
Majestuosa travesía espiritual
Samsara (ídem/Francia-India-Italia-Alemania/2001, color; hablada en ladakhi). Dirección: Pan Nalin. Con Shawun Ku, Christy Chung, Neelesha BaVora, Lhakpa Tsering, Sherab Sangey, Kelzang Tashi. Jamayang Jinpa. Guión: Tim Baker y Pan Nalin. Fotografía: Rali Ralchev. Música: Cyril Morin. Edición: Isabel Meier. Presentada por CDI Films. Duración: 133 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: buena
Los majestuosos paisajes del norte de la India, con sus amplios valles, sus montañas imponentes y sus remotos monasterios en las alturas del Himalaya, aportan el escenario donde transcurre el recorrido espiritual de un monje que después de haber pasado años en el aislamiento y consagrado al sacrificio y la meditación decide conocer el mundo antes de renunciar a él.
El director Pan Nalin, indio de origen pero fogueado en el cine publicitario y documental europeo, no descuida ninguno de los dos aspectos -ni la travesía vital del protagonista ni el espectáculo de gran atractivo visual-, aunque no ignora que para seducir a las plateas occidentales es necesaria una buena dosis de exotismo documental y una aproximación a ritos y misterios del budismo (más bien somera y con cierto aire new age) para hacerlos accesibles.
Aislamiento y compromiso
Al cabo de tres años, tres meses y tres días de meditación en la oscuridad de una caverna, el joven Tashi regresa casi moribundo al monasterio donde ha vivido desde la infancia. Ha superado con creces todas las pruebas y sometido su cuerpo a todas las privaciones, pero aun así su compromiso espiritual parece tambalear cuando empieza a inquietarlo el deseo, primero en el territorio incontrolable del sueño, después, ante la presencia viva de una bella muchacha a la que ha conocido durante las celebraciones de la cosecha.
Tales inquietudes animan sus dudas: ¿cómo es posible renunciar a algo sin haberlo experimentado, si hasta Buda mismo vivió en el mundo antes de abandonar a su esposa y su hijo para ir en busca de la iluminación? Las charlas con el viejo maestro no serán suficientes para disuadirlo de su voluntad de dejar el monasterio y conocer las alegrías y las desdichas de la vida de un simple mortal.
A la boda con la mujer que ha elegido y que le corresponde en sus sentimientos seguirán el nacimiento del hijo, la confrontación con espíritus maliciosos o mezquinos, la tentación del adulterio y otros conflictos menores, hasta que al cabo de la extensa travesía Tashi se proponga retomar el rumbo de Buda. Todo lo cual permitirá al realizador esbozar algunos planteos en torno de la posibilidad de vivir un intenso compromiso religioso sin aislarse del mundo, así como acerca del papel de la mujer en una sociedad donde la búsqueda espiritual impone la separación de los seres de uno y otro sexo.
Nalin expone la historia de Tashi con una abundancia de detalles no siempre justificable, sobre todo teniendo en cuenta que la pintura de personajes es algo esquemática y la trama argumental más bien escueta. Para ello invierte más de dos horas en las que se deja ver claramente su familiaridad con el lenguaje del documental: hay escenas de ritos, trabajos, ceremonias, una generosa exposición de paisajes diversos, incluidos el de una pequeña ciudad en la que se advierte la mezcla de la tradición y el mundo contemporáneo. Pero también se hace visible la influencia que le ha dejado la práctica del cine publicitario en la composición de las imágenes, de un sofisticado exotismo pero sin duda atractivas dadas la pericia fotográfica de Rali Ralchev y la espectacularidad de los escenarios.
En la comparación con otros films más o menos recientes vinculados con el tema - El pequeño Buda , Kundum , Siete años en el Tibet -, el film sale seguramente beneficiado gracias al conocimiento y la experiencia de Nalin.
Y aunque la sencilla historia exhibe altibajos (además de alguna nota falsa, como las apariciones de la mujer que lo induce al adulterio y le enseña secretos del sexo o la pelea con el comerciante tramposo), se ve con interés, en especial por su perfil documental.




