
La película del hachero
"La libertad" se exhibió con buena repercusión en el último festival de Cannes
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El silencio salvaje del monte pampeano los acercó. Una mañana, el joven hachero desmaderaba un campo a 180 kilómetros de Santa Rosa, aislado de todo, como lo hace desde los 10 años. Se detuvo a observarlo un porteño estudiante de cine que había llegado a La Pampa para probarse en las tareas rurales en el casco de la estancia de su padre.
Curiosamente, la fragmentación del tiempo en las ocupaciones diarias, la repetición de las tareas y los monólogos internos que a veces acompañan ciertas soledades le daban cierta correspondencia a las rutinas de Misael Saavedra en el monte con las diversas actividades de Lisandro Alonso en Buenos Aires. Así fue como estos dos solitarios "con dificultades para comunicarse" se propusieron un proyecto tan simple como riesgoso: hacer una película sobre el transcurrir de un día en la vida de un joven hachero que frente a la cámara no actúa, sólo se ocupa de hacer lo de siempre: caminar por el monte, hacerse la comida (a veces cocinarse una mulita), elegir los árboles que va a cortar y hablar apenas para negociar el mejor precio para los troncos. No más.
Con un presupuesto que arrancó con 30 mil pesos prestados por Alonso padre, una cámara alquilada de 35 milímetros, un grupo de amigos y dos semanas de rodaje, "La libertad" se hizo película. El resultado fue una de las perlas más raras del cine nacional. Tan extraña desde su simpleza que los espectadores que asistieron a su única proyección, en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, encontraban las mismas razones para decir por qué les había gustado o por qué no.
Ese fue el primer paso antes de llegar al Festival de Cannes, donde la película del hachero se exhibió en la sección Un Certain Regard con buenas críticas en los medios franceses. Un puntapié inicial que, para poder batallar con un estreno en su propia tierra, necesitó igualmente del padrinazgo de los jóvenes realizadores Pablo Trapero y Martín Rejtman y el productor Hernán Musaluppi. Finalmente, "La libertad" se estrenará comercialmente este jueves.
Directores arriesgados
Con largos planos secuencia, Lisandro Alonso lleva esta película de 73 minutos de duración con una mirada casi minimalista, sin artilugios. Se niega a montar imágenes bonitas con los colores sentimentales de la soledad o el sudor del esfuerzo, y a contar hechos extraordinarios. Si pelar la corteza de un árbol lleva tres minutos y medio, el espectador observará con qué "maestría" Misael lo hace. Pero "La libertad" no se propone ser un documental, a pesar de toda la información que ofrece del trabajo del hachero en su medio. Aunque tampoco se presenta como una completa ficción. Y casi no tiene diálogos. Una sola vez Misael Saavedra mirará a cámara.
En la breve "biofilmografía" de Lisandro Alonso se cuenta que este hijo de pampeanos nació en 1975, que estudió en la Universidad del Cine, que codirigió un cortometraje y que hace unos años asistió a Nicolás Sarquís haciendo las copias de las películas que se exhibirían en la sección Contracampo del Festival de Mar del Plata. Flaco y alto, pelilargo, modesto y de andar despreocupado, Lisandro admite que ha perdido "cierta inocencia al entrar en el mundo del cine. Es muy complicado todo esto. Preferiría no hablar de números", dice a La Nación .
-¿Cómo influyó el acceso a ese "otro cine" de Contracampo?
-Vi de todo. Lejos de toda comparación con Abbas Kiarostami, de "El sabor de la cereza" (que tiene mucha más información que mi película), me llamó la atención cómo el tipo consigue armar toda una historia con un personaje. Pero lo que más me dio esa sección fue aprender de directores arriesgados, que hacían su propia exploración. De mis influencias en general... yo qué sé, el neorrealismo italiano, algunas cosas de la nouvelle vague, Werner Herzog, Akira Kurosawa. De los modernos, me gusta el taiwanés Tsai Ming-liang, y los Coen me divierten mucho. Pero no tengo una influencia marcada.
