
Los contrastes visuales del siglo XXI
Vida y muerte; bodas y guerra; fotos y videos: el ser humano es un espectáculo con sus oropeles y miserias
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Como nunca, Eros y Tánatos, que el doctor Sigmund Freud se preocupó en colocar con gran criterio en lógicas antípodas, hoy comparten amistosamente el escenario mediático mundial, entrelazados con inquietante promiscuidad.
No hay imán más poderoso para los públicos de cualquier latitud que las imágenes que aludan a nacimientos, casamientos y muertes, hitos cruciales por excelencia de la vida: reproducción que garantiza a perpetuidad -al menos hasta tanto un meteorito no nos colisione seriamente- el reemplazo progresivo de los más veteranos especímenes por las nuevas crías.
Resignificadas y metaforizadas, en una cantidad infinita de operaciones -de las que el espectáculo, el arte, la literatura y el periodismo se sirven para recrearlas con generosas licencias-, no existe nada que atraiga más al ser humano, incluso más allá de su voluntad e ideología, que obtener noticias de lo que haga prosperar o trabe este no siempre tan sutil mecanismo vital.
La urgencia y la brutalidad de la presente época acelera, del mismo modo, la comunicación: como nunca, en estos últimos tiempos, comparten protagonismo multimediático escenas de enlaces principescos con fotos y videos horripilantes de víctimas, de uno y otro bando, de la guerra en Irak. Como nunca, también, circulan fotos arrancadas de la privacidad, que se pagan a precio de oro, con tal de mantener bien alimentado el fisgoneo nacional y mundial (Lady Di agonizando; Maradona internado; Juan Castro y su psiquiatra; las fotos de Máxima, que había dentro de la cámara que le robaron; etcétera).
Una vez más, las fronteras entre la realidad y la ficción se confunden primero y se diluyen casi por completo después. Uno y otro tipo de impacto parecen destinados más a entretener y, si es posible, a erizar, en tanto el razonamiento, del todo anestesiado, pasa a un plano más relegado.
Los peores atentados fundamentalistas -contra las Torres Gemelas, en 2001, y en Atocha, en marzo último-, con todo lo feroces que resultaron para sus víctimas y deudos directos, fueron pensados básicamente para repercutir y atemorizar mundialmente, con la espectacularidad de sus pesadillescas imágenes, que los medios no se cansan de regurgitar una y otra vez.
La "limpieza mediática" que el gobierno y los medios norteamericanos, tras el atentado del 11-9, supieron imponer con un férreo cerco visual que limitaron las ulteriores escenas de dolor y entierros, se viene desbarrancando en los últimos tiempos por el lado más inesperado: todo lo que tuvo de virtual la guerra contra Irak de Bush padre, en 1991, se resquebraja, día tras día, en la fallida incursión de Bush hijo, aún en curso. Desde la industria del entretenimiento la percepción de ese cambio de signo negativo también empieza a jugar en contra: la cautela de Hollywood para no sumar combustible a la hoguera y por transfigurar la tragedia en historias valerosas e imperiales sufre obvias fisuras. Madonna, que en 2003 suspendió la circulación de su clip antibélico "American life", ahora amenaza con incluir explosivas imágenes de iraquíes masacrados por los norteamericanos, en su inminente "Re-invention tour" por Europa y los Estados Unidos.
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"En el periodismo televisivo, el efecto de espectáculo prevalece sobre los contenidos de información", ya lo tenía claro hace casi un cuarto de siglo, cuando aún no existía la globalización, el experto italiano Volli Calabrese ("Come si vede il telegiornale", Laterza, Bari, 1980) y completa Leonardo Vilches ("La lectura de la imagen", Paidós Comunicación, Buenos Aires, 1983), "la fotografía de prensa, por tener un status específicamente informativo, se presta a ser un campo de manipulaciones persuasivas".
Pero, ¿a qué persuade esta doble vía de imágenes felices e infelices que se nos ofrece unidas, cual si se tratase de hermanas siamesas?
"¿Qué ves cuando me ves?", cantan Divididos, y la pregunta cuadra cuando comparten una misma vidriera, en el imaginario audiovisual, postales de sucesivos casamientos glamorosos -la del cuñado y la de la amiga de Máxima Zorreguieta; la del príncipe Federico de Dinamarca y, especialmente, ayer nomás, la difundidísima del príncipe Felipe con la plebeya y ex conductora televisiva Letizia Ortiz- y la novela de terror en capítulos conformada por sucesivas imágenes provenientes de Irak: los cuatro norteamericanos descuartizados, carbonizados y colgados de un puente en Fallujah; la polémica foto de los veinte ataúdes de marines, cuya publicación provocó despidos; el increíble raid de la diabólica y sardónica soldado Sabrina Harman y de sus compañeros en fotos y videos cada vez más infames, junto a torturados y muertos iraquíes, registrados en la prisión de Abu Ghraib, y la decapitación del norteamericano Nick Berg.
¿Qué nos hace pensar que tan sólo somos cómodos espectadores de tal atroz contraste -esponsales, como celebración del amor y de la fertilidad, por un lado, y degradación humana, muerte y desolación, por el otro-, y que lo que sucede no nos involucra y únicamente nos impacta emocionalmente de manera fugaz?
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La violencia del mundo aumenta, pero el matrimonio, contra viento y marea, sigue en pie y los medios adoran presentarlo como un cuento de hadas, envuelto en el atractivo packaging del que sólo son capaces las 23 casas reales europeas que aún subsisten.
Porque nos fascinan las historias de amor y de muerte, tanto mejor si van unidas, el diario español El País se permitió fundir, en uno de sus titulares de anteayer, ambas vertientes: "Madrid vive la fiesta como una catarsis de los atentados".
El espectáculo de la vida, con todos sus oropeles y miserias juntos, debe continuar.
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