
Rams: la historia de dos hermanos y ocho ovejas o la soledad del granjero islandés

Rams: la historia de dos hermanos y ocho ovejas (Hrútar, 2015, hablada en islandés) / Dirección: Grímur Hákonarson / Guión: Grímur Hákonarson / Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen / Edición: Kristján Loðmfjörð / Música: Atli Örvarsson / Intérpretes: Sigurður Sigurjónsson, Theodór Júlíusson, Charlotte Bøving, Jón Benónýsson, Gunnar Jónsson, Þorleifur Einarsson, Sveinn Ólafur Gunnarsson / Distribuidora: LAT-E / Duración: 93 minutos / Nuestra opinión: buena
Rams: la historia de dos hermanos y ocho ovejas, tiene a uno de los más asombrosos directores de fotografía del cine actual, el noruego Sturla Brandth Grøvlen, responsable, desde la cámara, del plano secuencia –o sea del único plano– de la potente y vibrante Victoria de Sebastian Schipper. Rams, más quieta, comienza con un plano del paisaje, un paraje solitario y rural de Islandia. La dureza de las condiciones, la soledad y la topografía se definen con eficacia en la imagen. Y también con belleza rústica, árida, bañada por una luz fría, apagada, incluso en la temporada post invernal.
Los encuadres narran con una facilidad y una prestancia que la progresión dramática de la película encuentra de forma esporádica. Dos hermanos solitarios, barbudos, enfrentados pertinaz, obcecadamente -como si fueran los carneros del título- se dedican a la cría de ovejas, unos bellos ejemplares que hacen competir en certámenes. Luego de una de esas competencias, aparece una enfermedad ovina neurodegenerativa y contagiosa -scrapie o tembladera, pariente del mal de "la vaca loca"- y llega la orden pública de sacrificar los animales, base de la economía de la zona. La línea de contexto, de los otros granjeros y de las políticas públicas que intentan paliar la situación a la vez que sugieren a los granjeros cambiar de actividad, asoma con timidez y no se impone.
Rams resalta la soledad de una tarea actual pero que parece de otro tiempo: de ahí, quizás, el almanaque de 1978 de Gummi en una puerta de su casa, como si manejara un tiempo distinto, atrasado. Y sobre todo dispone como eje de la narración la relación entre los hermanos Gummi y Kiddi, que se cuenta con módicas dosis de humor absurdo, hierático y tragicómico, como del cine de Aki Kaurismäki, pero con menos vuelo y menos ternura, que aparece ocasionalmente en la relación de los protagonistas con sus animales. El ritmo de Rams apuesta a la parsimonia en los diálogos, a esa demora sensible en la pausa, ese tiempo para observar los movimientos y cada situación, para admirar los encuadres, para absorber esa elegancia caligráfica que muchas veces se considera un gran valor cinematográfico y consigue premios. Sin embargo, todas esas características no logran disimular del todo que la relación entre los hermanos se resuelve con uno de esos finales que pueden definirse como impactantes, o también como una conclusión rimbombante para escapar de una narrativa a esas alturas difícil de resolver.







