Los nuevos chicos de la guerra
"Promesas" ("Promises", EE.UU./2001, color). Dirección: Justine Shapiro y B. Z. Goldberg. Codirector: Carlos Bolado. Film documental con la participación de B. Z. Goldberg, Yarko, Daniel, Mahmoud, Shlomo, Sanabel, Faraj y Moshe. Guión: Justine Shapiro y B. Z. Goldberg. Fotografía: Ilan Buchbinder y Yoram Millo. Edición: Carlos Bolado. Presentada CDI Films. Duración: 106 minutos.
Nuestra opinión: Muy buena
Son los chicos de la guerra. Han crecido en estado de combate, familiarizados con la violencia, las barricadas, los atentados, los combates callejeros, el miedo y la muerte. Son todos chicos de Jerusalén -entre unos y otros no hay más distancia que la que un transporte puede recorrer en veinte minutos-; tienen entre 9 y 12 años y han sido moldeados en el odio y el resquemor hacia el enemigo por el legado cultural y en muchos casos por la propia experiencia. Sin embargo, guardan en común los entusiasmos, las ilusiones, las pequeñas preocupaciones y los pequeños intereses propios de cualquier chico de esa edad.
Documento honesto
En ellos -tres palestinos, cuatro israelíes- este documento de honestidad ejemplar, sin afanes didácticos ni apelaciones al sentimentalismo, busca el rostro humano de esa realidad compleja y confusa que conocemos como el conflicto de Medio Oriente. Aquí no hay voluntarismo pacifista ni conclusiones falsamente alentadoras.
Con las expresiones que recoge de los chicos, con el registro de algunas de sus experiencias cotidianas y sobre todo con el conmovedor testimonio de un encuentro que se encarga de promover, lo que el film logra insinuar -efímera chispa de esperanza- es que hay un camino posible de entendimiento y que éste sólo puede construirse sobre la base del contacto personal entre los individuos de uno y otro origen. Es singularmente elocuente en ese sentido la escena en que un chico árabe se empeña en diferenciar del "enemigo" a su querido amigo cineasta porque éste tiene nacionalidad norteamericana aunque es judío e israelí.
"Promesas" es obra de la laboriosidad, la perseverancia y la sensibilidad de dos cineastas de los Estados Unidos, Justine Shapiro, nacida en Sudáfrica, y B.Z. Goldberg, natural de Jerusalén, quienes entre 1997 y 1998 -tiempo de calma relativa antes de la Intifada de 2000- trabaron relación con chicos de esa ciudad y de un campo de refugiados palestinos. Buscaban conocer la visión que ellos tenían de la caótica situación.
Un encuentro necesario
El eco de los sentimientos que echan leña al fuego del conflicto brotan de las expresiones de los chicos. Dos palestinos viven en el campo de Deheishe. El apasionado Faraj evoca la muerte de un amigo y -en una de las escenas más conmovedoras- visita con su abuela la tierra de sus antepasados y promete recuperarla; la tierna Sanabel llora cuando habla de las cartas de su padre, un periodista prisionero de los israelíes, y es la más interesada en conocer chicos judíos. El tercero reside en la zona musulmana de la Ciudad Vieja: es el intransigente Mahmoud, que se revela como seguidor de Hamas.
Muy cerca de él, pero del lado israelí, está Shlomo, hijo de un rabino e infatigable lector de la Torá. También Moshe, que aspira a ser primer ministro para expulsar a los palestinos y jura venganza junto a la tumba de un amigo muerto por los terroristas, pertenece a una familia religiosa. Los otros dos, los gemelos Yarko y Daniel, han tenido una educación más liberal y se muestran en general más preocupados por el voleibol que por la situación política.
Intermediario
B.Z. Goldman, que con su modo amigable se ha ganado la confianza de los chicos, es quien interroga y quien hace de intermediario para que se concrete una visita de los mellizos a Faraj, que como ellos es deportista y como ellos acaba de sufrir una dolorosa derrota. La jornada que pasan juntos -juegan al fútbol, comen, comparten su pasión por el deporte, aprenden a entender el punto de vista del otro, se divierten con las mismas cosas que divierten a cualquier chico del planeta- es la chispa de esperanza. Efímera, es cierto, porque como teme el sensible Faraj, es probable que su naciente amistad con los gemelos se diluya cuando el amigo americano que los reunió ya haya partido.
"Promesas" no hace sino escuchar. No toma partido, no intenta convencer de nada al espectador ni tampoco tranquilizarlo: un epílogo rodado en 2000 justifica los temores que algún tiempo antes habían hecho brotar lágrimas de los ojos de Faraj. En el cierre, un neumático ardiendo cruza la imagen en un plano que ya había sido visto al comienzo y que parece aludir a un conflicto que se aprecia cíclico e interminable.
El film consigue ser tan provocativo y conmovedor (en esto tiene mucho que ver la fresca espontaneidad de los chicos) como honesto; no disimula la enormidad del problema ni imagina soluciones. Pero por lo menos, deja la impresión de que existen vías por explorar.







