La crítica al cine que ganó el Oscar
La película del mexicano Alejandro González Iñárritu y su relación con Hollywood
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¿Cuál es la extraña razón por la cual una película que critica con sobreactuada ferocidad a Hollywood termina consagrada en la ceremonia de los Oscar, uno de los mayores aparatos de propaganda del cine que se produce en esa gigantesca industria? Apegado desde siempre al efectismo y la grandilocuencia, Alejandro González Iñárritu logró afirmarse ahora en esa industria (su próxima película será el western The Revenant, con Leonardo DiCaprio como protagonista y 60 millones de dólares de presupuesto) con un film que se queja ruidosamente de la tiranía de los blockbusters e intenta acomodarse con empeño en la vereda del cine inteligente, el que privilegia el arte por sobre el negocio.
En Birdman, los actores son neurasténicos consumidos por la inseguridad y el ego; el público, una masa amorfa sedienta de explosiones, banalidades y escándalos; los usuarios de redes sociales, una comunidad de alienados sin remedio, y la crítica, un refugio para resentidos que despotrican arbitrariamente contra los artistas que no les caen en gracia. Sólo Robert Altman (curiosamente, otro aficionado a las estructuras corales que caracterizaron la primera etapa de la obra de Iñárritu) en sus películas más altaneras había descargado tanto veneno junto.
Queda más o menos claro, a estas alturas, que el torturado protagonista de Birdman es, en más de un aspecto, un álter ego del director: un personaje atormentado por la falta de perspicacia de sus propios admiradores -que lo valoran exclusivamente por su pasado como estrella de una saga de superhéroes- y que desea redimirse montando, dirigiendo y protagonizando una obra de teatro "seria", basada en un libro de un autor de culto como Raymond Carver.
Así como la película consagra abierta y contradictoriamente esa redención cuando, por fin, la malvada y superficial especialista que detesta al personaje de Keaton se rinde ante su talento y su coraje, Iñárritu consiguió no sólo cuatro premios Oscar (un repaso de la lista de las películas que a lo largo de su historia la Academia eligió como mejores basta para comprobar que esas decisiones están lejos de certificar la calidad en buena parte de los casos), sino que también se benefició de un consenso crítico que 21 gramos y Biutiful no habían podido cosechar. Paradójicamente, lo hizo con una película que, al mismo tiempo que ataca al cine industrial por vacío y rimbombante, elige un modus operandi sintetizado en una trabajosa proeza técnica -el famoso falso plano secuencia, un alarde de virtuosismo- cuyo valor dramático no termina de quedar claro (naturalmente, es materia opinable, pero ¿en qué cambiaría sustancialmente la historia de Birdman si hubiese tenido un montaje tradicional?).
Y como remate, cuando el espectador empieza a convencerse de que la telequinesia y la capacidad para volar del protagonista eran apenas manifestaciones de sus delirios psicóticos -una idea construida por la elección del punto de vista narrativo-, su objetivación, su súbita transformación en un hecho real en el final de la historia (que, de paso, tiene antes varios amagos de conclusión que no se concretan) revela la ineludible necesidad de un happy end, el mismo que Iñárritu se ganó hace unos días en el lugar donde se producen los esperpentos que lo tenían tan atribulado con una película que parece haber interpelado a la mala conciencia de los votantes de la Academia, tan seguros de que todo va a seguir igual que pueden permitirse un pequeño arrebato de cinismo que esconde, sin mucho esmero, una profunda autoindulgencia.





