Otra historia bella y simple de Sorín
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El camino de San Diego (Argentina-España/2006). Dirección y guión: Carlos Sorín. Con Ignacio Benítez, Carlos Wagner La Bella, Paola Rotela, Silvina Fontelles, Miguel González Colman y otros. Fotografía: Hugo Colace. Música: Nicolás Sorín. Dirección de arte: Margarita Jusid y Carina Luján. Presentada por 20th. Century Fox. Hablada en español. Duración: 98 minutos. Calificación: apta para todo público.
Nuestra opinión: muy buena
Los personajes cinematográficos de Carlos Sorín se mueven, casi siempre, dentro de un micromundo cotidiano en el que el humor y la calidez se asocian para retratar historias imbuidas de realismo y de magia cotidiana. El realizador ya lo había demostrado en "Historias mínimas" y en "El perro", y ahora, con "El camino de San Diego", vuelve a esa fórmula simple que deja de lado todo elemento intelectual para asentarse en la emoción cotidiana y en un entramado que une lo original con ese preciosismo que brota de sus criaturas enmarcadas en la angustia, en el humor y en la bondad.
Aquí, Sorín eligió a Tati, un joven que trabaja de hachero en la selva misionera, para relatar esta trama que emociona desde sus primeras secuencias, cuando el muchacho llega a su humilde vivienda, donde, como todos los días, lo esperan ansiosos su mujer y sus pequeños hijos. Tati transita por su existencia con esa felicidad que ni siquiera oscurece la pobreza sin esperanzas, y en su caso su devoción hacia Diego Armando Maradona, cuyas fotos cubren las paredes de su rancho, y los recortes de diarios y revistas que se refieren a su ídolo son guardados con enorme cuidado.
Cuando pierde su trabajo en el obraje, él no se desanima y busca en el monte troncos, ramas y raíces para un viejo escultor que convierte esos elementos selváticos en pequeñas obras de arte. Así, vendiendo esas figuras de madera a los turistas, sigue subsistiendo sin amargura ni rencor hasta que, de pronto, encuentra entre la maleza una gigantesca raíz de un árbol con una silueta que él halla parecida a Maradona. De inmediato se le ocurre entregarle personalmente al número 10 esa figura y poder hacerle autografiar una de sus fotografías.
Un viaje sin destino
¿Pero cómo llegar a Buenos Aires sin dinero? ¿Cómo acercarse a ese Maradona siempre rodeado por fanáticos y guardaespaldas? ¿Qué decirle cuando, seguramente, la emoción le impida hablar estando frente a él? Tati, sin embargo, no se dejará vencer por tantas preguntas y así comenzará su viaje a Buenos Aires para cumplir su promesa. Haciendo algunos kilómetros a pie, viajando a dedo o instalado en el camión de un brasileño que comprende la ansiedad del muchacho por acercarse a su ídolo, Tati llegará a Buenos Aires en el momento en que el futbolista es internado en una clínica por un problema cardíaco.
Cargando siempre con ese tronco, Tati llega a la gran ciudad, donde para él todo es nuevo, apresurado y difícil de solucionar. Su periplo finalizó y allí está Tati con su talla de madera, frente a la clínica en que se halla Maradona. Pudo lograr, por fin, su sueño dorado. Falta ahora que ese rústico tronco llegue a manos del destinatario al que Tati admira sin concesiones.
Al estilo de las road-movies típicas de la cinematografía, el viaje del protagonista está sembrado de indiferencias y de admiración, de sinsabores y de alegrías, de situaciones risueñas y de emotivas enseñanzas. Con este guión sin duda bello en su anécdota y cálido en su estructura, Carlos Sorín logró un film de enorme impacto sentimental sin caer en lo melodramático ni transgredir lo cálido de su propuesta. Este trabajo, pues, se suma al talento de su realizador, que sabe bien claramente que para lograr la emoción del público no es necesario dejarse envolver por tramas enredadas, sino que lo necesario es brindar una historia que llegue al alma con la simplicidad de lo meramente cotidiano.
Como en sus dos films anteriores, Sorín prescindió de actores profesionales. Aquí, tanto Ignacio Benítez (Tati), como Carlos Wagner La Bella, Paola Rotela y el resto del elenco hacen su primera presentación frente a la cámara con la sumisión que les pedían sus personajes. A ellos se suman una excelente fotografía de Hugo Colace y una impecable banda musical de Nicolás Sorín, y todos se plegaron a esta historia que habla de amor, de pasión y de esfuerzo en pos de un ideal. Y habla, fundamentalmente, de seguir sin detenerse un deseo pleno de calor humano y de honda sinceridad.




