
Miguel Abuelo, parado entre su mito y su obra
Los directores Costantino y Pinto hablan de Buen día, día
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Se pueden vivir una y cien vidas a la vez y eso es lo que hizo Miguel Peralta, Miguelito, el Abuelo Miguel o ese hombre bajito que, entre su nacimiento en Munro y su muerte en Buenos Aires 42 años después, construyó un mito a la par de su vida y de su obra.
Sergio "Cucho" Costantino y Eduardo Pinto quisieron rescatar el derrotero del músico y poeta y eso es lo que se propusieron en Buen día, día . Presentado por Primer Plano , el documental ya se exhibió este año en la sección Música del Bafici y mañana se estrenará en el cine Gaumont. También se exhibe en funciones nocturnas los viernes y los sábados de este mes en el Malba.
Para Costantino se trata de su ópera prima y del fin de un deseo que se convirtió en obsesión. Llevaba años pensando en contar la vida de Miguel Abuelo, quizá desde el día en que lo conoció en Palermo y en las horas posteriores que lo trató ocasionalmente como vecino.
A la hora de enlatar al artista, Costantino primero pensó en una historia de ficción y, finalmente, se inclinó por un relato documental. Eso sí, con una pequeña pretensión ficcional corporizada en el único hijo del músico, Gato Azul Peralta. El hijo de Abuelo y su madre, Krisha Bogdan, le cedieron los derechos al director, quien luego se inclinó por trabajar en tándem con Eduardo Pinto, responsable de Palermo Hollywood (2004) y Caño dorado (2009).
Narrada por el líder de Los Abuelos de la Nada, gracias a las entrevistas radiales y televisivas recogidas por los directores y apoyada en los comentarios y las anécdotas de quienes compartieron y se cruzaron por su camino, Buen día, día rinde homenaje a uno de los fundadores del rock argentino y pretende recuperar las partes rotas de ese gran espejo que aún acompaña la vida de quienes lo secundaron arriba y abajo de los escenarios. Por eso están los testimonios de Pipo Lernoud, Gustavo Bazterrica, Cachorro López, Andrés Calamaro, Kubero Díaz, Luis Alberto Spinetta y Horacio Fontova, entre otros músicos, además del recuerdo de su pareja, Bogdan, y de su hijo, quien recorre en moto las calles de Palermo en busca de las señales que dejó su padre.
A fines de los 60, fundó Los Abuelos de la Nada y con ese nombre vivió dos etapas bien distintas: una primera psicodélica y, la más recordada y festiva: la de los 80, para acompañar el fin de la dictadura y recibir a la nueva democracia. Sí, justo él, un paladín de la libertad.
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