
Nuevo film de Raúl Perrone
Anteanoche se exhibió su último largo, "La mecha", protagonizado por su suegro
1 minuto de lectura'
Con la proyección de "La mecha", el más reciente largometraje del prolífico Raúl Perrone, concluyó formalmente anteanoche la quinta edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici). Una multitud adepta al realizador, que abarrotó la sala y dejó mucha gente sentada en los pasillos, ovacionó al creador de "Graciadió", "Zapada" y "Peluca y Marisita" como si se tratara de una estrella de rock.
Frente a su público -entre el que se encontraba desde León Gieco hasta Luis "El Rulo" Margani-, Perrone fue presentado por Eduardo Antín (Quintín), director del Bafici, como "un símbolo del cine independiente". El cineasta -famoso por rodar en Ituzaingó con escasísimos recursos y sin las rigideces de la producción más industrial- agradeció al festival: "Hace un año nos empezamos a hacer amigos, ahora somos casi como amantes", indicó. La frase tiene que ver con una vieja rencilla que mantuvo con la redacción de la revista El Amante, que conduce el propio Quintín, que siempre fustigó el estilo de Perrone. Sin embargo, el Bafici terminó por "aceptar" al realizador cuando el año último le dedicó una retrospectiva integral a su filmografía y en esta edición le cedió la clausura.
Sorprendente asociación
La proyección de "La mecha" sirvió también para presentar otra sorpresiva asociación, en este caso entre Perrone y Pablo Trapero. El director de "Mundo grúa" y "El bonaerense", a través de su muy activa productora Matanza Cine, se sumó al proyecto de "La mecha" durante la posproducción y planea financiar también el próximo film de Perrone.
"La mecha" es una suerte de desprendimiento del anterior largometraje de Perrone, "Late un corazón", en el que el realizador describía la cotidianidad de la familia de su esposa. Ahora, se centra en la figura de su suegro, Don Galván, un encantador jubilado de 85 años que vive semirrecluido en un paraje perdido del Oeste bonaerense. La película -que trabaja siempre al límite entre el documental y lo ficcional- comienza con el querible Galván despertándose bien temprano, preparándose el desayuno y hasta haciendo gimnasia. Sin embargo, su apacible existencia del día se complica cuando intenta infructuosamente prender un calentador a querosene cuya mecha está gastada. El protagonista se ve forzado entonces a salir de su micromundo autosuficiente en el monte e inicia un periplo en busca del repuesto que lo lleva hasta el ruidoso centro de Morón, donde (re)descubrirá el sobresaltado universo urbano.






