Jean Gabin, o el irresistible encanto del carisma
Las entrevistas con actores suelen estar bien abastecidas de lugares comunes. "Me enamoré del papel desde que leí el guión"; "formamos con todo el equipo una familia que me cuesta abandonar", o "nunca estoy satisfecho con el resultado de mis trabajos, soy muy perfeccionista" tienen presencia frecuente. Un "clásico" casi infaltable es "este nuevo personaje significa para mí un verdadero desafío". Otro: "Desde muy chico (o chica) supe que quería ser actor (actriz)". Etcétera.
Este no. Al muchacho del que hablamos lo lanzaron al mundo del espectáculo poco menos que a la fuerza. "Salí a escena de mala gana; actué en mis primeras películas sin el menor entusiasmo", solía confesar, siempre con cierto dejo de resignación, como el que ha seguido la profesión paterna más por presión familiar, por haraganería o por indolencia que por genuina convicción. El tenía 19 años y hacía cinco que se ganaba los centavos como peón cuando su padre, monsieur Moncorgé, lo arrastró hasta el Folies Bergère, buscó al director, que era su viejo amigo Frejol, y lo presentó: "Este es mi hijo, le gustaría hacer teatro, ¿podrás darle una mano?... Si consigues extraer algo de él será mérito tuyo. Yo renuncio..."
A pesar del fastidio inicial, Jean-Alexis, que después adoptó el apellido Gabin, se sumó a la nómina de figurantes y fue acostumbrándose a la rutina de la revista: aprendió a moverse en escena, a cantar, a bailar. Allí conocería a Mistinguette, que descubrió cierta apostura en el rudo muchachón de ojos clarísimos y lo convirtió en su partenaire. Y cuando algún tiempo después, con la llegada del sonoro, el cine vino en su busca, aceptó el cambio. Total, no tenía ninguna vocación real, salvo, quizás, el boxeo...
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La cámara, ya se sabe, es muy sensible al carisma. Gabin, de cuyo nacimiento se cumplirá un siglo el lunes, tenía ese don que Jean Renoir describía como milagroso: "Los más diversos sentimientos desfilan por su mirada y uno puede leerlos sin equivocarse jamás". Había mansedumbre bajo su dureza aparente, hombría sin alardes, un corazón noble, una pizca de malicia. Con Julien Duvivier ("La bandera", "Pepe Le Moko") y Jean Renoir ("Los bajos fondos") comenzó a delinear ese personaje que fue parte esencial del cine francés de los años 30. "El héroe trágico del cine contemporáneo", como lo llamó André Bazin, ganó en complejidad y en vibración humana a partir del solidario teniente Maréchal que Renoir le confió en una de sus obras maestras, "La gran ilusión" (1937). De esa decisiva cumbre provienen otras creaciones que retratan su personalidad cinematográfica; sobre todo dos que ilustran el mundo poético de Marcel Carné y de su libretista, Jacques Prévert: el desertor de "El muelle de las brumas" (1938) y el obrero asesino de "Amanece" (1939).
Por supuesto que hubo muchos más personajes en la prolongada carrera de Jean Gabin, que se reanudó tras la guerra después de una fugaz y olvidable fase hollywoodense. Eligió entonces personajes más heterogéneos, más maduros y probablemente también más convencionales, a los que siempre imponía su sello personal, casi una garantía de éxito en Francia y fuera de ella. Y cuando los jóvenes de la nouvelle vague le dieron la espalda, encontró refugio en el cine negro, en el que lució su autoridad y hasta se dio el gusto de abrirles camino a Delon y Belmondo.
Siguió actuando hasta el mismo año de su muerte -1976-, a pesar de lo cual periódicamente anunciaba su retiro. "Basta de cine para mí; ya fue bastante", proclamaba. Al fin, recordaba con placer sólo una decena de películas, entre las casi cien que había filmado: "Todas las demás sirvieron apenas para poner pan y carne sobre la mesa familiar", decía. Pero volvía a actuar.
Ya hacía rato que era "el patrón" o "el viejo", como lo llamaba Delon. O "un paquidermo -como lo definió Henri Verneuil-: lento, pesado, los ojos hundidos bajo los párpados llenos de arrugas, la fuerza serena que confiere a la actitud el peso de los años y de la experiencia". Su último film se llamó "L´année sainte", pero hay quienes sostienen que el verdadero Gabin se había despedido mucho antes, en 1955, cuando guiado otra vez por Jean Renoir se vistió de empresario y volvió en "French can can" a la escena de su forzado comienzo.