-"La libertad" es un homenaje al riesgo. ¿Qué te impulsó a correrlo?
-Fueron noches de charlar con mis amigos. "Yo quiero hacer la película del hachero -decía-, ¿está mal?" Porque suponía cuál sería la respuesta de un potencial productor: "¿Que querés plata para hacer una película argentina, con un hachero de protagonista, en donde casi no se habla? ¿Me estás cargando?" Entonces mi viejo me prestó la plata inicial. Al final creo que costará unos 400 mil pesos. No sé, me parecía que no estaba mal salir de la ciudad, dejar de hacer historias de chicos que se drogan, algo que ya me aburre particularmente. Tampoco quería hacerla con un hachero de 50 años porque quería sentirme cercano. Y en el cine argentino no veo que se muestre el interior del país, y en los medios, sólo se lo muestra cuando hay incidentes.
-¿Por qué te interesó tanto el tema de la rutina en el campo?
-Porque cuando uno está cumpliendo una rutina de trabajo se siente muy solo, en el campo o en la ciudad. Pasé mucho tiempo con Misael y me sentí reflejado en su rutina, en cómo pasa el día. Todo lo tiene cronometrado.
-¿Con qué idea manejaste esta narración que excede el documental?
-Documentales he visto muy pocos en mi vida. Y nunca pensé si estaba haciendo un documental o una ficción. Sí estoy seguro de que éste no es un documental sobre Misael. Me gustaría que los espectadores no vean sólo la parte informativa, que imaginen un poco y puedan pensar en su propia vida.
-¿Por eso la película es una larga observación y no hace alegatos sobre la vida de Misael?
-Sí, a mí me interesa observar y, acertadamente o no, crear mi propio juicio acerca de cómo es la persona que elijo seguir, pero no quise volcarla en la película. No me interesaba mostrarlo ni triste ni alegre, por ejemplo. No quise hacer alegatos sobre su vida primitiva. Personalmente, creo que hay muy pocos tipos que pueden vivir como él, que tiene su propia forma de ver el mundo. Me parece que tanta información en la ciudad no nos agrega nada. El no se siente observado por nadie ni necesita estar evaluándose todo el tiempo. Nadie lo doblega ni se come ningún vicio. Si cada uno tuviera un 25 por ciento de Misael sería más seguro de sí mismo.
-La película se destaca por su simpleza y por su prolijidad...
-No quise filmarla con artilugios de película de ciudad, con un ritmo televisivo o con guiños para que se puedan hacer otras lecturas. Sólo quise reflejar el lugar donde él vive con una estética prolija. Ya estoy harto de las películas de jóvenes con una estética desprolija, con grano, movidas, y no por una cuestión económica. Por eso filmé en 35 milímetros, y no siempre con cámara en mano.
-¿Cómo entró en Cannes?
-Había llevado un VHS al Instituto de Cine porque sabía que vendrían delegados de los festivales de Berlín y de Cannes. El de Berlín vio media hora y se llevó el video; me dijeron después que le había gustado mucho, pero finalmente la película no entró. Luego el Incaa se la ofreció al de Cannes, quien en una charla me dijo que para él, el cine era hacer cosas como ésta. La película entró pero tuve que hacerle una modificación mínima. Al final, había un plano en el que Misael miraba a cámara y se reía a carcajadas durante un minuto. Me dijeron que trate de sacarlo porque le sacaba el misterio de saber si el tipo está actuando o no. Y no dudé.
-¿Qué buscaste en tus padrinos?
-Rejtman no está trabajando más en la película porque no me gustaba su forma de apadrinarla. Ellos se sumaron cuando la película ya había sido seleccionada para Cannes. Yo sabía que al volver tendría que encarar un estreno acá y no tenía ni idea de cómo hacerlo. Ahora, con que vayan cinco mil personas a verla soy feliz.


