
Leslie Caron, un estilo que perdura
Dicen quienes la frecuentan que conserva esa mirada luminosa que enamoró a Gene Kelly cuando la vio en la compañía de Roland Petit hace más de sesenta años. El inolvidable actor percibió en ella –además de su talento para la danza y de la elegancia de su porte– un raro encanto. No se equivocó. Y aunque al principio Leslie Caron titubeó bastante antes de entregarse a vivir lo que parecía un cuento de hadas en Technicolor –hacía sólo dos años que había debutado en la escena y ya querían llevarla a Hollywood, para bailar música de Gershwin en los brazos de Gene Kelly y con Vincente Minnelli como director–, al fin, accedió. Allí fue, a pesar de los temores que le provocaba la aventura: era apenas una chiquilina francesa que ni siquiera hablaba inglés, a pesar de ser hija de un norteamericano, pero contaría con el trato afectuoso de Minnelli y con la protección de los Renoir (Jean y su esposa), que la trataban como una hija en esa suerte de familia artística que incluía un hijo varón: François Truffaut.
La mirada luminosa, sí. Pero a los 81 años (los cumplió anteayer) también conserva el porte distinguido y el estilo. Así la aplaudieron hace un par de años cuando reapareció en el teatro Châtelet (y cantó y bailó) en A Little Night Music, de Stephen Sondheim. Hace tiempo, después de lucirse en Divorcio a la francesa, de James Ivory, había declarado que no pensaba ya en hacer cine, aunque sí en "volver a subir al escenario", pues el cine "es para la juventud y la belleza".
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Volvamos atrás. Sinfonía de París (An American in Paris), todo un éxito, fue sólo el comienzo. Después vendrían Historia de tres amores, la consagratoria Lilí, Papaíto piernas largas, Gigi, Fanny. Durante los 9 años que duró su compromiso con MGM, donde no siempre le ofrecían papeles que le interesaran, hizo un par de escapadas: la primera para ir de gira con Roland Petit. Otras veces pudo resolver el conflicto entre la bailarina y la actriz logrando que incorporaran al grupo de Petit en sus films La zapatilla de cristal y Papaíto piernas largas. Pero llegó un momento en que debía decidirse por actuar o bailar y le pidió consejo a Renoir. "No sé si eres buena bailarina, pero sí creo que eres una actriz", le dijo, y escribió para ella una pieza que la devolvió a un escenario, en París. "Me hubiera gustado trabajar más en mi patria –suele confesar–; me sorprendía y me apenaba no recibir propuestas. Después comprendí que por mi imagen parecía venir de otro universo, del musical y el baile, muy distante de la seriedad y la intimidad del cine francés."
No obstante, tuvo oportunidad de mostrar que había en ella fibra dramática. Desde mediados de los 60, alternó papeles olvidables con otros que, aunque breves, le exigían compromiso: ¿Arde París?, en Valentino, Una vez en la vida, Juegos peligrosos, Chocolate, entre muchas otras. También filmó en nuestro país –Guerreros y cautivas, de Cozarinsky– y en Polonia, donde Krzysztof Zanussi le confió el inolvidable papel de una cleptómana en Contrato de matrimonio. Y no puede sino destacarse otro título –El hombre que amaba a las mujeres– porque allí Truffaut corporizó en ella a la mujer soñada. Una mezcla –según opina ella– de las mujeres que más amó antes de Fanny Ardant: Madeleine Morgenstern, la madre de sus hijas; Catherine Deneuve, y Jeanne Moreau. Puede suponerse que ese personaje síntesis también tendría una pizca de Leslie Caron.




