“La Cristo mujer”: un film controversial que en clave musical cuenta el ascenso del símbolo de un movimiento religioso
El testimonio de Ann Lee cuenta la historia de la fundadora de los Shakers en Inglaterra; se presenta como un película visualmente audaz, pero su fascinación por la forma termina relegando los conflictos humanos del relato
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El testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, Estados Unidos, Reino Unido/2025). Dirección: Mona Fastvold. Guion: Mona Fastvold, Brady Corbet. Fotografía: William Rexer. Música: Daniel Blumberg. Edición: Sofía Subercaseaux. Elenco: Amanda Seyfried, Thomasin McKenzie, Lewis Pullman, Stacy Martin, Tim Blake Nelson, Christopher Abbott, Matthew Beard, Viola Prettejohn, Scott Handy, Jamie Bogyo. Duración: 136 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 16 años. Distribuidora: Disney. Nuestra opinión: buena.
Contenido y forma. Forma y contenido. Un debate tan viejo como el arte: están los que gustan de hacer prevalecer una cosa sobre otra, y quienes aseguran que la obra es digna de tener en cuenta, recién cuando ambos conceptos se amalgaman armoniosamente. Aquellos que se alinean en este último grupo encontrarán en El testimonio de Ann Lee un gran ejemplo de lo que no hay que hacer; o, quién sabe, una excelente justificación para demostrar que están en el camino correcto.
Ann Lee, o “La Madre Ann”, fue motor y líder de los Shakers (nada que ver con los rivales uruguayos de Los Beatles), una organización religiosa fundada en Inglaterra en el siglo XVIII, que a fuerza de convicción y un discurso de igualdad, celibato y cuestionamiento al sacramento del matrimonio, llegó a instalarse en los Estados Unidos. Ann Lee, como líder femenina, una rareza entonces, fue gran responsable de ello.
Sin embargo, hay que reconocer que su historia, o mejor dicho: su peso específico en la Historia, fue bastante más interesante que lo que la llevó a ello. Es decir, funciona mejor como símbolo de época que como relato cinematográfico.
La película de Mona Fastvold sigue el tránsito de Lee (a imagen y semejanza de Amanda Seyfried) desde las primeras reuniones clandestinas en Inglaterra hasta la consolidación de la comunidad Shaker en América, donde sus seguidores la proclaman como una “Cristo mujer” y abrazan una vida de celibato absoluto, trabajo comunitario y culto a través de canto y baile. A su alrededor orbitan William Lee (Lewis Pullman), hermano y discípulo a la vez; y Mary Partington (Thomasin McKenzie), joven seguidora cuya fe se mezcla con una devoción casi filial. El resto de los personajes no alcanzan a ser mucho más que obturadores de la trama. Demasiado poco para la figura que se quiere realzar.

La Ann de Seyfried oscila entre el ícono y el personaje. La actriz pone el cuerpo con una entrega evidente: las convulsiones en los éxtasis, la mirada perdida y a la vez dura, la voz que pasa de susurro a grito profético. Su Ann Lee es a la vez santa, mártir y posible fanática, y la actriz se mueve en ese filo sin buscar simpatías. Pero el guion la circunscribe en el rol de “portavoz de la doctrina”: sus dudas aparecen apenas insinuadas, su relación con el deseo queda resumida en dos o tres escenas, y el guion parece empeñado en preservar una cierta ambigüedad mística que termina funcionando más como excusa que como complejidad real. Los secundarios, por otra parte, pagan el precio de una centralidad mal distribuida, siendo William el más perjudicado.
Párrafo aparte para las canciones, porque no hay que olvidar que se trata, ante todo, de un musical. La directora filma los encuentros religiosos como coreografías crecientes de cuerpos que golpean el suelo, giran, cantan en capas, hasta que el sonido y el movimiento generan un clima de trance contagioso. Lo mismo pasa con las secuencias dramáticas, recargadas de cierto anacronismo musical. El film confía tanto en este recurso que lo usa insistentemente como atajo emocional: cada vez que la narración se traba o no encuentra cómo procesar un conflicto, recurre a un nuevo estallido de canto y danzas, en lugar de ahondar en él. Se ve muy lindo y al principio sorprende, pero a la larga aburre.
El testimonio de Ann Lee es una película que se mira a sí misma con fascinación, pero que por momentos parece más preocupada por la audacia de su propuesta narrativa que por aportarle esencia dramática a los conflictos que plantea.
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