Ocho apellidos catalanes: lo que el separatismo no quebró, el oportunismo comercial termina por hundir

Ocho apellidos catalanes (España, 2015, hablada en español y catalán). Dirección: Emilio Martínez Lázaro. Guión: Borja Cobeaga, Diego San José. Fotografía: Juan Molina. Edición: Ángel Hernández Zoido. Música: Roque Baños. Intérpretes: Dani Rovira, Clara Lago, Karra Elejalde, Carmen Machi, Rosa María Sardá, Berto Romero, Belén Cuesta. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 106 minutos. Calificación: Apta para todo público.
Nuestra opinión: Regular
Secuela súperexitosa en España del súperéxito en España Ocho apellidos vascos, Ocho apellidos catalanes es una de esas películas que, frente a la seguridad de la vaca atada, optan por no dedicarse, por no afinar, por no ajustar. Punto de partida: la vasca Amaia y el andaluz Rafa se separaron y ahora ella se está por casar con un catalán. Entonces Rafa vieja desde Sevilla a Girona para la boda junto Koldo, el recontra vasco padre de Amaia, a tratar de impedir la unión.
Ya sabemos que Amaia y el catalán Pau no están hechos el uno para el otro y que Amaia y Rafa sí: lo sabemos de entrada y la película lo establece con claridad paródica. Ocho apellidos catalanes abandona cualquier tipo de tensión argumental y también la apuesta por la comedia del equívoco y los enredos que funcionaba aceptablemente en la entrega vasca. Lo que queda es la explotación de los personajes conocidos, la presentación de los nuevos y la catarata de chistes.
Los chistes se suceden sin estructura contenedora, sin crescendo. El humor se expone sin contención, sin tramas, sin reenvíos, como si en lugar de la película estuviéramos ante pruebas, ante borradores, ante ensayos pero sin su probable frescura. Hay algunos momentos de eficacia relacionados con la química entre Amaia (Clara Lago) y Rafa (Dani Rovira), pero lamentablemente están poco tiempo juntos. Y es notable y hasta brillante la caracterización de Pau que hace Berto Romero. Pero no todo el elenco está igualmente enfocado: Karra Elejalde gana protagonismo en esta secuela y no se sale del molesto modo bufón o sentimental exacerbado, y Rosa María Sardá está a media máquina.
Hay chistes sobre hipsters y muchos sobre Cataluña, el catalán y los catalanes pero, como todos los elementos en esta película nublada por la desidia, están abandonados a su suerte, a funcionar de forma azarosa, como ese apartado sobre visitar Zaragoza que hace Dani Rovira en uno de los escasos momentos que fluyen, que riman con lo que puede ser una comedia cuando se la hace con horizontes superiores al oportunismo.
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