. El otro, que a partir de 1990 la producción cinematográfica empezó a complicarse y, ya en 1995, para algunos cineastas con muy buena trayectoria, como él, se tornó aún más difícil. En todo ese tiempo, Doria hizo televisión, el medio en que se inició en 1965, y creció. Entre 1990 y 1992 dirigió "Atreverse", producida por Gustavo Yankelevich, entre otras.
"En 1998 dejé de fumar y a los tres meses me rompí una pierna, la cabeza de fémur y la cadera. Lo que sufrí no lo puedo contar", recuerda. Después, dictó clases de actuación y cámara, le propusieron una docena de películas que rechazó, hasta que, en 2004, al cumplirse la primera década del atentado contra la AMIA, fue uno de los cineastas que participaron de "18-J", reunión de cortos gestados como homenaje a las víctimas de aquel duro golpe todavía no resuelto.
En 2005 le llegó la propuesta de "Las manos", una historia que recupera la figura del padre Giuseppe Mario Pantaleo (Pistoia, 1915-Buenos Aires, 1992), un sacerdote salesiano que alcanzó popularidad por su don de diagnosticar padecimientos físicos y muchas veces curarlos, como lo juran sus miles de seguidores, imponiendo sus manos.
La película, con guión original escrito por Juan Bautista Stagnaro, reconstruye el personaje a través de su relación con Perla Gallardo, que tras ser curada de una enfermedad que pudo haber terminado con su vida se convirtió en mano derecha del sacerdote. Perla habría de ayudarlo en su obra de sanar, pero también en la de dar esperanza a quienes más la necesitan.
Un actor de la talla de Jorge Marrale encarna a Pantaleo, en tanto que Graciela Borges -que hacía cinco años que no aparecía en la pantalla grande con un papel importante, si bien filmó con anterioridad "Monobloc", que se estrenará en septiembre, y es la actual presidenta de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina-, a su fiel colaboradora, secundados por Esteban Pérez, Belén Blanco, Carlos Weber, Jean-Pierre Reguerraz, Carlos Portaluppi y Duilio Marzio.
Borges, Marrale y el autor de títulos memorables como "La isla", "Los miedos", "Esperando la carroza" y "Darse cuenta", entre otras, hablan de sus experiencias en "Las manos", pero también de cómo cada uno interpreta ahora la figura de este cura que un día descubrió que Dios lo había elegido al otorgarle una habilidad atribuida únicamente a los santos. Gracias a su inmensa fe, el padre Mario pudo encontrar la fuerza suficiente como para desafiar los padecimientos de seres desesperados porque la ciencia ya no puede hacer nada más por ellos.
Una historia de fe
"Hay un veinte por ciento de verosímil y un ochenta por ciento de ficción en función del cine, pero ese mínimo de genuino es suficiente para recrear una historia de más de veinticuatro años entre que nos encontramos con el padre Mario y su adiós, como si fuesen cinco", asegura el director.
"Mi primer trabajo, cuando cumplí 18 años, fue ahí ", dice Marrale, al tiempo que señala allá a lo lejos, tras el enorme ventanal del penthouse de Borges sobre la avenida Figueroa Alcorta, donde los tres se reunieron para conversar con LA NACION. Su índice apunta el viejo edificio de la usina Puerto Nuevo, ahora de Edesur. "Había allí una gran oficina, donde se proyectó la unidad nueve de Segba. Yo era técnico proyectista. ¡Tenía 18 años..!", asegura Marrale con nostalgia, poco antes de empezar a reflexionar acerca de su composición de Mario Pantaleo, a las órdenes del director con el que debutó en el cine, en 1979, y con el que volvió en "Darse cuenta".
"La filmación de la película no fue difícil. La que ahora parece una superproducción la hicimos en siete semanas y tres días, y en cuatro días lo de Italia. A pesar de que tuvimos algunos conflictos en la producción, que no aparecen en el resultado, pasó algo milagroso: que siendo todo en exteriores, cuando el pronóstico decía que llovería, no llovía. Sin embargo, cuando decía «¡corten!» se largaba -recuerda Doria-. Soy de origen cristiano, pero no creo en ninguna iglesia, aunque sí en algo misterioso, que yo exijo que exista, que es lo que llamaría Dios. Algo tiene que gobernar esto que vivimos. Creo también mucho en la energía. Es lo que la gente llama buena o mala onda."
"El padre Mario decía que el cielo y el infierno están adentro, y nuestra tarea es hacerlo paraíso -agrega Marrale-, pero cada uno sabe qué es un cielo, qué un infierno y cuál es su paraíso. Eso no está vinculado con ninguna creencia en particular, sino con la esencia de lo que somos. A mí lo que me parece que la película produce no tiene que ver con lo religioso, sí, en cambio, con lo de religar: nos religa con un sentimiento profundo de humanidad."
"Después de arreglar el libro que fue aprobado, mi preocupación fue que no hubiese cruces, Cristos o vírgenes, porque cualquiera tenía que sentirse representado", insiste el director.
"Hubo una escena, en la que componiendo a Perla miraba desde una ventana la misa del padre Mario a gente humilde y hubo como algo esperanzador, de fe, de grandiosidad. Por eso digo que Doria es un maestro. Se me rompe la cabeza pensando quién podría haberla dirigido que no fuese Doria. Es la emoción que le pone: es como una película épica", dice Borges, con más entusiasmo del que es habitual descubrir en ella poco antes de un estreno.
"Un día Claudio Corbelli, que era amigo de Perla -continúa Borges-, me comenta la posibilidad de producir una película sobre el padre Mario, y yo me encargué de hablarle a Alejandro. Cuando nos reunimos a cenar con él, respondió «bueno, puede ser». Pensé que sería bueno hacer una historia de fe en un momento de tan poca fe."
"A mí me domina la intuición -asegura el cineasta con su voz ronca-, no pierdo el tiempo antes del rodaje. Hago lo que intuyo. No soy soberbio, pero para aceptar una propuesta tengo que estar muy seguro. Creo que esta vez no me equivoqué."





