
La otra cara de Matt Dillon
El actor que surgió en los años 80 como una gran promesa y llevó adelante una carrera con altibajos antes de alcanzar un tardío y amplio reconocimiento con Vidas cruzadas, ahora se anima de nuevo a la comedia
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"No hay nada que me cueste más que hacer una comedia." Alcanza con ver y sobre todo escuchar por apenas unos minutos a Matt Dillon para entender por qué lo dice. Nos hemos acostumbrado en varias de sus más conocidas apariciones en el cine a verlo en personajes de gesto duro, hosco, muchas veces atormentado, a los que suele apoyar desde su voz de registro grave, que sin necesidad de elevar el volumen puede adquirir de improviso un tono casi amenazante.
A nadie sorprende que Dillon, ya cuarentón, prosiga su carrera con papeles que están casi en línea directa con aque-llos jóvenes atribulados y problemáticos que le tocó interpretar en sus comienzos. Pero menos sorprende aún que este actor nacido hace 42 años en Rochester (Nueva York) y que mantiene vivo su romance con la Gran Manzana (vive en un departamento del Upper West Side de Manhattan y es fanático del equipo de béisbol de los Mets) también se anime a aparecer en títulos más ligeros.
El más reciente de ellos es Tres son multitud (You, Me and Dupree), cuyo estreno anuncia UIP para mañana. En esta comedia de Anthony y Joe Russo (de quienes conocimos hace unos años Bienvenidos a Collinwood, remake del clásico de Mario Monicelli Los desconocidos de siempre), Dillon es Carl Peterson, un joven y prometedor arquitecto que acaba de casarse con Molly (Kate Hudson), hija del poderoso dueño (Michael Douglas) de la empresa constructora en la que trabaja. Los primeros tiempos de un matrimonio que a priori parece idílico, con boda en Hawai incluida, se complican hasta lo indecible por la aparición de Dupree (Owen Wilson), un tarambana sin remedio, amigo de la infancia de Carl y padrino de su casamiento, que al quedarse sin trabajo y sin techo se instala en la casa de la pareja para hacerle la vida imposible.
En Tres son multitud, Dillon parece mostrar su otra cara. Aquella que lo identifica, por ejemplo, con su festiva aparición en Loco por Mary, de los hermanos Farrelly, y que se acerca también a lo que entregó en títulos más complejos, como Todo por un sueño, de Gus van Sant, y Canciones del corazón, de Allison Anders.
Dillon dijo una vez que nunca se preocupó por lograr por sobre todo que un personaje suyo en el cine agradara al público. “Me interesa más mostrar que ese personaje es creíble”, señaló, como si sintetizara en esa frase todas las elecciones de una carrera extensa (más de 40 films) y que más allá de sus visibles altibajos caracteriza hoy a un actor de convicciones fuertes y de amplio rango interpretativo.
Desde que asomó con luz propia, potencia y perspectivas enormes comprometido casi simultáneamente en las dos adaptaciones que Francis Ford Coppola hizo en 1983 de sendas historias juveniles de S. E. Hinton (Los marginados y, sobre todo, la notable La ley de la calle), Dillon parecía liderar el avance incontenible hacia los primeros planos de una generación entera de nuevos actores, decididos a mostrar que eran mucho más de lo que hacían pensar sus carilindos rostros de galanes juveniles.
Dillon integró una “generación perdida” –al decir del crítico estrella de The New York Times A. O. Scott– que se encontró casi en los umbrales de los 40 años con que la adolescencia había terminado y se imponía asumir papeles más adultos. No es que faltaran complejidad y perfiles arduos en los personajes que le tocó interpretar (basta con ver a Dillon en Drugstore Cowboy y Mi mundo privado, exigentes trabajos a las órdenes de Gus van Sant), pero, como también señala Scott, algunos de sus contemporáneos, como Keanu Reeves, Sean Penn y Tom Cruise, tuvieron una presencia más intensa y continuada en los primeros planos.
Para el crítico norteamericano, Dillon es uno de los más ingeniosos y emprendedores intérpretes del cine de su país, alguien que hasta en el personaje más pequeño se muestra capaz de sacar conocimientos y enseñanzas de sus fracasos. Y si bien más de una vez su camino cinematográfico parece haber desilusionado a quienes más confiaban en él (con oscilaciones que iban de Todo por un sueño a Criaturas salvajes), en los últimos tiempos la carrera de Dillon parece haber encontrado el rumbo que más satisfecho dejaba al propio actor, sobre todo desde que una pequeña película independiente como Vidas cruzadas saltó a la más encumbrada consideración de Hollywood, Oscar mediante.
“No sé si es mi mejor actuación”, dijo hace poco a la revista Entertainment Weekly a propósito del policía acomplejado, de moral confusa y ribetes racistas que encarnó en ese film y que le valió su primera nominación a los premios dorados de la Academia como actor secundario. Llegó en cambio a afirmar allí que se sintió más cerca de la posibilidad de esa candidatura cuando encarnó a un vagabundo de tendencias esquizofrénicas en Una vida cada día (1993), junto a Danny Glover.
Mientras sueña con actuar junto a Viggo Mortensen y Kate Winslet (“a ella no la conozco, pero la admiro desde que la vi en Criaturas celestiales”) y ser dirigido alguna vez por Jim Jarmusch y Werner Herzog, Dillon acaba de sumar nuevos elogios con otro papel tan complejo y arduo como el de Vidas cruzadas. En Factotum, del noruego Bent Hamer, interpreta a Hank Chinaski, una suerte de álter ego de Charles Bukowski, una de cuyas novelas se recrea en este film todavía inédito en nuestro país.
Aquí, el actor se entrega a los excesos del autor-personaje (juego compulsivo, drogas, mujeres) en una rara paradoja entre la pantalla y la realidad, porque hoy parece decidido a abandonar para siempre aquellos tiempos juveniles en los que abundaban las fiestas y la agitación. “Estoy totalmente abierto, pero con los pies en la tierra”, dice Dillon, que parece haber encontrado por fin un lugar en el mundo con sus múltiples caras.



