
Ingrid Thulin iluminó el cine sueco
Fue una de las preferidas de Ingmar Bergman, con quien filmó ocho películas
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ESTOCOLMO (ANSA).- La actriz sueca Ingrid Thulin, protagonista de más de 60 films dirigidos entre otros por Ingmar Bergman y Luchino Visconti, falleció anteayer en esta capital. El 27 del actual hubiera cumplido 75 años.
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Podría ser tranquilamente reconocida como hija dilecta de Ibsen, que retrataba en sus obras a mujeres resueltas a rebelarse contra la rigidez de ciertas tradiciones en nombre de la dignidad y la independencia. Después de todo, se había iniciado en el teatro, como tantas otras actrices prestigiosas de su país, y allí parecía rendir tributo al dramaturgo sueco por excelencia.
Pero Ingrid Thulin quedará en la historia, ante todo, como una de las actrices predilectas de Ingmar Bergman e insustituible protagonista de ocho de sus films, desde aquella frágil mujer que soporta el derrumbe interior al saberse incapaz de ser madre en "Tres almas desnudas" hasta la admirable Karin de "Gritos y susurros", incapaz de comunicarse con sus seres más cercanos.
Pero entre la extraordinaria colaboración entre director y actriz, que engalanó títulos admirables como "Cuando huye el día", "La hora del lobo", "El mago", "El silencio" y "El rito prohibido", seguramente "Luz de invierno", uno de los films que más apreció el propio realizador, constituyó el trabajo cumbre de la carrera de Thulin. Su extraordinaria personificación de la incrédula y severa Marta, que se enfrenta a la crisis de fe de un pastor, parecía justificar lo que calificados observadores afirmaban a fines de la década del 50: que no había actriz superior a ella en todo el mundo.
A partir de entonces la actriz, nacida el 27 de enero de 1929 en Solleftea, localidad de la región nórdica de Angermanland, logró en su país natal un éxito que sólo su compatriota Liv Ullmann estuvo en condiciones de igualar en los años sucesivos. En esos momentos de apogeo artístico comenzaron a conocerse detalles de su formación temprana en Estocolmo, primero como bailarina y luego como alumna de la prestigiosa Real Escuela de Arte Dramático. Allí conoció a Bergman, mucho antes de trabajar a sus órdenes por primera vez.
"Yo estudiaba y él se preparaba para rodar "Prisión". Me probó para un personaje de "Juventud divino tesoro", porque la protagonista baila, pero finalmente eligió a May Britt-Nilsson", recordó Thulin a LA NACION en 1989, durante su visita a la Argentina para participar precisamente de una muestra retrospectiva de la obra de Bergman.
Bautizada en su momento "la otra Ingrid" (en alusión a la otra ilustre figura del espectáculo de apellido Bergman, la gran actriz de "Anastasia") y a veces comparada con la mismísima Greta Garbo, Thulin hablaba con nostalgia y cierta amargura en los últimos años de las diferencias marcadas que tenían los actores de su tiempo respecto de generaciones más jóvenes: "Nosotros llegábamos al cine con una vasta preparación teatral. Todo era distinto. Nos concentrábamos sobre lo estudiado y salía el personaje. Hoy, las chicas empiezan como Nastassja Kinski, tan bonitas, y terminan con esa cosa que se hacen en el pelo, como Joan Collins".
Resuelta a labrarse un camino propio, Thulin siempre prefirió los personajes de mujeres emancipadas y hasta luchó largamente para que hubiera predicadoras en los púlpitos a la par de los hombres. Lectora voraz, también era una mujer inquieta, mundana y de gustos refinados: estudió idiomas, escribió un libro sobre cultura moderna sueca y se jactaba de sus dotes para la pintura y la alta cocina. También fue una diestra esquiadora.
"No soy nudista, soy una mujer intelectual", dijo durante el rodaje de "Agostino", que filmó en Italia en 1962 a las órdenes de Mauro Bolognini. Antes de ese momento nunca había sido atrapada por la cámara en traje de baño. Sin embargo, tuvo que dar explicaciones por aquella recordada escena de "El silencio" en la que se brinda autosatisfacción sexual. "Me pagaron por intervenir en una película -replicó-. La escena no es sucia, es triste."
Desengañada de Hollywood pese a haber brillado en "Los cuatro jinetes del apocalipsis", de Vincente Minnelli ("ese lugar me enseñó a huir del cine. Allí todo es posible, pero sin tiempo", confesó), llegó a Italia a fines de la década de 1960 contratada para hacer teatro y se quedó para siempre a vivir en una casa de campo en Sacrofano, un pueblo con aire medieval cercano a Roma. Brilló con Luchino Visconti ("La caída de los dioses"), con Alain Resnais ("La guerra ha terminado") y con Marco Ferreri ("La casa del sorriso"), encabezó giras teatrales y, pese a hacerse casi desconocida en su país natal durante los últimos tiempos, visitaba Estocolmo seis o siete veces al año. Allí acaba de morir la estrella de cabello rubio, ojos expresivos y labios sensuales que supo iluminar con su talento algunas de las más grandes películas de Ingmar Bergman. Nada menos.





