La gran Alida Valli, con honores y algo más
A los 82 años (los cumplió el 31 de mayo último), el nombre de Alida Valli vuelve a aparecer en las noticias. Pero no por cuestiones profesionales, sino porque el mismísimo Consejo de Ministros de Italia debió intervenir para reparar una negligencia burocrática y concederle una asignación extraordinaria vitalicia. Sucede que buena parte de los 130 films que la actriz interpretó en una carrera de casi setenta años no figuraban en el registro previsional, lo que había agravado seriamente sus problemas económicos, sobre todo desde que se vio obligada unos dos años atrás a abandonar el teatro. Para reparar el imperdonable descuido, fue decisiva la acción solidaria de sus colegas, entre otros, Franco Citti, con quien ella trabajó en "Edipo rey", de Pasolini. Es frecuente que así suceda. También lo es que la gratitud de las sociedades hacia sus artistas se exprese mediante honores, homenajes y premios. Valli, por ejemplo, tuvo distinciones en cantidad desde el temprano galardón a la mejor actriz por "Piccolo mondo antico", en 1941, y el David de Donatello de la madurez por "La caduta degli angeli ribelli", en 1982, hasta los más recientes: el Vittorio De Sica 2001 que le entregó el mismísimo presidente italiano y el León de Oro de Venecia 1997 en reconocimiento a su trayectoria. Pero debió seguir sustentándose con su trabajo: el último, en un film del español Pepe Dunquart, "Semana Santa", donde encarnaba a una anciana aristócrata en decadencia.
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"Nunca pienso en el pasado -decía no hace mucho-; tampoco en el futuro. Si me obligan a revisar el tiempo ido respondo que soy la misma de ayer, el ejemplo viviente de las épocas que he conocido, pero vivo en el presente, con todos los inconvenientes de la edad avanzada y con los ojos velados". Le costará imaginarla así a quien guarde en su memoria la imagen de sus personajes más famosos: la leal amante de Orson Welles en "El tercer hombre" (Carol Reed, 1949), y sobre todo, la apasionada condesa Livia Serpieri de "Senso" (Luchino Visconti, 1954).
Hija de un periodista austríaco, Alida Maria Altermburger nació en Pola, Croacia, y de muy pequeña fue llevada por su familia a Como, donde estudió. Casi no tuvo tiempo de seguir los cursos del Centro Esperimentale di Cinematografia: a los 15 años, ya había sido contratada por el cineasta Mario Camerini. Le tocaron primero papeles de ingenua, pero pronto despuntó como representante de una escuela nueva opuesta a la exageración sofisticada de las antiguas divas. "Manon Lescaut", "Luces en las tinieblas", "A las 9, lección de química", entre muchos otros títulos, le dieron gran popularidad en su país. Pero cuando la bella Alida se rehusó a trabajar en films de propaganda fascista (paradójicamente, su madre fue fusilada por colaboracionista), debió alejarse por un tiempo de los sets. Con la posguerra, llegó su incursión en Hollywood (David O. Selznick creía haber descubierto en ella a una nueva Ingrid Bergman), etapa de la que sólo cabe recordar su trabajo a las órdenes de Hitchcock en "Agonía de amor".
Su fuerte temperamento dramático marcó la época más brillante de su carrera, que se hizo internacional a partir de "El tercer hombre" y "Senso". Desde entonces, trabajó incansablemente tanto en el cine como en el teatro (ganó un premio Duse) y aunque intervino en muchas producciones olvidables mereció la atención de muchos de los más famosos directores europeos, de Visconti y Pasolini a Antonioni ("El grito"), Bertolucci ("La estrategia de la araña", "Novecento", "La luna"), Valerio Zurlini ("Primera noche de quietud"), Dario Argento ("Suspiria", "Inferno") o Yves Robert (El retorno de Arsenio Lupin). Y habrá quien recuerde que también encabezó el elenco de un fallido film de Leopoldo Torre Nilsson, "Homenaje a la hora de la siesta", filmado en Brasil.
En todos impuso su potencia expresiva y una máscara que con los años fue acentuando sus rasgos más dramáticos. Pero para todos, seguirá siendo Livia, la aristócrata que Visconti dibujó con el trazo apasionado de una heroína de ópera.



