Las mil caras de Jack Nicholson

El actor habló con LA NACION sobre su último film, Antes de partir , que protagoniza junto a Morgan Freeman, y dejó entrever algo de lo que se esconde detrás de sus anteojos oscuros
Natalia Trzenko
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27 de enero de 2008  

LOS ANGELES.– Fuma aunque esté prohibido. Pero si hay alguien en esta ciudad para el que pocas cosas están vedadas es este señor. Que fuma aunque esté rodeado de fundamentalistas antitabaco, que come fruta con las manos y al que no le importa que le chorren los dedos porque así es como el mundo imagina que come Jack Nicholson y quién mejor para demostrarlo que el mismísimo Jack. Ese que a los setenta años sigue haciendo películas aunque muchos piensen que su mejor creación sea ese señor de anteojos oscuros permanentes, sonrisa diabólica y cejas de geometría imposible, que suele darse una vuelta por los Oscar y que cada tanto se lleva una estatuilla para su casa.

Y aquí está ahora, sentado a la mesa de una enorme suite del hotel Beverly Hilton, dispuesto a charlar –gracias a una invitación de Warner Bros.– con LA NACION sobre Antes de partir, la película que la distribuidora estrenará el próximo 7 de febrero en la Argentina. Allí interpreta a Edward Cole, un poderoso empresario de la salud que un día se encuentra con que salud es precisamente lo que le falta. Con una cercana sentencia de muerte, el hombre reevalúa su vida y las decisiones que tomó elaborando una lista de “cosas que hacer antes de morir”. Y las hace. Una idea que se le ocurre a su compañero de cuarto de hospital, interpretado por Morgan Freeman.

La puerta de la habitación se abre, se escuchan unas sonoras risotadas que salen de la carrasposa garganta de un Nicholson de excelente humor que muestra su cara al natural. Es decir, sin los famosos anteojos oscuros con los que suele cubrir sus ojos cada vez que se presenta en público. Y tampoco porta esa expresión que tiene la capacidad de partir en dos a quien se le ponga enfrente, indefenso ante la combinación de un comentario sarcástico y esas cejas puestas a trabajar como afiladísimo látigo.

Pero después de una noche en la que una pelea de boxeo televisada lo mantuvo despierto hasta las cuatro de la mañana, la versión de Jack Nicholson dispuesta para la entrevista es la más calma, la reflexiva, la melancólica. Un alivio después de haber sido testigo, en la conferencia de prensa que brindó unas horas atrás, de su costado más cercano al Jack Torrance que interpretó en El resplandor. Para muestra basta un botón.

“¿Qué papel interpretará ahora, después de haber hecho de un viejo moribundo para esta película?”, se atrevió a preguntar un intrépido periodista británico. “Voy a hacer de un asesino serial que mata a los reporteros que hacen preguntas estúpidas”, fue la respuesta de Jack, el destripador.

Ahora, más tranquilo, parece dispuesto a las preguntas. Es más, con la mirada puesta en el grabador, esboza una sonrisa y da la señal de largada: “¿Estás lista? Yo estoy siempre listo”. Aquí vamos entonces.

–El director de Antes de partir, Rob Reiner, dijo que le preocupaba que usted tuviera resquemores por filmar en un hospital porque justo antes del rodaje había estado un tiempo internado (ver aparte).

–Antes de empezar la película tenía miedo de no tener la energía para hacerla porque nunca antes había estado en cama por dos meses, ni tomado tantos antibióticos, pero no me preocupó tener que volver al hospital para filmarla. Fui muchas veces al hospital para visitar amigos, familia, hasta trabajé en un hospital.

–¿De qué trabajó allí?

–Daba clases de actuación, o más bien era asistente del profesor. Enseñábamos a esquizofrénicos en el hospital de veteranos de guerra.

–¿Eso fue antes o después de Atrapado sin salida?

–Antes.

–¿Y utilizó esa experiencia para aquella interpretación?

–Todo es utilizable, todo. Eso es lo fantástico de esta profesión. La vida es parte de mi trabajo.

Después de esbozar una sonrisa marca Nicholson –no hay otra forma de describirla–, la siguiente pregunta lo deja mudo. Se le pregunta si podría ser amigo de un hombre como Edward, su personaje en la película, y no dice nada. Y después dice todo, explicando que “la verdad no había pensado en eso así que iré contestando a medida que lo pienso”.

La aclaración resultará de mucha ayuda cuando el hombre comience a responder. Es que gracias a ella uno sabe que acaba de internarse en el complicado laberinto que es línea de pensamiento del actor. Empieza hablando de Edward, de los amigos que tiene y que se le parecen, pero luego todo cambia y de repente está hablando de cómo a uno de ellos – al que elige no nombrar– se desespera porque cree que debería decirse que “la cuestión de la guerra de Irak no es tan importante como el problema del tránsito, que mata muchísima más gente. Para mí, el tránsito es un gran problema. No vale la pena discutir el ahorro de un cuatro por ciento de la energía cuando consumimos hasta un 60 por ciento de la nafta en los semáforos y señales de tránsito. Tenemos a los mejores científicos a nuestra disposición y no los consultamos para solucionar esos problemas. Nadie en este gobierno piensa creativamente. Los Kennedy lo hacían porque eran ricos, pero inteligentes. Los ricos pero tontos contratan a sus amigos”, dice, y aunque no los nombre directamente está claro que hace referencia a los Bush.

