¿Para qué sirve una película mala?

Javier Porta Fouz
Javier Porta Fouz PARA LA NACION
The Disaster Artist: Obra maestra
The Disaster Artist: Obra maestra Crédito: Warner
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5 de enero de 2018  • 00:01

En principio, nadie quiere ver malas películas. Pero quizás no sea tan así. Hay cultos sobre películas horribles, que se vuelven a ver una y otra vez ( no olvidemos a The Disaster Artist: Obra maestra, de James Franco, que tiene como centro una de ellas). Y hay más argumentos para defender el consumo de films malogrados, en un arte que no tira a la basura casi nada (porque es caro o era aún más caro, en principio).

Dos de las mejores ideas sobre la posible utilidad de las malas películas provienen de la estadounidense Pauline Kael y del chileno Héctor Soto. Kael establecía la distinción entre malas películas irrelevantes –esas que se amontonan rápido en la memoria– y las “malas películas clave”. Una mala película clave es aquella que puede ayudar a explicar un momento, un público, una manera de ver el mundo, la relación de las necesidades de los temas del momento con el cine y la receptividad de ciertos reclamos. Así, por ejemplo, fue que Luz de luna ganó el Oscar, ¿no? Sin Trump presidente, ¿hubiese ganado igual? Pero no es momento ni lugar de entrar en esas polémicas, sigamos.

La idea de Soto es que el crítico debe ver mucho cine, no solamente el que viene muy recomendado y que ya se huele que es bueno, o que ostenta algún tipo de importancia. Soto plantea que ver malas películas es una instancia formadora porque entrena el paladar para apreciar con mayor claridad las virtudes de las buenas. Horacio Quiroga – sí, el escritor de Cuentos de la selva fue crítico de cine en este diario – decía que para aprender a ver cine había que consumir mucho malo. De todos modos, luego de esa etapa de aprendizaje a la que nos invitan Quiroga y Soto, quizás sea más sano tener un buen radar para evitar las malas películas. Pero claro, esa “obra de arte” ultra recomendada y/o ganadora de grandes premios puede convertirse en una película particularmente odiada, de esas que nos hacen tomar posiciones fuertes sobre el cine o sobre algún director. Para quienes combatimos Bailarina en la oscuridad, de Lars von Trier, y La cinta blanca, de Michael Haneke seguramente era un aliciente para nuestra opinión que hubieran ganado la Palma de Oro en Cannes, como pasó este año con The Square, de Ruben Östlund, sobre la que muchos críticos querían dejar bien claro que les parecía mala. Estamos hablando, evidentemente, de la categoría de Kael, la de las "malas películas clave". Reiteramos: no es momento de discutir la evaluación de cada uno.

En ocasión de la película argentina Un buen día, hace años, hice una clasificación de películas malas: películas malas adocenadas; películas malas muertas, hechas burocráticamente; películas malas con altos ímpetus artísticos; películas malas irrelevantes; películas malas importantes como El origen, de Christopher Nolan, de las que ayudan a definir una época; películas malas que mejor dejar pasar... y películas malas extraordinarias, únicas, singulares. Un buen día pertenecía (y pertenece) al último grupo.

Este año el Oscar dispuso -incluso con un error histórico- que los focos estuvieran especialmente en Luz de luna y La La Land. Sobre todo esta última, porque fue mucho más vista, fue objeto de hipérboles diversas, y muchos la llenaron de calificativos ultra negativos. Es lo que suele pasar con las películas que vienen con muchas expectativas generadas, ya sean del lado de los premios y/o la mega publicidad: encuentran muy fácilmente el calificativo de “mala” si no gustan en la medida de lo esperado. Esta año recibieron ese trato especialmente La La Land, Star Wars: Los últimos jedi y Liga de la justicia. Y así ha sucedido que películas que podríamos denominar científicamente malas, como la del perro de múltiples reencarnaciones (titulada localmente La razón de estar contigo ), han recibido menor carga de agresión.

Hay otra variante a la hora de calificar de mala a una película y es la que se origina en la decepción, algo que ocurrió con la cuarta película de Ben Affleck como director, Vivir de noche, que fue un notorio traspié luego de tres películas como Gone Baby Gone, Atracción peligrosa y Argo. Otra notoria decepción, para los que habíamos visto Place Vendôme y El adversario, fue Un momento de amor, de Nicole Brenez. Y mayor decepción aún para los que habíamos leído el librito de Milena Agus La mujer en la luna, porque en las adaptaciones literarias hay –casi siempre con algo de injusticia– más motivos para la decepción.

Por otro lado, hay películas de gran perfil sobre las que decimos con ganas que son malas más allá de que sean gigantes, o exitosas. Son esas que nos dejan atónitos, las que nos hacen preguntarnos ¿cómo pudieron hacer esto en esta escala? Ese fue el caso de La Bella y la Bestia, seria candidata al podio negativo, que a sus numerosos yerros sumaba enchastrar la memoria de una de las grandes películas animadas de fines del siglo XX. La Bella y la Bestia fue un megaéxito, pero en general no ganó la simpatía de los espectadores, habrá que ver su permanencia o su olvido con el tiempo.

Luego hubo otra categoría de películas malas, que podría definirse como “cine de aceptación popular en su país de origen y que se basa en los recursos más gastados de la industria más crasa sin identidad alguna”, como por ejemplo Un hombre llamado Ove (sueca) y Bienvenido a Alemania (alemana, claro). Y por supuesto que entre las decenas y decenas de películas de terror hubo muchas horrorosas, pero meterse ahí es mucho menos atractivo que buscar las malas entre películas más importantes, más reconocibles. Claro que todos tenemos un gusto particular y que, más que equivocaciones hay diferentes opiniones, pero no puedo dejar de apuntar el nivel de olvido que fue cayendo sobre Luz de luna (que ganó el Oscar) y Dunkerque (que parecía que iba a arrasar con muchos premios, pero fue quedando rezagada).

Ninguna de esas dos es “mala”, pero a veces usamos el término para referirnos a lo que no queremos que sea el cine, porque al cine lo queremos.

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