
Juan José Campanella: homenaje a los clubes de barrio
En "Luna de Avellaneda", su nuevo film protagonizado por Ricardo Darín y Eduardo Blanco, el director de "El hijo de la novia" revaloriza el espíritu comunitario
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Carnavales de 1959. La voz de Alberto Castillo retumba mágicamente en el salón del club Luna de Avellaneda. Hay 400 almas desbordadas de emoción, codo contra codo: cuatrocientas historias de pasiones y milongas, meciéndose al compás del cantor. "Siga el baile", invita Castillo. El público le obedece como a una deidad.
La secuencia -montaje mediante- dura alrededor de siete minutos, suficientes para ocupar el protagonismo narrativo de "Luna de Avellaneda", la película de Juan José Campanella (en etapa de posproducción) realizada con capitales argentinos y españoles, que podrá verse a mediados de año.
Como en "El hijo de la novia", en esta producción intervienen Ricardo Darín (Román Maldonado, directivo con alma de líder, nacido en el club), Eduardo Blanco (Amadeo, uno de esos personajes varados en el tiempo que vive por y para la entidad y se mantiene con changas) y Atilio Pozzobón (don Atilio, el bufetero). Completan el elenco el español José Luis López Vázquez (fundador y presidente de la institución), Silvia Kutika (esposa de Maldonado), Mercedes Morán (la contadora), Valeria Bertuccelli (la profesora de danzas) y Daniel Fanego (un integrante del club, con contactos en la política).
El relato trascurre en la actualidad, aunque en la evocación de esos siete minutos se dispare el resto de la película. Campanella, a cuarenta y cinco años de aquel carnaval que acaba de filmar, describe qué lo sedujo de esa historia para plasmarla en imágenes.
"Es una historia con varios personajes en un mismo ambiente -detalla el realizador-. Tiene una mezcla de humor y dramatismo, que es lo único que nos sale (se refiere al trabajo que realiza con su coguionista, Fernando Castets), no porque lo busquemos. Pero tiene bastante de autocrítico, de reflexivo y de tratar de ver qué nos pasó. Si bien no se deja de hablar nunca del club, la película, desde allí, se abre a otros temas. El film es local en cuanto a su medio ambiente y su lenguaje, pero plantea una discusión que se está dando en todo el mundo: la lucha entre el raciocinio y el espíritu. Sin llegar a la queja: no quisimos enfatizar el desencanto, sino reflexionar sobre lo que podemos hacer con lo que tenemos".
-Es de lo que hablan tus películas: de la lucha por seguir.
-Hay un mensaje que es el esfuerzo por no rendirse. Hacer una película en la Argentina estos días y no hablar de los dos últimos años es imposible. Es como hacer una historia de amor en Nueva York el 13 de setiembre de 2001 sin mencionar el ataque a las Torres Gemelas. Aquí se vivieron situaciones límite que nos hicieron recapacitar como sociedad. Por lo menos durante un año la gente se replanteó si éste es el lugar para quedarse o no. Y sobre este tipo de gente nunca se hace una película.
-¿Cuál fue el punto de partida?
-Haber conocido el club Juventud Unida de Llavallol. La intención inicial era filmar otra historia, basada en un cuento, sobre dos equipos de fútbol. Investigando para ver cómo se movían los equipos de Primera "D", hablamos con Atilio Pozzobón. Nos dijo que no nos podíamos perder Juventud Unida. En dos visitas descartamos la historia que queríamos hacer y decidimos contar esto. Nos sorprendió lo que los tipos logran en ese club. Es otra Argentina. Nosotros nos enteramos por los medios de cosas de la gente que está en el candelero, que es de cuarta para abajo, y te queda la impresión de que en la Argentina no hay moral, no hay decencia, no hay resistencia. Y conocés gente que, a pesar de todas las contras, no se rinde. Nos dieron ganas de hablar de ellos.
-Realismo social, pero distinto del que impera en mucho cine argentino reciente.
-En un sentido, sí. La gente del club leía el guión y sentía que habíamos captado todo. Pero el término "realismo" se identifica con los peores aspectos de la sociedad. ¿Sólo es realista lo marginal? No; esa no es la única parte de la realidad.
-No es una película cargada de nostalgia.
-No, porque se muestran las actividades que todavía tienen los clubes. Y con buena calidad: te parece mentira que, con los medios que tienen, a dos pesos la cuota -y con gente que no puede pagar- en Juventud Unida logren las cosas que logran. La gran mayoría de los extras que intervinieron en el film, así como la coreografía, es del club Juventud Unida. El nivel que tienen es impresionante. No embellecimos nada. Todos los elementos que se usan en la escenografía se pueden encontrar en cualquier club.
-¿Vos eras de club de barrio?
-Iba a GEBA y recuerdo que en la pileta chocaba con 20 personas cada dos brazadas. Era reacio a las colonias de vacaciones, pero porque en el barrio (Vicente López) estaba mucho en la calle. Además, nunca fui deportista.
-¿Ibas a los bailes?
-Siempre. Hasta los 70, cuando empezó la decadencia de los clubes, la gente tenía mucho tiempo libre. Trabajaba ocho horas, dormía otras ocho y el resto, hacía vida social. Ahora, al club van los pibes que tienen actividades específicas, o los viejos. Lo que no ves es gente de 40 años jugando a las cartas o haciendo otras cosas. Se perdió el espíritu comunitario.
-Además te das un lujo: canta Alberto Castillo.
-Esa es la escena inicial. Obviamente es un doble, pero lo acompaña la orquesta de Jorge Dragone, que fue el acompañante real de Castillo en aquellos años. Canta "Así se baila el tango" y "Siga el baile".
-Y está la música de Jaime Roos...
-Va al final de la película, mezclando su versión de "Siga el baile" con la de Dragone. Allí se fusiona 1959 con el presente.
-¿Cómo fue reconstruir un baile de carnaval, 45 años después?
-Hice un gran trabajo de búsqueda de elementos, personajes. De 400 extras (más la orquesta, los tamborileros y Castillo), 360 son gente de milongas, de club. ¡Los milongueros terminaron esa parte del rodaje llorando! Es que allí estaban sus historias personales de fracasos, de triunfos, de cómo pudieron resistir en nuestros días.



