
Largo viaje de un día hacia la noche
En su segundo largometraje, Pablo Fendrik insiste en los tiempos acotados, esta vez con más tensión y violencia
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La sangre brota (Argentina-Francia-Alemania/2008). Guión y dirección: Pablo Fendrik. Fotografía: Julián Azpeteguía. Montaje: Leandro Aste. Con Arturo Goetz, Nahuel Pérez Biscayart, Guillermo Arengo. Presentada por Magma. 95 min. Para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: excelente
Primero el uno, después el dos, y así sucesivamente. Así debería ser y así es. Pablo Fendrik comenzó con el uno - El asaltante- y sigue con el dos - La sangre brota -, con más intensidad y dominio del lenguaje cinematográfico. Es un mérito poco más que infrecuente en el cine argentino; incluso entre los que consiguen innovar en lo nuevo lo suyo parece excepcional. Si en la primera Fendrik se circunscribió a un personaje y a las pocas horas que van del amanecer al mediodía, en la segunda, padre e hijo, atrapados en su necesidad de supervivencia sin afecto alguno y en el tiempo que separa la mañana de la noche de un mismo día, crecen en presión hasta el estallido.
En los dos relatos, la acción comienza sin demasiadas pistas. La cámara se acerca a sus rostros intentando encontrar en el mapa de sus rasgos, en sus miradas, en sus gestos mínimos o en el movimiento de sus cuerpos, alguna pista. Arturo, el padre, es un sesentón muy puntilloso, de buen pasar antes de la crisis, experto jugador de bridge como su esposa y ganador en esas lides. Sobrevive a fuerza de enseñar cómo ser un as en cualquier paño verde, y también como taxista. Su aparente tranquilidad mete miedo. La ciudad también.
Leandro, su hijo menor, es un junkie a la caza de algunos pesos que le permitan llevar sus pastillas de éxtasis a Punta del Este para luego viajar a los Estados Unidos, adonde algunos años atrás huyó de una familia disfuncional su hermano mayor. Una noticia que queda grabada en el contestador tiene que ver con el ausente: necesita que le envíen dinero para volver. El atesorado por sus padres en el cajón de una cómoda podría redimir viejas culpas, pero la madre no quiere cederlo. Así, padre e hijo vivirán un par de historias en extremo tensas ese mismo día, uno por conseguir esos dólares salvadores; el más joven, también en fuga, víctima de su propio caos. Cada uno de ellos cargará, a su manera, su pasado en la mochila y disputas ajenas al hombro antes del duelo final, al anochecer.
Fendrik, que había tirado toda la carne al asador con su primera película, se las ingenia para conseguir más provisiones y redoblar la apuesta. A la sólida figura de Arturo Goetz suma la de Nahuel Pérez Biscayart, con su personaje metido en la piel, incluso en los momentos de tensión extrema en los últimos tramos de un guión que (como el de El asaltante ) sólo permite tomar un par de bocanadas de aire.
No hay un fotograma de más ni uno de menos. La tensión llega a la coordenada más alta en los primeros fotogramas, alertando al espectador de que ése sólo es el comienzo de una historia en la que tendrá que comprometerse, que deberá completar, siempre y cuando esté dispuesto a hacerlo para no quedarse nada más que con sus audacias sexuales y en la violencia en primerísimo plano. Esos primeros fotogramas advierten que habrá sexo, violencia y una singular mirada al Buenos Aires donde abundan situaciones que parecen sacadas de Taxi Driver , de Scorsese.
Fendrik conoce el lenguaje del cine como la palma de su mano y lo viene usando con precisión para contar historias sin ser obvio ni complaciente. Créase o no, pudo romper con la maldición de la ópera prima de alta calificación, padecida por cineastas de todos los tiempos. Es argentino y está lejos de la gran industria, pero tiene una vitalidad que puede sobresalir entre las propuestas que suelen ponerse en las vidrieras de los mejores festivales. Por si su nombre todavía no es demasiado popular, vale la pena recordarlo una vez más: se llama Pablo Fendrik y, por lo visto, habrá que seguir sus pasos con atención.






