
Pedro Costa, director portugués de la nueva generación
Está en Buenos Aires para presentar su filmografía
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Uno de los aspectos que más suelen festejarse de un festival es la posibilidad del descubrimiento. Una película, un estilo narrativo, un autor. Este año, uno de los hallazgos del Bafici ha sido el cine del portugués Pedro Costa, de 43 años, integrante de la nueva generación de realizadores de ese país, del que han sobresalido internacionalmente Manoel de Oliveira y Paulo Rocha.
Invitado por el festival, este realizador es una de las personalidades que suele verse deambular por las salas del Abasto, presentando las películas de su retrospectiva, integrada por "O sangue", "Casa de lava", "Ossos", "No quarto da Vanda" y el documental "Cinéastes: ¿Où est votre sourire enfoui?", sobre la pareja de realizadores Jean-Marie Straub y Daniélle Huillet.
Pedro Costa suele agregar más interrogantes a quienes permanecen casi mudos después de ver sus películas, asfixiadas en entornos de una extrema crudeza social que él ilumina y da voz en su punto justo con trazos magistrales. Es que su presencia consigue ganarse fácilmente los adjetivos parco, pesimista, con aire de malhumorado y hasta de provocador, capaz de afirmar que varias de sus películas son "fallidas". De pocas palabras como los personajes que animan sus películas, esa imagen de inaccesibilidad ha conseguido, sin embargo, una extraña empatía con el público. Con delicadeza, Costa dirá: "Después de la nouvelle vague , la gente comenzó a tenerles demasiado respeto a los autores. A los directores y a sus películas, por ejemplo, los tratan como obras de arte. Y no creo que sea así. Por eso, hoy no hay debate con el público. El cine ha perdido esa capacidad de discusión que generaba. En una sala soy como Dios: puedo decir lo que quiera que la gente va a aceptarlo", dice a LA NACION, sentado en un bar de la calle Corrientes. Frente a todas las personas que durante la conversación se acercan a venderle algo o a pedirle una moneda, a Costa se le hace difícil hablar sobre Vanda Duarte, la protagonista de "Ossos" y "No quarto da Vanda", que vive recluida en una habitación de una favela en Lisboa, y en ambas películas no hace más que esperar la muerte, con una extraña forma de resistencia a través de la droga.
Desde el cuarto de Vanda
Entonces dice que, en realidad, él tiene ganas de interrogar. "Cuando me preguntan sobre la desesperanza, el dolor o la soledad que muestran mis películas yo quisiera saber si la gente se identifica con algo de la gente que muestro. Porque la soledad de Vanda es también la mía. Pero a veces tengo la sensación de que la gente no la ve. Yo elegí contar algo de un pequeño mundo, una comunidad del barrio de Fontainhas que está a punto de ser demolido, y se organiza de un modo extraño para resistirse al exterior. Yo creo que hay puntos de contacto entre esa gente y lo que está sucediendo en la Argentina. ¿Cree que hay diferencia en la calidad de resistencia entre la posición de Vanda -que sale muy poco, se comunica con poca gente y es capaz de decirle a alguien que no se haga daño mientras ella no para de fumar- y la de un argentino hoy? ¿Ustedes no esperan también la muerte? Mi impresión es que ustedes son tan pasivos como ella. Ese es el problema de hoy: ¿qué podemos esperar si no la muerte? Podemos construir objetos, correr detrás de mujeres y hombres, detrás del amor, del confort... Por eso tengo dudas cuando veo los cacerolazos por la TV. Para Vanda, la policía es la pared. Ella no participa en cacerolazos, se droga."
-En realidad, sorprende una escena en que le dice a su amigo: "Es así, es la vida que queremos tener"...
-Pero inmediatamente después él le dice: "No estoy de acuerdo. Es la vida a la que se nos ha obligado. Es como una línea que hay que seguir". Y ella contesta: "Yo pienso que hoy es así". Entonces quiere decir que antes no era así. Y ese sentimiento de que antes era mejor yo lo tengo todo el tiempo. Yo creo que Vanda es una filósofa porque realmente expone conceptos filosóficos para vencer la muerte, la de todos los días, la de la pequeña decepción. Ella dice que cuando era chica no había droga.
-"Casa de lava" la pensó como una extraña película de aventuras filmada en la sufriente colonia portuguesa Cabo Verde. Luego vino "Ossos", sobre la vida de esos inmigrantes en Lisboa, y después "No quarto da Vanda", con un registro más documental. ¿Cree que fue perfeccionando la idea que quería contar?
-Sí, fui avanzando. Me fui a Cabo Verde porque me sentía muy mal en mi país al no poder filmar porque no conseguía plata. Entonces me fui a un lugar que decía más del país en el que yo estaba. Pero es un film que falló en su aventura. Es un terreno extraño donde se encuentran fantasmas, gente rara, es un film de espera, pero la película se perdió con la espera. "Ossos" me parece fallida también porque se hizo con medios importantes: demasiado dinero, máquinas, gente. Por eso decidí hacer "No quarto da Vanda" prácticamente solo, sin productor, con una pequeña cámara digital y un sonidista. Me interesa el cine que se hace con limitaciones, como el documental "Cinéastes..." Los Straub no querían que se los filmara fuera del trabajo. Entonces lo hice dentro de la sala de montaje mientas ellos trabajaban, dependiendo, por ejemplo, de la luz que ellos necesitaban.
-¿Cómo conoció a Vanda?
-Me la crucé en su barrio y le pregunté si quería actuar. Me dijo que no, la segunda dijo "tal vez", y la tercera, "voy a intentarlo sólo para ver si esto me gusta, quizá sea una cosa que yo pueda amar en la vida". Ella estaba un poco sola, como todos.
-¿Trabajó con un guión o fue la historia que ella quiso contar de sí misma y su entorno?
-Mi método es una cuestión de paciencia. Comencé en 1998 e iba todos los días, a veces me quedaba a dormir. El método es tener mucho tiempo para entender lo que pasa. Al principio iba sin la cámara o con ella, pero sin filmar. A veces había cosas que me impresionaban, entonces un mes después le preguntaba a Vanda: "¿Te acordás de eso que dijo tal o que dijiste?" "Sí, pero no es exactamente así. Es asá". Entonces trataba de corregirme, escribía un texto y llegábamos a una versión entre ella y yo. Es una manera bastante linda de crear un texto extraño, porque ella habla con sus propias palabras y al mismo tiempo es algo que ha sido reescrito por el tiempo, por su memoria y la mía. Es necesario tener esa extranjeridad, como decía Brecht, creador del efecto de la distanciación. Cuando algo se transforma en extraño es más interesante y crea a muchas Vandas, como si hubiera muchos mundos en ella.




