
James Stewart, un ciudadano modelo
François Truffaut definió una vez a James Stewart como "uno de esos raros actores que son capaces de conmover y divertir en la misma escena". Estaba en lo cierto. Con su estampa larguirucha y desgarbada, sus movimientos algo torpes y su voz nasal, aflautada y tartamudeante, el popular intérprete de cuyo nacimiento se cumple hoy un siglo parecía nacido para la comedia. Pero, por otro lado, podía poner tanta sinceridad en su expresión que esos rasgos físicos aparentemente determinantes perdían peso. Era en la pantalla el reconocible buen tipo, modelo de ciudadano decente y defensor de las tradiciones, cuya transparencia se manifestaba en la mirada de los ojos clarísimos. Un hombre común, educado, correcto y con una brillante foja de servicios ganada en tiempos de guerra. Quizá no pertenecía a esa raza de grandes actores que deslumbran por su capacidad de fundirse en los personajes que encarnan o por la riqueza y variedad de sus recursos, pero poseía esa condición inefable que la cámara percibe al primer contacto: era creíble. Y confiable: por algo el público de su país lo llamaba familiarmente Jimmy. El sabía contagiar su franca afabilidad a cualquier historia, ya se tratase de una comedia amable como las de Capra o de un cuento de suspenso como los de Hitchcock. Antes de asomar en escena, ya tenía asegurado el favor de la platea: era imposible imaginarlo en la piel de un villano.
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Nacido en un hogar de clase media de Indiana, Pennsylvania, estudió arquitectura en Princeton, pero desde muy joven mostró su interés por la actuación. Fue otro estudiante, el después famoso director teatral y cinematográfico Joshua Logan, quien lo invitó a integrarse al elenco universitario, ya para tocar el acordeón, ya para asumir breves papeles. Allí se hizo amigo de Henry Fonda, con quien después emprenderían la aventura teatral en Broadway y de quien lo distanciaría -más tarde- la política: Jimmy siempre fue un conservador convencido. Llegó en 1938 a la MGM, donde hizo sus primeras experiencias cinematográficas, gracias a una recomendación de la columnista Hedda Hopper, que lo había visto en una función estudiantil. Tres años más tarde, ya reconocido por la crítica y buena parte del público, encontró en las comedias de Frank Capra el mejor vehículo para explotar su encanto juvenil y su naturalidad: Vive como quieras y Caballero sin espada le dieron cartel y popularidad.
Si faltaba una consagración más rotunda, ésta llegó con el Oscar que mereció por Pecadora equivocada (1940), de George Cukor, en la que actuaba al lado de Katharine Hepburn y Cary Grant. Con su mezcla de sinceridad, inocencia e integridad moral, en su figura se identificaba la imagen del hombre medio. Retrato modelo que se completaría en la vida real con su destacado desempeño en la fuerza aérea, adonde fue destinado cuando se alistó como voluntario, en 1941. Hizo, allí también, una carrera brillante: fue ascendiendo gradualmente desde mecánico hasta teniente coronel, mereció condecoraciones por actos de heroísmo y sólo pasó a retiro en 1968 con el rango más alto, brigadier general de la reserva.
Tras el paréntesis de la guerra, Capra le dio el papel que lo convertiría en el favorito de los norteamericanos: el del hombre decepcionado al que un oportuno ángel salva del suicidio en Qué bello es vivir (1946), uno de sus films predilectos. En ese período, adoptó una práctica que le rendiría cuantiosos frutos: la de recibir cachets relativamente bajos a cambio de una participación en las ganancias de cada film. También desde entonces amplió el rango de sus personajes: a las comedias se sumaron los dramas, los westerns, los films de suspenso, las biografías. La nómina es extensa e incluye títulos recordables: La ventana indiscreta , En manos del destino y Vértigo , con Hitchcock; Anatomía de un asesinato , con Otto Preminger; Winchester 73 y El hombre de Laramie , con Anthony Mann; Dos cabalgan juntos y El hombre que mató a Liberty Valance , con John Ford, entre muchísimos más, sin olvidar Música y lágrimas , aquella biografía de Glenn Miller que fue un éxito mundial y se convirtió en clásico.
Ya era toda una gloria de Hollywood cuando la Academia le entregó, en 1985, un Oscar honorario en reconocimiento a su carrera. Como tal se lo convocaba cada vez que la industria decidía celebrarse a sí misma y a quienes la hicieron grande. El, que falleció en julio de 1997, en Los Angeles, había tenido mucho que ver en esa historia.
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