Otro film sobre las mujeres en Irán
Después de "El círculo", se verá una obra de Marziyeh Meshkini, esposa del célebre Makhmalbaf
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En las comunidades más tradicionales de Irán, legalmente una nena es considerada una mujer a los 9 años. A partir de esa edad, ellas deben cubrirse la cabeza con un pañuelo y, en las familias donde el islamismo es aun más extremo, se les agrega el chador, que las viste totalmente. Así como a una nena se la considera mujer a tan temprana edad, una mujer adulta como Marziyeh Meshkini, de 31 años, necesita reafirmar los derechos de su género a cada paso. El año último dirigió su opera prima, "The day I became a woman" (El día que me convertí en mujer), cuyo guión pertenece al prestigioso realizador iraní Mohsen Makhmalbaf, que desde hace seis años es también su marido. La película, que se exhibirá este fin de semana en la sección Panorama del festival, fue la que más premios obtuvo de la factoría Makhmalbaf, a la que también pertenece Samira, la joven directora de "La manzana" y "Pizarrones".
En una entrevista con La Nación , en su casa en Teherán, Marziyeh Meshkini (que no pudo venir a Buenos Aires) habló sobre lo que rodeó a este film en episodios que abarcan tres etapas en la vida de una mujer frente a los condicionamientos sociales en Irán. En el primero, una nena del sur de Irán que cumple 9 años y debe dejar de jugar con sus amigos varones porque ya no le será permitido nunca más este contacto con el otro sexo hasta que se case. En el segundo, una joven que participa en una carrera de bicicletas lucha por continuar en la competencia mientras su marido la acorrala con la amenaza del divorcio, porque allí "el movimiento y el cambio" no están permitidos. Y en la tercera, una mujer que llegó a la vejez con una buena posición económica decide hacer uso de su libertad.
-Teniendo en cuenta las leyes escritas y las tácitas que gobiernan la sociedad iraní, ¿a qué dificultades te enfrentaste al dirigir esta película rodeada por un equipo masculino?
-Cuando se trata de las no escritas, hombres y mujeres sentimos mucha presión. No está escrito que los hombres no creen en las mujeres, pero en cierta medida es así. En Irán, las mujeres tenemos que demostrar que podemos hacer cosas por nosotras mismas. Cuando filmé esta película ante un equipo de hombres sé que fue muy duro para ellos obedecerme, porque nos han enseñado que ellos son los habilitados para el progreso. Por eso todas las mañanas tenía que mostrarme ante ellos como diciendo: "Esta película es mía, yo soy la directora".
-Si hay diez directoras en Irán, ¿por qué no hay mujeres en rubros técnicos?
-Sí, es cierto que si bien en mi país hay 500 directores hombres y sólo diez mujeres, todavía no hay ninguna que ocupe los rubros técnicos. Creo que son muchas las razones. No hay mujeres camarógrafas, ni a cargo del sonido, por ejemplo. La actitud de la sociedad frente a las mujeres es emocional. Nosotras sólo somos madres y esposas. Y por eso la casa se convierte en el lugar más seguro. Esta película retrata la posición de las mujeres, prisioneras en sus casas, que tienen que reprimir sus apegos emocionales para ganar independencia y una posición social más activa.
-En un país donde la mayoría de los jóvenes quiere expresarse por medio del cine, y no puede, tu situación es casi de privilegio siendo la mujer y la alumna de Makhmalbaf...
-Soy muy afortunada. Cuando estamos juntos él es mi marido, pero cuando estoy trabajando no interfiere en mis cosas. De hecho, durante el rodaje estuve sola. El, desde Teherán, sólo supervisó que me llegara la película para filmar, que es algo muy complicado en este país.
-Dicen que su generosidad no tiene límites: ayuda a hacer cine, desde su escuela como desde sus guiones.
-Es así. Las clases comenzaron gracias a Samira, cuando decidió dejar de estudiar para hacer cine. Ella decía que no quería más tener que memorizar todos los descubrimientos ajenos sin tener la posibilidad de descubrirlos por sí misma. Como Makhmalbaf no creía en las universidades, quiso construir un instituto de cine. Cuando pidió autorización al ministro de Cultura, le dijo que no, que un director peligroso ya era suficiente para el país y que con cientos como él sería imposible mantener el cine bajo control. Entonces creó una escuela casera, en donde somos once alumnos, entre ellos su hija de 8 años.
-Tu película plantea el conflicto entre generaciones, pero también presenta a mujeres de la misma edad con posturas muy diferentes: una abuela que no sale de su casa y otra que viaja para comprar objetos de consumo.
-Las viejas generaciones están atrapadas por la tradición, tanto en el campo como en la ciudad y tratan de imponer su punto de vista a las dos generaciones siguientes representadas en gente de mediana edad y los jóvenes. La gente grande puede usar tecnología moderna, pero rechaza el punto de vista del mundo moderno.
-Hay muchos simbolismos: el barril de petróleo, un chador que adquiere diferentes usos, una bicicleta frente a la precariedad de unos caballos...
-Sí, los barriles con los que juegan los chicos en el Golfo Pérsico representan la riqueza de Irán, mientras que el chador identifica a la mujer. El tener democracia o no tenerla es como vivir entre la modernidad y la tradición. Mostré la modernidad a través de una bicicleta porque esta sociedad tiene un problema con la movilidad. Las mujeres en Irán no podemos andar en bicicleta por las calles.
-En la segunda historia la cámara se aleja y no es posible ver si deja la competencia. ¿Acata las órdenes del marido?
-Pierde su bicicleta, pero no a ella misma. Y tal vez gane. En esa historia no quise llegar a una conclusión, quise dejar que la audiencia decida. Por eso me alejo con la cámara. Si esta situación sucediera en Afganistán ella tendría que detenerse, mientras que en otros países del mundo tal vez ella siga andando y gane. Pero por lo que sucede en Irán es que a veces las mujeres pueden eludir su libertad y otras no.