Y después del monólogo que empezó como una cosa y terminó siendo otra se viene un abrupto frenazo. Es tiempo de otra pregunta.

–Usted dijo que le gustaría volver a hacer algunos de sus viejos papeles, ¿Lo dijo en serio?

– Claro, siempre podés hacerlos de manera distinta. A veces me gusta pensar si lo que aprendí desde el momento en que hice un personaje hasta ahora modificaría mi manera de interpretarlo. Sólo es un juego.

–¿Tiene algún personaje particular en mente?

–Todo está en mi mente. Nada se me escapa nunca.

–Se lo pregunto porque en algún momento se dijo que le gustaría volver a interpretar al Guasón y que estaba algo enojado porque no lo habían convocado para la nueva versión...

–Eso es algo que dije cuando estaba jugando a ser un divo. Pero en realidad no estaba enojado porque, para decirte la verdad, nunca me preocupó que alguien tome un papel que antes hice yo (ver aparte).

Levanta las cejas, sonríe como sólo él sabe hacerlo y es más Jack Nicholson que nunca. El, en cambio, prefiere llamarlo su momento María Callas. La referencia a la diva griega parece ser la puerta de entrada a otro recodo del laberinto.

Jack, el cinéfilo

Nicholson, que este año cumple cincuenta años con el cine, que empezó como el chico del correo en los estudios MGM, que trabajó como guionista al tiempo que se ganaba su lugar frente a la pantalla, un prohombre de Hollywood si es que alguna vez hubo uno, tiene una gran confesión que hacer. “Gran parte de mi educación cinéfila la adquirí con las películas que me traía de Europa de contrabando”, explica. Y recuerda: “Pasé mucho tiempo en Europa, donde (Jean Luc) Godard me tomó bajo su ala. Solía sentarme con los muchachos de Cahiers du Cinéma a discutir ideas sobre películas. Recuerdo que en un festival en Italia fui a un seminario que daban (Pier Paolo) Pasolini y el decano de la escuela de cine de París sobre la sintaxis del cine y donde se discutía cuál es la unidad mínima del lenguaje cinematográfico, si la toma o el contenido de la toma. Me daba un poco de vergüenza estar ahí con el resto de las ocho personas anotadas y cuando me escapé me lo encontré a Bertolucci y así nos hicimos amigos. Fue una época muy estimulante. Y ahora ni siquiera vemos las películas que se hacen en Europa.

–¿Quiere decir que a nadie le interesa verlas en los Estados Unidos?

–Lo que digo es que ya no las distribuyen aquí. Antes veíamos una película genial todas las semanas y fue así durante 18 años. Teníamos a Bergman, a Kurosawa, De Sica, Pasolini y Bertolucci, todas las semanas aparecía un nombre nuevo. Te digo algo, esto es lo mejor de la industria del cine: al formar parte de ella tengo el permiso para ser sentimental y melancólico sobre sus tradiciones. Antes se escuchaba mucho la frase “esa mujer tiene clase”, “ese escritor tiene clase”. Y el termino se aplicaba también a los artistas de cine. Se referían a un rasgo del que desearía tuviéramos más ejemplos hoy en día. Esa gente era exactamente lo que parecía: no había engaños, no se compraban afectos, nunca tomaban el camino más fácil y no hacían lo que yo hago: hablar bien de sí mismos. Extraño ese mundo.

Jack, el argentino

Parece no poder resistirse. Apenas encuentra un hueco en la conversación con LA NACION, Nicholson intenta contar un “chiste de argentinos” que le contó Héctor Babenco, el cineasta nacido en Mar del Plata, que lo dirigió en El amor es un eterno vagabundo. El problema es que no se acuerda bien como iba la cosa, pero está claro que entendió el concepto. “Hay un argentino desesperado por ir a ver un gran concierto de Frank Sinatra, al que adora. Finalmente consigue verlo y al salir alguien le pregunta: qué tal el show de Sinatra y él dice: «¿Frank Sinatra?, no lo conozco». Según Héctor, eso describe a los argentinos, así que espero que cuando te pregunten por mí no hagas como que no me conoces”. Prometido.

El adiós al nuevo Guasón

Por estos días, Jack Nicholson y Morgan Freeman están en Londres promocionando el estreno de Antes de partir y allí fue donde el actor habló sobre la trágica muerte de Heath Ledger, el actor al que le tocó hacer una nueva versión de su célebre villano, el Guasón.

“La muerte de Heath es una tragedia. Yo le advertí sobre tomar Ambien (unas pastillas para dormir que se dice fueron encontradas junto al cadáver del actor de 28 años). La vez que las tomé, alguien me llamó en la mitad de la noche y, cuando me desperté, estaba en mi auto a una cuadra de mi casa. Casi me caigo por un acantilado, no sabía dónde estaba”.

Jack, el enfermo

En la ceremonia de los Oscar del año último, Jack Nicholson apareció con la cabeza rapada y muchos se preguntaron si estaba enfermo. En realidad el nuevo corte de pelo era parte de Antes de partir, pero de hecho, Nicholson sí había estado enfermo. Unos meses antes de comenzar el rodaje tuvo que ser internado, operado y luego fue obligado a guardar reposo por más de dos meses debido a una infección en las glándulas salivales.

Pasado el mal trago, el actor se dedicó a interpretar a Edward Cole, un hombre enfermo que pasa la mayor parte de su tiempo en un cama de hospital.

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