
La guerra que no fue
En Chile se rueda "Mi mejor enemigo" , coproducción argentino-chilena sobre el conflicto en torno del canal de Beagle que tensó al extremo la relación entre ambos países
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PUNTA ARENAS, Chile.- El estrecho de Magallanes, a la izquierda; la estepa patagónica chilena, o pampa, como le dicen aquí, a la derecha. Para la mirada urbana, todo aquello era un paraje exótico y extraño. A los lados de la ruta y también por ella, podían verse ñandúes, zorros colorados, guanacos..., una fauna extravagante y casi irreal.
La mano del hombre poco tenía que ver con todo eso y casi no había señales de su intervención, hasta que apareció una tranquera roja con un cartel que daba la bienvenida a la estancia Santa María. Una "bienvenida" que no sonaba a tanto, ya que estaba flanqueada por dos terrenos cercados que advertían con carteles grandes y colorados que eran campos minados. "Quedaron de 1978 y aún no han podido desarmarlos", explicó, quizás como anticipando, uno de los cabos que vigilaba la entrada de la estancia... Una estancia que tampoco era tal, sino un campo de entrenamiento de la Unidad de Caballería Blindada del Ejército de Chile. Y allí estaba ocurriendo algo inimaginable no hace muchos años.
Después de cuarenta minutos en un camión militar, por un camino de polvo, de subidas y bajadas, se llega a un lugar en el que la mirada sólo abarca kilómetros y kilómetros de vegetación seca, de color amarillo, de pastos altos y duros que se agrupan por montones. Un lugar donde no hay árboles, no hay verde. Donde hay vientos de hasta 80 kilómetros por hora, donde el frío puede llegar por debajo del cero grado aun en verano. Allí, cerca de lo que llaman "el fin del mundo", había casi cuarenta personas, entre civiles y reclutas, entre chilenos y argentinos, con cámaras, reflectores, cañas de sonido, handies , megáfonos, pantallas, todo dirigido hacia un pozo donde seis hombres vestidos como militares escuchaban las indicaciones de un civil con sombrero de cowboy . Aquel pozo era una trinchera cavada especialmente, aquellos militares eran actores y el cowboy era el director de cine chileno de Alce Producciones, Alex Bowen, que, en coproducción con Matanza Cine, la productora de Pablo Trapero, estaban rodando "Mi mejor enemigo", un film de trincheras sobre la guerra que nunca ocurrió entre la Argentina y Chile por el conflicto del canal de Beagle, en 1978.
Esta película, protagonizada por los argentinos Jorge Román ("El bonaerense") y Miguel Dedovich ("La película del rey"), se instala en diciembre de 1978, previo a la intervención papal y en un momento en el que el enfrentamiento estaba siempre a punto de estallar. Allí, dos trincheras: seis hombres en cada una. Entre ellas, el desierto de la pampa patagónica, el frío, el aislamiento, el hambre, el antagonismo e, inevitablemente, el sentimiento de solidaridad, de camaradería, casi de amistad.
Una historia complicada, en un momento de nuestra historia también complicado. ¿Cómo animarse a contar algo así? ¿Por qué y cómo hacerlo? "Nos interesó porque nunca se había tratado el tema del 78", explicó Hugo Castro Fau, productor ejecutivo de la película y socio de Trapero en Matanza. "Es verdad que nos embarcamos en una trama con dos dictaduras terribles, pero lo bueno es que el director centra la atención en los personajes y en la trinchera; en doce tipos que están en el medio de la nada y envueltos en un enfrentamiento que, de haber sucedido, hubiera sido una locura. Desde ahí se critica a las dictaduras, pero la película es ficción, no un documental", agregó.
Nuevo tiempo
Y este film, planteado como antibelicista, cuenta para su producción con el apoyo oficial del ejército chileno y el "no oficial" del Ejército Argentino. "Creo que eso habla de una institución que está cambiando (por la chilena) y que quiere mostrar ese cambio. O, por lo menos, que quiere cambiar su imagen", explicó Alex Bowen, el director y guionista del film. Un apoyo que consistió, entre otras cosas, en asesoramiento de vestuario, entrenamiento para los actores, autorización para filmar en campos militares, préstamo de aviones, tanques y vehículos de todo tipo, alojamiento y los conscriptos como meritorios de producción.
