
Inocencia ante la impunidad
"Simplemente humano" ("Truly Human"-"Et rigtigt menneske (Dogma)", Dinamarca/2001, color). Dirección: Ake Sandrgren. Con Nijolak Lie Kaas, Peter Mygind, Susan A. Olsen, Clara Nepper Winther, Line Kruse, Troels Munk. Guión: Ake Sandgren. Fotografía: Dirk Bruel. Edición: Kasper Leick. Presentada por Good Movies. Duración: 93 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: buena
Cuando la pequeña Lisa, una rubiecita de siete años, habla dirigiéndose a la pared no debe suponerse que está desvariando. Como cualquier chico más o menos solitario, ella también tiene su amigo imaginario. Sólo que en este caso reside bajo el empapelado y es más que un amigo: se trata de su hermano mayor, el que nunca llegó a nacer por la deliberada decisión de sus padres. Puede presumirse que si se siente especialmente unida a él es por una condición común: Lisa también pudo haber corrido la misma suerte, es decir, pudo no haber llegado a nacer, tal como lo ha oído de boca de sus propios padres: "Si hubiera sucedido ahora, tal vez no hubiéramos tenido a Lisa".
Como se ve, la chica tiene sus buenas razones para necesitar compañía: Walter y Charlotte, sus papás, están siempre demasiado absorbidos por sus asuntos personales (el trabajo, las aventuras extraconyugales, etcétera) como para prestarle atención, y no se preocupan demasiado por disimularlo. Y menos ahora, que están a punto de dejar la casa porque ésta va a ser demolida.
El Dogma danés ha elegido en esta oportunidad el camino de la fantasía -o mejor, de la fábula-, de modo que no hay que inquietarse por el destino que correrá el imaginario amigo emparedado tras la inminente demolición ni tampoco por el trágico accidente automovilístico que se producirá en coincidencia y le costará la vida a la nena: el cuento puede permitirse estos giros poéticos para que se hagan posibles la entrada en el mundo real de la criatura fantástica y la transformación de Lisa en una especie de hada que le proporcionará alguna guía desde el reflejo de un televisor.
Como un ángel
Es apenas el punto de arranque -expuesto en fragmentos que se suceden a modo de pantallazos fugaces- para que el chico puro, cándido hasta lo angelical, sin pasado y sin experiencia alguna del mundo ni de sí mismo irrumpa en medio de la sociedad para cautivar, desconcertar, inquietar o atemorizar -según el caso- con su infinita inocencia y su absoluta transparencia.
Y ya se sabe que no hay lugar en este mundo para criaturas semejantes. Pariente lejano de Forrest Gump y del protagonista de "Desde el jardín", el recién llegado de ninguna parte guarda, bajo el aspecto de un adulto, el cerebro casi virgen de un recién nacido, su desconocimiento de toda moralidad y de toda regla. Alguien que al principio puede resultar pintoresco y encantador pero que a la larga se vuelve incómodo en medio de un mundo en el que todo responde a su correspondiente etiqueta y para el que cualquier transparencia es sospechosa.
Ahmed, como él mismo se bautiza sin querer, sólo intenta ser -como quería Lisa- un hombre de verdad, el ser "verdaderamente humano" del que habla el título original en inglés. A la vista de los obstáculos con los que tropieza el muchacho en procura de ese ideal, son unos cuantos los interrogantes que plantea el film en torno del verdadero significado de tal expresión. También son certeros -si no especialmente originales- los apuntes ácidamente burlones que dedica al comportamiento de los hombres: Ahmed no se lo propone, pero su sola presencia basta para desenmascarar las miserias, los dobleces, las culpas y las hipocresías de la sociedad.
Todo esto, afortunadamente, se revela a través de una sucesión de episodios cómicos que vive el muchacho desde que pone un pie en la realidad y empieza a vincularse con los otros: los refugiados compañeros de "exilio", primero; después los vecinos, incluidos sus propios padres; más tarde, el dueño y la empleada de la zapatería en la que empieza a trabajar. Y los chicos, siempre, porque es en ellos en quienes reconoce a sus pares, aunque los adultos midan esa preferencia con la vara de su propia malicia.
Ake Sandgren elige el camino de la gracia y la ironía, y evita cualquier subrayado innecesario, lo que se agradece teniendo en cuenta que no es precisamente novedoso este planteo de la sociedad expuesta a los ojos del hombre incontaminado. Aunque se toma alguna libertad en el empleo de la música, el film adhiere bastante rigurosamente a las reglas del Dogma, entre las cuales parecería haber una no escrita que obliga al sacrificio de un inocente. También conserva su frialdad y ese ligero aire de superioridad que suelen traducir sus posturas críticas.
Con su mirada crédula y su notable expresividad corporal, Nikolaj Lie Kaas parece el protagonista irreemplazable de esta ingeniosa fábula que Sandgren no quiso (o no se atrevió) a cerrar con el fantástico regreso de Ahmed a su hábitat natural.



