
La sangre derramada y la memoria
El último film de Olivier Hirschbiegel -director de La caída - toca el difícil tema de la violencia y la reconciliación
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Para el cineasta alemán Olivier Hirschbiegel, nada resulta fácil desde La caída . Haber puesto el dedo en la llaga al recrear los últimos días de Adolf Hitler fuera de toda visión convencional demostró un talento infrecuente. Sin embargo, su posterior traspié, en 2007, con La invasión (segunda remake del clásico del género de ciencia ficción Los usurpadores de cuerpos , de Don Siegel), habría de poner en peligro su futuro como director nómade.
A pesar de todo, en 2008 encontró un tema fuerte. Por segunda vez fuera de su país, le pareció oportuno reflexionar a propósito de los crímenes que se cometen por juventud, inconsciencia y exceso hormonal, con excusas políticas, religiosas o ambas, en los que los victimarios terminan con el tiempo siendo igualmente víctimas. Cinco minutos de gloria , protagonizada por Liam Neeson y James Nesbitt, que Distribution Company estrenará mañana, es una historia dura, comprometida con la vida y, como su mismo director ha confesado, con el cine como lenguaje para contar historias. Inspirada en una historia real, compitió en el Festival de Sundance, donde ganó los premios a mejor director y guión -de Guy Hibbert- y después participó en San Sebastián, donde fue proyectada en la sección Perlas de Zabaltegi.
Esta vez, el cineasta nacido en Hamburgo en 1957 se muda a Lurgan, en Irlanda del Norte, al promediar la década del 70, en medio de los sangrientos enfrentamientos entre los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes del Ulster. Alistair tiene 16 años y es líder de una célula, del UVF (Fuerza de Voluntarios del Ulster), que desea, arma en mano, tener su bautismo de fuego, es decir, ejecutar a un enemigo. Los cuatro jóvenes se disponen así, tras un breve intercambio de ideas a propósito de la decisión tomada, a liquidar a un joven católico para advertir al fracturado y hoy desaparecido IRA de que estaban decididos a todo. Cuando la ejecución se cumple, hay un solo testigo de lo ocurrido, Joe, el hermano de la víctima, de tan sólo once años. Tres décadas más tarde, aquel adolescente protestante y aquel niño católico son convocados por productores de televisión para reconciliarse delante de cámaras en un especial. Alistair -que terminó la condena por aquellos hechos y es un profesional respetado, no obstante acosado por el crimen que cometió, una carga que no sabe cómo quitarse de encima- y aquel niño -ahora un adulto acomplejado- que había sobrevivido al ataque se encuentran. Sin que nadie lo imagine, el más joven no llega al lugar para conversar y cerrar las heridas con un final feliz, sino simplemente para asesinar al ejecutor de su hermano. Algo ocurre y el encuentro se produce, pero ya no habrá cámaras, sino solamente ellos, de cara al pasado, al presente y al futuro.
Aseguró el director: "Lo que más me fascinó fue el hecho de que esa historia no sólo habla de la violencia, algo que se ve habitualmente en las películas, sino del legado de esa violencia, lo que pasa después, qué le hace a la gente, a las víctimas, a los familiares de las víctimas. Y esas víctimas no son únicamente los muertos, sino también los propios asesinos".
El cineasta, que en su paso por San Sebastián anunció que está preparando una historia sobre la mafia en Córcega, al mismo tiempo que busca financiación para rodar un film sobre los niños soldados en Africa, dijo: "Si uno está dispuesto a parar esta violencia o cualquier tipo de violencia, es fundamental que la gente se detenga por un instante para escuchar e intentar entender al otro. La única manera de controlar el odio que se lleva dentro de uno es tratar de meterse en la cabeza del otro. Es difícil y delicado, porque estamos hablando de muchos miles de muertos, de tragedias que pasan de una generación a la siguiente por décadas, a veces por siglos".
"No creo en la idea de reconciliación", aseguró. Y agregó: "Nunca perdonaría a un hipotético asesino de mi hija, nunca. Eso sí, tampoco lo mataría, primero porque no ganaría nada haciéndolo y segundo porque el respeto a las vidas de los demás es uno de los pilares que sostienen la convivencia entre las personas en nuestras sociedades", concluyó.
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