Las desventuras de un guionista de TV
"Samy y yo" (Idem, Argentina/2001) Dirección: Eduardo Milewicz. Con Ricardo Darín, Angie Cepeda, Alejandra Flechner, Cristina Banegas, Henny Trayles, Carolina Peleritti, Alejandra Darín, Roberto Pettinato, Rita Cortese. Guión: Eduardo Milewicz. Fotografía: Marcelo Camorino. Música: Carlos Villavicencio. Edición: Sergio Zottola. Presentada por Líder Films. Columbia. Duración: 88 minutos.
Nuestra opinión: buena.
No será por falta de consejeros (más bien de consejeras, el tipo está rodeado de mujeres), pero el verdadero problema de Samy es que no sabe muy bien qué hacer con su vida. El mismo lo reconoce aun después de conocer -y enamorarse- a Mary, la graciosa colombiana que se cruzó en su camino y le cambió, por lo menos momentáneamente, el rumbo.
Hasta entonces, Samy era guionista de TV aunque soñaba con dedicarse en serio a la literatura, andaba pasando por una sequía de inspiración y lo único que recibía de su entorno -profesional y doméstico- eran reproches y reclamos. Mary apareció como la voz discordante, confió en él, le hizo creer en sus posibilidades y lo ayudó, si no a hacer un éxito de su vida, a convertirla en un éxito de la TV. Un éxito, claro, ficticio. Porque a Samy, en el fondo, no le va bien ni siquiera cuando parece que le va bien.
Algunas cosas irán cambiando en el camino entre las frustraciones del principio y la imprevista derivación que la historia sufre sobre el final. De esas variaciones se nutre el material anecdótico de este relato con el que Eduardo Milewicz confirma el oficio seguro que ya había evidenciado en "La vida según Muriel" y muestra además su desenvoltura para administrar el ritmo y los cambios de tono de una comedia. De esas variaciones y de la observación crítica del comportamiento de los personajes que rodean al protagonista: la madre, infatigable idische mame; la hermana, siempre con una queja a flor de labios; la novia oficial, mujer de carácter y pretendido vuelo intelectual; las amigas, verdaderas campeonas del esnobismo; la gente del canal de TV, siempre al borde del ataque de nervios.
Altibajos
Esa ronda de figuras secundarias que ilustran críticamente diversos modos de comportamiento acarrea, precisamente, uno de los obstáculos con los que tropieza "Samy y yo". Tales personajes pierden convicción y espesor en la medida en que se subrayan sus rasgos arquetípicos: no se los percibe como seres palpitantes y creíbles, sino como símbolos de ciertos roles, de la madre castradora a la frívola con aspiración de intelectual. El otro obstáculo, seguramente el principal, viene de la propia estructura de la historia, de la falta de articulación de los elementos dramáticos en una unidad con propósito definido. El film aparece más bien como una sucesión de escenas aisladas -muchas de ellas divertidas, algunas logradas, otras no tanto-, pero sin un hilo conductor. Da la impresión de que la película hace suyos los titubeos de su protagonista y tampoco sabe muy bien hacia dónde ir.
El ritmo sostenido, la abundancia de chistes y el buen desempeño de los intérpretes ayudan a disimular en parte los altibajos de este relato en el que se hace visible la influencia de Woody Allen y que de todos modos se sigue con simpatía. Buena parte de ese mérito lo aporta la pareja central: Darín, con su conocida aptitud para mostrar la mayor naturalidad aunque el personaje le haya exigido demorada elaboración, y Angie Cepeda, porque ilumina a su movediza y graciosa Mary con la chispa de su encanto personal.