El set de filmación, entonces, era una sucesión de escenas casi surrealistas, impensables hace unos años: los conscriptos habían sido divididos por áreas y, por ejemplo, los que estaban a cargo del catering repartían café y chocolate caliente en cada alto del rodaje; cuando las escenas terminaban, se acercaban a los actores con mantas y camperas para abrigarlos; un suboficial supervisaba los traslados del set con la logística militar aplicada a la producción cinematográfica (que, en un punto, no deben de ser muy diferentes); otro hacía de chofer y todos compartían sus comidas en el casino de oficiales. Todo era muy extraño. "Al principio era para todos extraño y manteníamos nuestras distancias por la historia en todo sentido: por los militares y porque, a los argentinos, los chilenos no nos quieren. Es que está todo ese mito (que tiene elementos de realidad) de que los argentinos llegamos a Chile y nos llevamos todas las minas . Pero después se empieza a conocer a las personas, encontramos la diferencia entre el militar y la institución militar", explicó uno de los actores argentinos, Diego Quiroz, que junto con Emiliano Ramos, Martín Lavini y Ezequiel Abeijon encarna a los jóvenes colimbas de aquellas trincheras. Pero, para encarnarlos, estos chicos pasaron una semana en Campo de Mayo recibiendo la instrucción que "un colimba recibe en un año", según dicen. Allí aprendieron a manejar fusiles, los códigos gestuales y corporales y una lista de cosas a las que nunca pensaron que les iban a dar importancia. Hasta que llegaron y convivieron con militares y conscriptos en el medio de la Patagonia: "Esto nos ayudó a reconciliarnos un poco con esa parte de la historia, con los colimbas ", dijo Lavini.
Pero ese entrenamiento en Campo de Mayo, oficialmente, "nunca ocurrió". "Hubo una parte del Ejército que accedió a ayudarnos y otra que no. Gracias a la que ayudó, los actores tuvieron su entrenamiento y pude tener acceso a los pertrechos de aquella época. La vestuarista estaba desesperada porque no teníamos ningún modelo para seguir. Después, cuando fui a pedir la autorización para ver por derecha todo eso, me decían que no tenían nada. Y yo no podía abrir la boca", contó el jefe de producción, Nicolás Martínez Zemborain.
Cómo nació la idea
Alex Bowen viajaba de Punta Arenas a Río Gallegos y, al pasar por la estancia Santa Isabel, vio los campos minados que hay en la entrada. Le preguntó a su acompañante al respecto, oriundo de la zona, y le contó que habían quedado del 78 pero nadie sabía nada más. "No hay casi conocimiento en Chile sobre el 78. Es una "situación de guerra" escondida", explicó Bowen. Mientras dejaba atrás los campos, comenzaba a crear esta historia. Ocho meses después, en julio de 2001, puso un aviso en el diario para convocar a gente que hubiera estado en el conflicto. De los cientos que respondieron eligió a cincuenta y de ellos extrajo las historias con las que fue construyendo un primer guión. Durante los tres años que siguieron, Bowen lo presentó en diferentes concursos, como el del Fondo Nacional de Desarrollo de las Artes y la Cultura (Fondart), y ganó. El tema llegó a la prensa y Bowen dijo que haría el film con el apoyo del ejército chileno o sin él. Al poco tiempo se comunicaron con él y les entregó el libro con la aclaración de que no pensaba cambiar nada: "Según el código militar, confraternizar con el enemigo es motivo de fusilamiento. A los personajes de este largo seguramente los hubieran fusilado en la vida real". El ejército le brindó su apoyo con la condición de que sacara una escena en la que se insultaba a uno de los personajes. Y dos años después llegó Matanza. "La coproducción argentina era fundamental porque ya estaba planteada desde el guión ", contó el director a punto de terminar el rodaje de éste, su segundo film. El primero, paradójicamente, se llamó "Campo minado" (1998), pero "nada tenía que ver con éste, y no le fue bien. Esperemos que ésta sea otra historia".



